

POR RAMIRO CAGGIANO BLANCO
Hace casi dos años, en tono Ensayístico pero premonitor, establecimos un paralelo entre la experiencia fundamentalista de Girolamo Savonarola en la Florencia Renacentista y lo que ya entonces intuíamos que sería el gobierno de Javier Milei, por las características de ambos personajes: Mesianismo, Fe Ciega en Dogmas, Desprecio por la Realidad y una Promesa de Salvación (eterna unos, terrenal el otro) a cambio del sacrificio presente.
Hoy, a la luz de los acontecimientos políticos y de la crisis económica a la que Milei ha llevado a la Argentina, lamentamos no habernos equivocado. Muy por el contrario, nos quedamos cortos. Lo que sigue es la actualización de aquel análisis, incorporando los hechos recientes que confirman, con una fidelidad casi escalofriante, el trágico paralelismo histórico.
En 1494, en la Florencia Renacentista, llegó al poder Girolamo Savonarola, un Fraile Dominico carismático que instituyó un Régimen Despótico inspirado en ideas religiosas ultramontanas. Accedió al Gobierno criticando los excesos de los ricos y prometiendo combatir la corrupción de la Iglesia, algo que agradaba al pueblo. Sin embargo, terminó aliándose con la flor y nata de aquellos que proclamaba combatir: los Médicis.
Hoy, más de 500 años después, la historia parece repetirse en Argentina. Javier Milei llegó a la presidencia con un discurso similar: acabar con «la Casta» política y los privilegios de «Los de Siempre». También él terminó aliándose con el establishment que decía enfrentar, encarnado en la figura de Mauricio Macri.
El paralelismo entre ambas figuras es notable. Savonarola prometía la salvación eterna a cambio de despojarse de los placeres mundanos: fiestas populares, literatura, pintura, ropas suntuosas. Milei, en nombre del «Dios Mercado», promete la prosperidad futura siempre que nos resignemos a abandonar los «lujos» en el presente: salir de vacaciones, ir al cine, llenar el tanque de combustible, tener salud y transporte dignos.
En lo político, la estrategia es idéntica: así como Savonarola usaba al Papa Alejandro VI como blanco de críticas para construir y legitimar su poder, Milei se vale de la figura de los Kirchner. Ambos necesitan un enemigo externo para cohesionar a sus seguidores.
Pero donde el paralelismo alcanza su punto más trágico es en su fe ciega en los dogmas. Savonarola defendía que Cristo era el Rey de Florencia y que la ciudad debía ser gobernada por principios religiosos, contraponiendo el ascetismo a la floreciente Renacenza italiana. Milei desprecia las normas de la Administración Pública que rigen el funcionamiento del Estado y propone suplantarlas por las alocadas soluciones dictadas por la Escuela Austríaca de Economía, que de tan radicales nunca fueron aplicadas íntegramente en ningún país del mundo.
Para su propósito moralizador, Savonarola organizaba la «Hoguera de las Vanidades» en la plaza della Signoria, donde quemaba los objetos suntuosos ofrecidos por la nobleza. También cortaba la lengua a los blasfemos, creaba impuestos para quienes llevasen una vida desordenada y aplicaba penas severísimas para los homosexuales. En el mismo sentido, aunque atenuado por los tiempos modernos, Milei destruye reputaciones con su ejército de trolls y periodistas acólitos, corta planes sociales a los «planeros», no entrega medicamentos a quienes los necesitan, despide masivamente a los «parásitos» del Estado (para luego contratar a los suyos), cierra los medios públicos y prohíbe el uso del lenguaje inclusivo.
EL FRACASO DEL PROYECTO MESIÁNICO DE MILEI (ACTUALIZACIÓN 2026)
El 14 de abril de 2026, el INDEC anunció que la inflación de marzo fue del 3,4%, acumulando un 9,4% en el primer trimestre y una interanual del 32,6%. Es el décimo mes consecutivo de alza, el dato más alto en un año. Lejos de la prometida «sendero decreciente», la realidad muestra que el sacrificio exigido a la población no ha traído los frutos anunciados.
La reacción de Milei fue la confirmación definitiva de su perfil savonaroliano. En lugar de reconocer el error de su gestión o mostrar empatía por el creciente sufrimiento popular, el mandatario se encerró en sus dogmas y realizó lo que solo puede describirse como un galimatías léxico: «Esto no es inflación estrictamente. Es que pegó un salto el nivel de precios por cambios en los precios relativos».
Esta distinción artificiosa entre «inflación» y «suba de precios» es el equivalente moderno a la teología de Savonarola: un intento de redefinir la realidad para que se ajuste a sus escrituras sagradas. Acto seguido, culpó a factores exógenos (la guerra en Medio Oriente, los efectos estacionales) y, por supuesto, al «kirchnerismo» que intenta «romper el equilibrio fiscal».
Pero donde el paralelismo alcanza su punto más trágico es en su fe suicida en la teoría económica. Ante el fracaso de su principal promesa de campaña, Milei no pidió perdón ni corrigió el rumbo. Al contrario, redobló la apuesta con una frase que quedará para la historia de la negación: «Hay que tener paciencia. Nosotros no vamos a ir en contra de la teoría económica y de la evidencia empírica».
La evidencia empírica es que su plan no funciona, pero para un converso, la fe se fortalece ante la adversidad. Así como Savonarola prometía la salvación eterna a cambio del despojo mundano, Milei promete una prosperidad futura que nunca llega a cambio del sacrificio presente.
EL FINAL ANUNCIADO
La «República de Savonarola» duró relativamente poco tiempo: de 1494 a 1498. Fue excomulgado por la Pglesia, encarcelado, torturado y condenado a muerte por herejía y sedición. Finalmente, fue quemado en la Plaza Della Signoria por el Pueblo, cansado de su Tiranía.
En los tiempos modernos, no se quema ni ahorca a los gobernantes en plaza pública. Pero Javier Milei puede perecer en la «Hoguera Mediática» y, sobre todo, en las Urnas. El Pueblo Argentino, cuyos Salarios y Jubilaciones siguen perdiendo la carrera contra los precios, podría terminar pasando factura. La pregunta es cuánto daño más habrá causado este nuevo Savonarola de pacotilla antes de que eso ocurra.
Lo que más los asemeja es que ni Savonarola ni Milei pretendieron ni pretenden gobernar administrando justicia y terciando en los conflictos de intereses, existentes en toda sociedad, como un gobernante normal haría. En última instancia, ambos desprecian al pueblo que los llevó al poder porque están imbuidos de un mesianismo sin par, una fe ciega en sus dogmas, teocráticos uno y mercadológicos el otro, y quieren pasar a la historia como los que sacrificaron sus vidas en esa empresa. Savonarola, a su manera, ya lo consiguió y hoy tiene una modesta estatua en su Ferrara natal. Ojalá el mandatário argentino no tenga tanta suerte.
















