
POR ALBERTO CORTES
La Coyuntura Internacional, que cualquier gobierno, incluido el argentino, está obligado a seguir atentamente y tener muy en cuenta, presenta particularidades marcadas por un elevado nivel de violencia.
A la cabeza de esa violencia figura sin duda la invasión genocida de Israel a la Franja de Gaza, que ha costado ya seguramente más de 30.000 muertos (muchos aún sepultados bajo los escombros), incluidos más de 12.000 niños. Según las estimaciones del propio ejército invasor, como máximo eran militantes de Hamas entre 1 de cada 4 a 1 de cada 6 muertos. Los demás eran civiles ajenos al conflicto. El argumento invocado por la ultraderecha que gobierna ese país: La respuesta al atentado terrorista de Hamas contra territorio supuestamente israelí (que tal vez lo llegue a ser legítimamente el día que ese país comience a cumplir con las resoluciones de la O.N.U. y demás normas del Derecho Internacional y se avenga al reconocimiento de un pleno Estado Palestino, según resolución 181/47), ha sido evidentemente absolutamente desproporcionada, dirigida centralmente a los civiles y además estéril para lograr su objetivo declamado: La destrucción de Hamas, meta imposible según casi todos los observadores. Basta con pensar que para futuros reclutamientos de nuevos militantes, a Hamas le bastará y sobrará con evocar el recuerdo de lo que Israel está haciendo ahora.
La situación tiende a empeorar, dado que se amenaza con un ataque total a Rafá, en la frontera con Egipto, a donde Israel ha acorralado y hacinado precisamente a la mayor parte de la población de la Franja y de donde ahora dice que la “evacuará”, es decir la obligará a un nuevo desplazamiento forzado. Actualmente hay allí 1,5 millones de palestinos, 6 veces más que antes de la invasión. Egipto, el vecino, no está dispuesto a recibir (en el desierto, aclaremos), más que a un número muy inferior.
El Gobierno de la Etnocracia Israelí –mal llamada democracia en la prensa hegemónica– apunta evidentemente a una limpieza étnica de la región. Por eso muchos hablan ya de una segunda Nakba (o catástrofe), que es el nombre con que los palestinos designan al proceso por el cual en 1948 los grupos judíos abiertamente terroristas que luego se convirtieron en las fuerzas armadas oficiales de Israel, destruyeron 500 aldeas palestinas y obligaron al exilio a más de 700.000 pobladores de esa etnia, a los cuales hasta el día de hoy se les niega el derecho al retorno y mucho más la devolución de sus tierras que han sido apropiadas por israelíes judíos.
Los importantes yacimientos de gas submarinos frente a la costa gazatí, son una cuestión central en la mira del gobierno israelí.
Nada de esto sería posible sin el apoyo incondicional de los EE.UU. y su satélite (Europa), que durante décadas avalaron el desconocimiento por Israel de las resoluciones de la O.N.U., los derechos humanos y apoyan el genocidio con armas y dinero.
La situación amenaza además en convertirse en guerra regional, tanto por los palestinos asesinados también en Cisjordania por los israelíes, como por los incidentes en la frontera libanesa y la decisión de los hutíes de Yemen de atacar los barcos que se dirijan a Israel por el Mar Rojo, y los ataques norteamericanos contra Yemen. Sin contar otros focos de conflicto regional preexistentes, como los de Siria e Irak. Hasta Egipto, el primer país árabe que firmó un tratado de paz en Camp David, en 1979 con Israel, ha amenazado con suspender ese tratado.
Las supuestas democracias occidentales como EE.UU. y Europa, han profundizado como nunca antes sus sesgos autoritarios, ante la –por primera vez– muy amplia solidaridad de buena parte de sus pueblos hacia los palestinos. A situaciones como la del estado de Texas (y muchos otros estados de los EE.UU.); que desde hace ya rato obliga a sus empleados a firmar un juramento de que “no boicotearía a Israel mientras dure su contrato” y que no tomaría ninguna medida que estuviera destinada “a penalizar, infligir un daño económico o limitar las relaciones comerciales con Israel”, lo que por ejemplo hizo perder su empleo a la fonoaudióloga Bahia Amawi; se han sumado conductas bastante asimétricas de varios gobiernos europeos respecto a movilizaciones pro israelíes y pro palestinas. Ante el amague de prohibición, o prohibición directa (en Israel) de ondear la bandera palestina, ha resurgido el recurso de usar sandías, que tienen sus mismos colores.
Ya muchos de estos países habían prohibido en sus territorios, el acceso a medios de comunicación como Russia Today y Sputnik, para vedar a sus ciudadanos poder escuchar otra campana en el caso del conflicto en Ucrania. La comandante del Comando Sur de los EE.UU., Grala. Laura Richarson, insinuó que los países latinoamericanos hagamos lo mismo, agregando a la lista a TeleSur.
Como escribió el sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos, respecto a esta guerra: “Rusia fue provocada a expandirse para luego ser criticada por hacerlo. La expansión de la OTAN hacia el este, en contra de lo que se había acordado con Gorbachov en 1990, fue la pieza clave inicial de la provocación. La violación de los acuerdos de Minsk fue otra pieza. Cabe señalar que Rusia comenzó por no apoyar el reclamo de independencia de Donetsk y Lugansk después del golpe de 2014. Prefería una fuerte autonomía dentro de Ucrania, como está establecido en los acuerdos de Minsk. Estos acuerdos fueron rotos por Ucrania con el apoyo de Estados Unidos, no por Rusia”.
Uno de los objetivos centrales de provocar esa guerra y de las subsecuentes ilegales medidas coercitivas unilaterales, mal llamadas “sanciones”, de los EE.UU. y sus satélites contra Rusia era provocar su debilitamiento económico. Les salió el tiro por la culata, al menos a los europeos: Tras un año de caída del P.B.I. ruso y del rublo, ambos se recuperaron a valores históricos, mientras que la que viene con serios problemas económicos es Europa. Distinto es el caso de los EE.UU., ya que como dijo hace un par de semanas el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg: «Ucrania es un buen negocio para Estados Unidos…La mayor parte del dinero que Washington proporciona a Kiev en realidad se invierte aquí en EE.UU., comprando equipos estadounidenses que enviamos a Ucrania”.
Más allá de los negocios de las empresas norteamericanas, militarmente las cosas no parecen ir tan bien: Zelenski termina de verse precisado de cambiar al comandante en jefe de las FF.AA. El nuevo comandante dijo que dejarían las acciones ofensivas para centrarse en las defensivas. Acaba de abandonar una ciudad estratégica, y de la meneada “contraofensiva” ucraniana de la cual se hablaba hace unos meses ya nadie se acuerda.
En el contexto de un mundo en el que declina la hegemonía estadounidense, que dominó sin competencias al planeta entre 1991 y 2011; y donde surgen hoy claramente distintos polos de poder –mundiales y regionales -, que crean oportunidades a los países de América Latina, África, y algunos de Asia y Oceanía, para negociar con todos ellos desde sus propios intereses; en Latinoamérica, sólo los gobiernos de Argentina y Ecuador –que se ofrece con Daniel Novoa, como recambio de la base estadounidense en la región, ante la nueva situación de Colombia, que cumplía antes ese rol– se perfilan claramente para desaprovechar esas posibilidades.
Milei fue, en medio del genocidio israelí en Gaza, a solidarizarse con los genocidas. Una actitud equivalente, por Carlos Menem, en la Guerra del Golfo, en 1990, costó – casi con seguridad – a Argentina ser sede de los atentados a la Embajada de Israel, en 1992 y la AMIA, en 1994. Habiéndose aceptado al país (junto con otros 5) para ingresar a los BRICS -emergente polo de poder mundial y de comercio e inversiones-, declinó la oferta (que no obstante, sigue abierta). Ha declarado abiertamente su alineamiento con la potencia declinante.
No sólo en la política interna su rumbo es contrario a los intereses del país.

