INFORME DEL CENTRO DE ECONOMÍA POLÍTICA ARGENTINA -C.E.P.A.-
Al mes de Junio de 2026, la Ejecución Presupuestaria de la Administración Pública Nacional (A.P.N.) muestra una Caída Real del Gasto Total del 34% en comparación con igual período de 2023. Si bien el ejercicio presupuestario aún se encuentra en desarrollo, los datos disponibles a junio permiten identificar tendencias sobre la orientación fiscal del año, evidenciando un marcado sesgo contractivo del gasto público.
En este contexto, la Secretaría de Inteligencia del Estado, dependiente de Presidencia de la Nación, registra un incremento real del 17% en su ejecución. Por su parte, los Servicios de la Deuda Pública concentran el 13% del gasto total ejecutado, reflejando el peso de los compromisos financieros en la estructura del gasto.
El análisis por organismos muestra recortes profundos en salud, seguridad social, ciencia, educación, desarrollo productivo, transporte y obra pública. Entre los impactos más relevantes se destacan:
Salud: Superintendencia de Servicios de Salud (-64%), hospitales nacionales (-17% a -44%), Instituto Malbrán (-32%) y ANMAT (-42%). Programas críticos de atención sanitaria y prevención de enfermedades presentan caídas de hasta 100%. Por su parte, el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI) muestra un incremento real del 68%.
Ciencia y Tecnología: El Programa de Promoción de la Investigación e Innovación registra una fuerte caída (-88%), al igual que el CONICET (-35%) y la CONAE (-64%). Por su parte, el Servicio Geológico Minero Argentino presenta una reducción (-31%), al igual que la Fundación Miguel Lillo (-36%), la CONEAU (-35%) y el Servicio Meteorológico Nacional (-33%).
Seguridad Social y Desarrollo Social: La ANSES presenta una caída (-15%), al igual que la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (-75%) y el INAES (-82%). El programa de Economía Social registra una caída total en su ejecución (-100%), mientras que el Apoyo al Plan Nacional de Primera Infancia muestra una reducción (-93%). Por su parte, el Plan Nacional de Protección Social evidencia una fuerte caída (-99%). Entre las políticas alimentarias también se observan retrocesos significativos, con disminuciones en Comedores Comunitarios y Merenderos (-65%) y en la Prestación Alimentar (-37%).
Educación: Conectar Igualdad y Fondo Nacional de Incentivo Docente (-100%). La Gestión y Asignación de Becas a Estudiantes muestra una reducción significativa (-83%), mientras que las Acciones de Formación Docente (-90%) y el Desarrollo de la Educación Superior (-31%) presentan bajas más moderadas. La partida de Infraestructura y Equipamiento evidencia un recorte casi absoluto (-96%).
Desarrollo Productivo y Energía: La Comisión Nacional de Energía Atómica registra una caída significativa (-50%), acompañada por descensos en la Autoridad Regulatoria Nuclear (-26%), el Ente Nacional Regulador del Gas y la Electricidad (-35%) y el Organismo Regulador de Seguridad de Presas (-34%).
Fuerzas Federales y Fuerzas Armadas: Policía Federal (-34%), Gendarmería (-30%), Prefectura Naval (-32%), Ejército (-16%), Armada (-19%), Fuerza Aérea (-27%).
Transporte y Obra Pública: Ejecución extremadamente baja con caídas del 84% al 100% en programas de infraestructura, pavimentación, cuencas, túneles y puentes.
Transferencias a provincias y municipios: Se observan ajustes muy significativos en la Cooperación y Asistencia Técnica a Municipios (-97%) y un recorte total en el Fondo de Fortalecimiento Fiscal de la Provincia de Buenos Aires (-100%).
En síntesis, la APN atraviesa un escenario de fuerte reducción del gasto público, afectando la continuidad de políticas sociales, de salud, educación y desarrollo productivo, mientras se incrementa el gasto en Inteligencia y se mantiene un peso relevante de los Servicios de Deuda Pública. La magnitud de los recortes plantea un desafío crítico para la sostenibilidad de programas esenciales en un contexto económico adverso.
Sería un error leer Viaje al Fin del Día únicamente como una novela de sexo, violencia o marginalidad. Debajo de esa superficie brutal existe una construcción política mucho más compleja. Fabián Ariel Gemelotti no escribe un panfleto ni una simple denuncia. Construye una radiografía donde cada personaje representa un sector de la Argentina contemporánea y el modo en que ese sector es transformado por una sociedad que, durante el Gobierno de Javier Milei, aparece atravesada por el ajuste económico, la incertidumbre y el deterioro del tejido social.
El protagonista no es solamente un hombre. Es la representación de una clase media profesional que creyó que el estudio, el trabajo y el esfuerzo garantizaban una vida estable. Es Abogado, trabaja en Tribunales y vive con la ilusión de convertirse en escritor. Sin embargo, el ajuste económico va pulverizando esas certezas. El salario pierde valor, las deudas aparecen, el crédito se vuelve una trampa y el personaje descubre que la movilidad social ascendente ha dejado de existir. Su caída no es únicamente económica: es también moral y emocional. La violencia que termina abrazando es la consecuencia de un mundo donde las instituciones dejaron de ofrecer respuestas.
Nicolee representa otra Argentina. Es la juventud empobrecida que todavía conserva cierta inocencia pero vive permanentemente al borde del precipicio. Su historia familiar rota, la falta de oportunidades laborales y su dependencia económica muestran cómo la pobreza deja de ser una excepción para convertirse en una condición estructural. Nicolee es, quizás, el último espacio de ternura dentro de una Novela donde casi todo termina contaminado por la violencia.
Gala ocupa un lugar diferente. Ella simboliza la adaptación desesperada al nuevo orden. Cuando el trabajo desaparece, el cuerpo se convierte en mercancía. No aparece retratada como un monstruo ni como una víctima absoluta, sino como alguien que sobrevive utilizando los pocos recursos que conserva. Gemelotti parece sugerir que el mercado termina colonizando incluso las relaciones más íntimas cuando el Estado retrocede y la economía expulsa.
Calipso probablemente sea el personaje político más interesante del libro. Vive en una villa, convive con narcotraficantes, conoce policías, fiscales y punteros políticos, y al mismo tiempo posee cultura, lee libros y expresa opiniones sobre el rumbo del país. Es el puente entre los márgenes y el poder. Su muerte no representa solamente un crimen: simboliza la eliminación de quienes conocen demasiado acerca de las conexiones invisibles entre el delito, la política y las instituciones.
Los policías, fiscales y funcionarios judiciales aparecen como engranajes de un sistema degradado. La novela no distingue entre corrupción política, corrupción policial o corrupción judicial: las presenta como partes de una misma estructura donde el poder circula de manera informal y donde la legalidad convive con el crimen organizado.
Los prestamistas cumplen otro papel fundamental. Son el reemplazo del Estado de Bienestar. Cuando desaparece el crédito accesible, aparecen la usura, las amenazas y las Economías Clandestinas.
La Deuda deja de ser un Instrumento Financiero para convertirse en un Mecanismo de Disciplinamiento Social. En esa lógica, el ciudadano ya no negocia con un banco; negocia directamente con la violencia.
Incluso los personajes secundarios —el taxista, los comerciantes, los vecinos, los compañeros de trabajo— forman parte de una Argentina fragmentada. Discuten política, defienden o critican al Gobierno, sobreviven como pueden y, mientras tanto, observan cómo el deterioro económico modifica lentamente sus propias vidas. Ninguno logra escapar completamente de la crisis.
Lo más interesante es que Gemelotti evita presentar un conflicto entre buenos y malos. El verdadero antagonista no es un personaje sino un clima histórico. Es una Sociedad donde el Ajuste Económico, la Pérdida del Poder Adquisitivo, la Precarización y la Expansión de las Economías Ilegales van desintegrando los vínculos sociales.
En ese sentido, Viaje al Fin del Día puede leerse como una Novela Política en el sentido más profundo del término. No porque explique un Programa de Gobierno, sino porque intenta responder una pregunta mucho más inquietante: ¿Qué ocurre con las Personas cuando las Instituciones dejan de ordenar la vida colectiva y el Mercado pasa a regular hasta las relaciones humanas más íntimas?
La respuesta de Gemelotti es profundamente pesimista. El Trabajo deja de proteger, la Justicia deja de impartir justicia, la Policía deja de garantizar seguridad y la Política aparece incapaz de ofrecer un horizonte compartido.
Cada personaje intenta sobrevivir por separado. Esa soledad termina siendo el verdadero rostro de la decadencia.
Más que escribir una novela sobre un Gobierno, Gemelotti escribe sobre una Sociedad que siente que ha perdido el control de su propio destino. Esa es, quizás, la dimensión política más poderosa de Viaje al Fin del Día.
Se define a la Huelga como “una Paralización Colectiva y Concertada del Trabajo realizada por los Trabajadores agrupados en una Organización de Defensa para lograr de los Empleadores o de las Autoridades la restitución de un Derecho Conculcado o la Mejora o la Creación de Un Derecho.” (mi libro Derecho del Trabajo Colectivo, 2026, Nº 161).
En muchos países, como en el Perú, este Derecho se halla reconocido por la Constitución política. La primera constitución del mundo en hacerlo fue la de México de 1917 (Art. Nº 123 – XVIII). Luego de la Segunda Guerra Mundial el reconocimiento de este Derecho se generalizó a partir de las Constituciones Francesa de 1946 e Italiana de 1948.
En el ámbito de la Organización Internacional del Trabajo, se entendió de manera general desde 1959 que el Derecho de Huelga se halla incluido en el Convenio Nº 87 de 1948 como una expresión de la Libertad Sindical, de manera que al ser incorporado este Convenio en la legislación interna de los países por la ratificación se convierte en ellos en Fuente del Derecho de Huelga. Lo han ratificado 150 Estados.
Sin embargo, los directores ideológicos de los empresarios a nivel internacional rechazaron esta interpretación. En 2012, al tratarse de este tema en la Comisión de Aplicación de Normas de la O.I.T., los delegados empresariales objetaron formalmente el tratamiento de la huelga como una expresión de los Derechos reconocidos por el Convenio Nº 87 y continuaron con esta posición en los diez años siguientes. Finalmente, el Consejo de Administración de la O.I.T., en Noviembre de 2023, recabó la opinión de la Corte Internacional de Justicia de la Haya sobre este tema para superar la crisis creada, a su criterio, por la Delegación Empresarial.
El 26 de Mayo de 2026, esta Corte ha declarado por 10 votos contra 4 que “el Derecho de Huelga está protegido por el Convenio Nº 87 de la O.I.T.”, si bien –dice– este “no determina el contenido preciso, alcance o condiciones de ejercicio del Derecho de Huelga”.
Con esta decisión el Derecho de Huelga queda definitivamente reconocido allí donde todavía se le discutía.
La huelga como modalidad de acción sindical comenzó a practicarse desde fines del Siglo XVIII a pesar de las represalias y la represión estatal, por lo general brutal, una conducta patronal, común en Europa, Estados Unidos y otras partes del mundo.
En Estados Unidos, la agencia de detectives Pinkerton suministraba a los Empresarios de las Grandes Empresas esquiroles y matones para combatir las Huelgas que, hasta la década del veinte del Siglo XX, era común que conllevaran Asesinatos de Huelguistas y sus Dirigentes.
Lo recuerda Harold Robbins en su novela Memories of Another Day, 1981, El Lider en castellano. La Ley Nacional de Relaciones Laborales de 1935 (Wagner Act) reconoce el Derecho de Huelga con limitaciones, pero no para los trabajadores del Estado. La Corte Suprema de este país ha resuelto, sin embargo, en 2023, que los Trabajadores responden por los daños que causen a los Empresarios con la Huelga. Allí, como se ve, el sistema mantiene la Guardia en Alto contra los Trabajadores dispuesto siempre a pegar. Estados Unidos no ha ratificado el convenio 87 de la O.I.T.
POSICIÓN DE LA ASOCIACIÓN GREMIAL DE DOCENTES E INVESTIGADORES DE LA U.N.R. ANTE EL OPERATIVO DESPLEGADO POR LA POLICIA FEDERAL A CAUSA DEL CIBERPATRULLAJE EN ROSARIO
Repudiamos el Procedimiento llevado adelante, el día Martes 1 de Julio, por la Policía Federal en la Escuela Superior de Comercio de la U.N.R., por resultar infundado, ilegal y violatorio de derechos y garantías constitucionales y convencionales. El mismo lesiona principios básicos como los de libertad de pensamiento y expresión, derechos de niños, niñas y adolescentes y de la autonomía universitaria.
La Policía Federal se presentó a pedido de la Fiscalía y durante media jornada con un despliegue desproporcionado de equipamiento y personal, causando intimidación a estudiantes y personal de la institución.
Según el comunicado institucional se trató de una intervención preventiva por orden judicial a partir de un posteo en redes sociales.
El control de redes es un trabajo de inteligencia sin autorización judicial previo y sin vinculación a una investigación concreta. La potestad de Ciberpatrullaje se concedió a la Policía Federal mediante decreto 383/2025, violando abiertamente la Constitución Nacional al no tener trato en el Congreso. El Poder Ejecutivo –CN art. 99 inc. 3- tiene prohibido emitir disposiciones legales, y mucho menos en materia punitiva.
Esto fue oportunamente denunciado por Organismos de Derechos Humanos y Sectores Académicos de Nuestras Universidades. Son prácticas vejatorias del Derecho Individual que resultan, también, ineficaces para la prevención de delitos.
No debemos naturalizar el atropello de derechos y garantías fundamentales, ni mucho menos la educación de lxs estudiantes con prácticas que sólo persiguen el objetivo de disciplinamiento y coerción social.
Todos estos derechos forman parte y son logros de luchas históricas, que las experiencias trágicas de violencia estatal nos han enseñado que no pueden abandonarse.
La Escuela no puede ser el escenario de una demora, detención, requisa o interrogatorio; esto sólo busca sembrar el temor, principalmente en menores de edad. La escuela debe ser un lugar de aprendizaje, debate y reflexión sobre los problemas que nos atraviesan y nuestro accionar, incluso en redes sociales.
Es por todo esto que exigimos a las autoridades de las distintas unidades académicas y de Rectorado que impidan que se requise a nuestrxs estudiantes dentro de las instituciones educativas.
El 4 de Julio de 1776 se declaró la Independencia de los Estados Unidos de América. Eran 13 Colonias Británicas de América del Norte, bordeando la costa atlántica. Menos del 16% de la superficie actual del país.
Los colonos iniciales habían llegado desde el Siglo XVII de Gran Bretaña. Disidentes religiosos huyendo de persecuciones. Se sumaron luego inmigrantes de países europeos, y esclavos secuestrados de África.
Las tensiones entre Metrópoli y Colonia fueron aumentando durante el Siglo XVIII. En parte por decisiones inconsultas de Londres, afectando económicamente a los colonos; pero también por la oposición de la corona a la expansión hacia el oeste, territorio de Francia, aliada a la mayoría de naciones de pueblos originarios.
Ya en las primeras colonias, los “Peregrinos” habían tenido que derrotar a los que habitaban anteriormente esos territorios. Aspiraban además a apropiarse de las tierras allende los Montes Apalaches.
El propio George Washington se formó como cuadro militar en las guerras contra Francia y los indígenas.
En 1803, Benjamin Franklin (prácticamente el único entre los “Padres Fundadores” opuesto a la esclavitud –aunque en su juventud había sido dueño de esclavos-) viajó a Francia para intentar comprar a Napoleón el puerto de Nueva Orleans (clave por ser la entrada del Mississipi). Sorprendentemente, el emperador, que acababa de perder la colonia de Saint Domengue (Haití), en manos de la única rebelión de esclavos triunfante en la Historia de la Humanidad; les ofreció venderle no sólo esa ciudad sino toda la Luisiana que la enmarcaba, pensando que no le servía sin Haití. Compra que casi duplicó el tamaño de los EE.UU. Por supuesto que ni éstos ni los franceses pidieron opinión a los pueblos originarios que allí vivían. En las décadas siguientes sufrirían masacres y genocidios, como el “Sendero de Lágrimas” (1830-1838), en el cual varios pueblos, unos 60.000 individuos, fueron obligados a marchar 1700 km a Oklahoma (de donde también fueron expulsados décadas después). Muchos miles murieron de hambre, frío y enfermedades en el trayecto. Las tierras así “liberadas” fueron luego destinadas al cultivo de algodón mediante el trabajo esclavo y la minería del oro.
En 1835, colonos norteamericanos que se habían ido instalando en México, se rebelaron contra el gobierno mexicano, secesionando el territorio y creando la “República de Texas”. 10 años después se integraron a los EE.UU. como el Estado homónimo. Una de las causas de tensión entre los colonos anglosajones y el Estado mexicano era las limitaciones que éste ponía a la práctica de la esclavitud (que había sido abolida en 1829 para el resto del México). Independizada Texas, la esclavitud se incorporó en su Constitución. Los EE.UU. habían intentado comprar a México territorios septentrionales, oferta rechazada por éste. Entonces, en 1846, el presidente James Polk envió deliberadamente tropas estadounidenses a una zona fronteriza en disputa próxima a Texas, esperando que los mexicanos los atacaran. Producido este ataque, obtuvo del Congreso la declaración de guerra contra México, con el argumento de que “sangre estadounidense había sido derramada”. Mientras montaba esta provocación en el extremo este de la frontera común, envió al extremo oeste (California, mexicana hasta entonces), a John Fremont y Kit Carson, con la excusa de relevamientos geográficos, pero con instrucciones secretas de promover el levantamiento de los colonos anglosajones contra México.
Durante la guerra 1846-1848, el Batallón San Patricio, formado por inmigrantes irlandeses católicos dentro del ejército norteamericano, hartos del maltrato de los oficiales protestantes anglosajones y, tal vez movidos por su procedencia de un país también sojuzgado por un Imperio Anglosajón, se pasaron al lado Mexicano. Fueron torturados y ahorcados por el ejército yanqui, mientras la propia ciudad de México caía tras la heroica defensa final de los llamados “Niños Héroes”, cadetes adolescentes que defendieron hasta el final el Castillo de Chapultepec, por donde entraron los invasores.
México fue obligado a “vender” a EE.UU. más de la mitad de su territorio, incluidos estados riquísimos, como Texas y California.
Este robo formaba parte además de un debate interno en los EE.UU. donde, desde el origen mismo del país, el sur tenía una economía basada en la esclavitud y en el norte –aunque usufructuaba de una economía complementaria con la de los esclavistas– tal institución no estaba permitida. Ambos bandos intentaban sumar nuevos estados con su misma impronta. El absurdo sistema electoral indirecto, que varias veces hizo presidente a quien había obtenido menos votos, se creó para equilibrar políticamente a ambas regiones.
Intentando justificar el latrocinio, el periodista John O’Sullivan escribió (1845): “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”, dando nombre a la doctrina del “Destino Manifiesto”, que junto al “excepcionalismo estadounidense”, que sostiene que Estados Unidos es cualitativamente diferente y superior a otras naciones, y que las reglas históricas aplicables a otros países no necesariamente se aplican a su caso, son ideas centrales de las elites –y de parte del pueblo– norteamericanos.
Cualquier similitud con el “espacio vital” de Hitler (“Gran Alemania”), o la “Tierra Prometida” (“Gran Israel”) de los sionistas, no es pura coincidencia.
En la primera mitad del Siglo XIX, al tiempo que –mediante una economía proteccionista– se creaban las bases para un capitalismo autónomo, construyendo simultáneamente grandes obras de infraestructura como el Canal de Erie, que conectó los grandes lagos con el Atlántico; crecían los movimientos abolicionistas que propugnaban el fin de la esclavitud.
Así, la “conquista del oeste” estaba signada por las intenciones de esclavistas y abolicionistas de sumar estados con uno u otro signo. Polk era nítidamente esclavista, y no es raro que el único congresista que se animó a cuestionar sus métodos fuese Abraham Lincoln.
Este ganó las Elecciones Presidenciales de 1860, y aunque no se planteaba abolir la esclavitud en los estados donde ya existía, muchos estados esclavistas se escindieron, comenzando la Guerra de Secesión, el conflicto que mayor cantidad de muertos costó al país, de los muchos en los que intervino (aproximadamente el doble de caídos que, en la 2ª Guerra Mundial, y cerca de 8 veces los de la 1ª). La guerra no era por la abolición (4 estados esclavistas integraban el bando norteño), sino por la reunificación del país. Pero la dinámica del conflicto llevó a la abolición formal en 1863 y 65. Siguió existiendo bajo otras formas, y la discriminación contra los negros (y otras etnias), se mantiene hasta la actualidad, aunque sucesivas oleadas de luchas por los derechos civiles han ido haciendo retroceder a sus formas más obvias.
Tras la Guerra Civil comenzó un proceso de acelerada formación de grandes monopolios, cuyos efectos persisten hasta hoy. También prosiguió el de despojo de las tierras de los pueblos originarios, que había sido pausado por la Guerra.
En 1786, el principal redactor de la declaración de independencia, Thomas Jefferson, había escrito que a los EE.UU. les convenía que el resto de América siguiera en manos españolas y no se independizara demasiado rápido, para que su país se fortaleciera lo suficiente para remplazar esa dominación.
En 1823 el Presidente Monroe formalizó esa pretensión bajo la frase “América para los Americanos” (que significa, en la jerga Estadounidense, para los “Norteamericanos”). Cuba era la parte de Hispanoamérica que más directamente aspiraban anexionarse, como lo dijeron abiertamente Jefferson y John Quincy Adams (Secretario de Monroe y luego Presidente). (2 años después, una potencia extracontinental, Francia, enviaría una flota para amenazar y obligar a Haití a contraer una deuda impagable, que le pesa hasta hoy. Por supuesto que el Gobierno Esclavista de los EE.UU. no movió ni un dedo para proteger a ese país americano, el cual ellos mismos invadirían después en 1915, y ocuparían por 19 años).
José Martí, había advertido clarísimamente contra esas pretensiones, pero cayó en combate en 1895, primer año de la Guerra de Independencia Cubana. En el último –1898- misteriosamente el buque estadounidense Maine explotó (desde adentro), en el puerto de la Habana, y EE.UU. aprovechó para declarar la guerra a una ya debilitada España y apropiarse, entre otros, de Puerto Rico, Filipinas y, como protectorado, Cuba. EEUU había prometido la independencia a los filipinos, pero una noche el presidente McKinley tuvo una visión celestial, que le indicó que no debían otorgarla. Comenzó una guerra en la que las tropas estadounidenses cometieron actos que nada tienen que envidiar a los posteriores de los nazis, y las islas se mantuvieron como colonia hasta 1946.
En las últimas décadas del Siglo XIX, el reino independiente de Hawai, había comenzado a recibir inversiones y a hacer acuerdos comerciales con EE.UU. En 1887 y 1893 terratenientes y empresarios estadounidenses condicionaron primero y derrocaron después a la monarquía local, y en 1898 se anexaron las islas a los EE.UU. En 1867 éstos compraron Alaska al Zar de Rusia, que temía que, de otra forma, los EE.UU. terminarían apropiándola por la fuerza.
Los EE.UU. entraron a la Primera y Segunda Guerra Mundial, supuestamente por provocaciones extranjeras y con Fuerzas Armadas bastante débiles. Pero, especialmente en la Segunda, reconvirtieron rápidamente grandes sectores de su industria hacia el armamentismo, dando origen al “complejo industrial-militar”, denunciado por el ex Presidente, Gral. Eisenhower en su discurso de despedida, y que subsiste hasta hoy, siendo parte esencial de las elites que manejan el país. Requiere de permanentes guerras –propias o ajenas– que ensayen, destruyan y exijan renovar armamento. Así como la venta casi libre de armas que provocan un promedio de más de un tiroteo masivo por día, tanto como el grueso de la provisión de armas a las pandillas y carteles de países como México y Haití.
Disuelta en 1991, la Unión Soviética, EE.UU. (5% de la población mundial) pasó a ser el Estado que dominaba, de hecho, prácticamente todo el planeta; superando ampliamente los sueños de Hitler, Gengis Khan y cualquier otro déspota de la Historia.
El rápido avance industrial, económico y tecnológico de China; el resurgimiento nacionalista, económico y militar de Rusia; y la emergencia de una serie de potencias regionales (India, Turkiye, Irán, Brasil, etc) no subordinadas a Washington, están poniendo fin a esa hegemonía. Se mantiene, aún, como mayor aparato militar, pero la guerra de Irán mostró su insuficiencia para proyectar decisivamente poder. El sistema propagandístico –el mayor de la Historia, muy superior al de Hitler y Goebbels– que engloba a la mayoría de los medios de comunicación mundiales, supuestamente “Independientes”; es su otro mayor activo. Pero su capacidad de dominación mundial, está claramente desapareciendo, aunque en el declive se aferra con uñas y dientes a América Latina.
Todo esto es lo que fue a festejar Milei en la Embajada de EE.UU., rompiendo todas las Normas y Protocolos que indican que los Presidentes nunca pisan Embajadas de otros países.
CRÍTICA LITERARIA DE: VIAJE AL FIN DEL DÍA, DE FABIÁN ARIEL GEMELOTTI. EDICIONES LA ODISEA, BUENOS AIRES, ARGENTINA, MAYO 2026 PRIMERA EDICIÓN.
POR MARTÍN OLIVARES
Hay una pregunta que casi nadie se hace porque la respuesta incomoda.
¿Y si la Literatura Argentina se hubiera vuelto demasiado obediente?
Obediente con el mercado. Obediente con la crítica. Obediente con los premios. Obediente con las modas. Obediente con las redes sociales.
En ese paisaje aparece VIAJE AL FIN DEL DÍA, una Novela que parece escrita contra la Obediencia.
No intenta convencer. No intenta educar. No intenta demostrar inteligencia. Mucho menos busca la simpatía del lector.
Simplemente avanza.
Como una cámara que recorre una Rosario donde conviven abogados empobrecidos, empleados judiciales, prostitutas, policías, narcos, barrios olvidados, sexo, violencia y un cansancio social que atraviesa cada página.
Gemelotti no construye una ciudad literaria. Construye una ciudad incómoda.
Y eso cambia todo.
La novela rompe con una tradición muy instalada en la narrativa contemporánea: la necesidad de justificar cada personaje. Aquí nadie explica demasiado. Nadie ofrece discursos tranquilizadores. Los personajes viven, desean, traicionan, aman y destruyen con una naturalidad que resulta inquietante.
El Lector queda solo. Sin un narrador que le diga qué pensar. Sin moralejas. Sin red de contención.
Eso explica por qué Viaje al fin del día puede provocar rechazo. No porque sea provocadora por cálculo, sino porque parece incapaz de suavizar aquello que quiere mostrar.
Su lenguaje tampoco negocia.
No busca frases brillantes para ser citadas en redes sociales. No fabrica belleza artificial. La prosa golpea. Corre. Respira con ansiedad. Tiene algo de expediente judicial, algo de crónica policial y algo de confesión escrita después de una noche sin dormir.
Puede gustar o no.
Pero cuesta encontrar otra Novela Argentina reciente que escriba con semejante desprecio por las convenciones del prestigio literario.
Quizá por eso resulte inevitable pensar en aquellos escritores que alguna vez fueron considerados excesivos, incómodos o directamente impresentables. No porque Gemelotti escriba como ellos, sino porque comparte una decisión mucho más profunda: aceptar el riesgo de quedar afuera.
Las obras verdaderamente irreverentes nunca nacen en el centro del sistema cultural.
Nacen en los márgenes. Desde allí molestan. Desde allí reciben burlas. Desde allí construyen lentamente sus propios lectores. Tal vez Viaje al fin del día no sea una novela para todos. Ni siquiera parece querer serlo. Pero precisamente esa renuncia al consenso es una de sus mayores virtudes.
En tiempos donde abundan libros cuidadosamente diseñados para no ofender a nadie, Gemelotti entrega una ficción que vuelve a recordar una verdad olvidada.
La Literatura no siempre tiene la obligación de ser correcta. A veces alcanza con que sea libre.
Y cuando una Novela decide ser completamente Libre, inevitablemente vuelve a convertirse en un OBJETO PELIGROSO.
Como hijo de la Pampa Húmeda santafesina siempre tuve predilección por el estudio de la obra de aquellos dirigentes socialistas que se dedicaron al análisis del agro. Como verdaderos investigadores no solo escribieron en abstracto del tema, sino que tuvieron un acercamiento práctico al objeto de indagación, viviendo entre los proletarios rurales, chacareros y todo ese complejo y vasto mundo. Juan B. Justo fue uno de los más destacados, entre ellos.
Para él, el suelo argentino no era solo una extensión de tierra, sino el escenario donde se decidía el futuro y la felicidad de los trabajadores argentinos. Con una mirada profunda y solidaria, comprendió que el problema agrario era uno de los males más serios y urgentes que debía resolver la Nación para poder mirar con confianza el futuro.
Veía en la inmensa concentración de la tierra, el latifundio, una gran barrera que separaba el atraso estructural del necesario Socialismo para desarrollar las fuerzas productivas. Le dolía observar cómo la mayor parte de los agricultores no eran dueños de los campos que araban, sino víctimas nómades de los grandes propietarios e intermediarios que los esquilmaban.
Mientras los señores de la tierra despilfarraban sus fortunas en las ciudades europeas o en la capital de la República, el agricultor vivía de manera primitiva, habitando chozas precarias de barro y palo que, por exigencias del contrato, debían ser arrasadas al terminar el arriendo. Para él, estos grandes terratenientes especulaban con la tierra en lugar de cultivarla, manteniendo una técnica atrasada, impidiendo que el país se poblara adecuadamente, y oponiéndose a la creación de escuelas o estaciones ferroviarias que pudieran traer progreso.
Son muchos los estudios de Juan B. Justo sobre la cuestión agraria, desde sus tempranas notas periodísticas, su conferencia sobre el Programa Socialista del Campo, pasando a su estudio El Impuesto sobre el privilegio, su notable capítulo sobre este tema en Teoría y Práctica de la Historia, y que alcanzó su punto más alto sobre esta temática en su folleto La Cuestión Agraria, con su apéndice sobre La Renta de la Tierra, de 1917.
Luis Pan, en su trabajo de 1949, Los Socialistas y la Cuestión Agraria, resume el pensamiento de Justo con estas palabras: “El punto de partida: la propiedad de la tierra, el latifundio. El asentamiento del agricultor, la tierra en propiedad, la estabilidad de la familia campesina. El problema agrario queda planteado: `El mal del latifundio, decía Juan B Justo, debe engendrar en nosotros conceptos novísimos sobre la propiedad y el privilegio´. El maestro opinaba que había que subdividir el suelo en unidades agrícolas estables. Cuando ello se opone en forma tradicional de la propiedad raíz, se plantea la cuestión agraria como el problema más palpitante de la vida nacional´”.
El corazón palpitante de este problema era la trágica figura del arrendatario, el agricultor que alquilaba la tierra para trabajarla. Sometidos a contratos breves y opresivos, a menudo de un solo año, estos trabajadores se veían obligados a acampar en casuchas miserables, sin higiene, sin la sombra de un árbol ni el consuelo de un hogar permanente. Al saber que su estadía era efímera, y que el propietario no les pagaría ni un centavo por las mejoras que realizaran, los campesinos no tenían motivación ni tiempo para cuidar el suelo.
Esto engendra una destructiva agricultura de rapiña: se le extrae a la tierra la mayor cantidad de frutos en el menor tiempo posible, esquilmándola y agotándola sin piedad. Hoy lo vemos con claridad. El doctor en Ciencias Agrarias Nahuel Reussi Calvo, especialista en suelos e investigador del Conicet, nos alerta: “La falta de rotaciones con pasturas y la disminución de la frecuencia de gramíneas en la rotación, sumado al bajo uso de fertilizantes, han producido una notable disminución de los niveles de materia orgánica de los suelos de la región pampeana, y por lo tanto, hoy día solo existe el50 % del nivel original de materia orgánica”.
Para comprender la raíz de esta injusticia, es necesario desentrañar el concepto de la renta del suelo. En términos sencillos, la renta es ese valor extra, esa jugosa ganancia que produce la tierra por encima de lo que cuesta cultivarla y del trabajo invertido en ella. Lo asombroso y terrible de este sistema es que esta ganancia no es un fruto del sudor del terrateniente,sino un privilegio que él se apropia simplemente por ser el dueño legal del suelo.
Esta riqueza fluye hacia el propietario principalmente de dos maneras, conocidas como Renta Diferencial: las tierras más fértiles o aquellas más cercanas a los ferrocarriles y puertos producen riquezas de forma más barata y abundante. Toda esta ventaja natural y geográfica no enriquece al pequeño agricultor, sino que el terrateniente la absorbe cobrando alquileres cada vez más caros, que Carlos Marx en el tercer tomo de El Capital, denomina Renta Diferencial tipo I.
La Renta Diferencia de tipo II, estriba que si un agricultor trabajador e ingenioso invierte en mejores semillas, abonos o ara la tierra a mayor profundidad, logrará multiplicar las cosechas. Sin embargo, bajo este sistema, el dueño de la tierra tarde o temprano aumentará el precio del arriendo, devorando el esfuerzo y la inteligencia del cultivador.
Este fenómeno no es un espejismo exclusivo del campo. En las ciudades ocurre exactamente lo mismo. Un terreno en el centro vale infinitamente más que uno en las afueras, no porque su dueño haya trabajado más duro, sino porque allí se concentra la vida humana y el comercio. Levantar edificios de varios pisos es simplemente otra forma de exprimir esta misma renta urbana de un solo pedazo de tierra.
La gran revelación detrás de la renta del suelo es quees un producto del trabajo de toda la sociedad. El valor de los campos y los lotes urbanos crece por el simple aumento de la población y por las obras que pagamos todos, como calles, puertos y vías férreas. Es un despropósito que el esfuerzo colectivo se convierta en fortunas inmensas para unos pocos privilegiados que no hicieron más que esperar.
Su análisis sobre la Renta del suelo tiene plena actualidad. En uno de sus últimos informes, la Guía Estratégica para el Agro (GEA), nos describe que en la zona núcleo del país (la más productiva), el 70% de la superficie se trabaja bajo alquiler, y en el 92% de los casos la modalidad de contrato dominante es a “quintales fijos a precio de soja lleno”. Otro dato relevante, es que los propietarios de superficies pequeñas, de 10 a 50 hectáreas, alquilan sus campos, y además los que lo hacen directamente contratan todos los servicios. En la zona de Carlos Pellegrini, Departamento San Martín de Santa Fe, el 90% de los dueños de campos que tienen hasta 100 hectáreas, alquilan sus predios a contratistas.
Juan B. Justo propuso para proteger a los arrendatarios de la inestabilidad y los abusos, proyectos de ley que delinean medidas orientadas a otorgarles arraigo, libertad y una justa compensación por su esfuerzo. Específicamente, como las presentadas a la Cámara de Diputados en 1917, exigiendo las siguientes reivindicaciones fundamentales: Contratos extensos y estables: por los que se buscaba poner fin a los precarios contratos de un solo año. La legislación proponía establecer una duración mínima de cinco años para los arriendos, garantizando además que el arrendatario tuviese la opción de prolongar su estadía por varios años adicionales. Esto otorgaba a las familias campesinas el tiempo y la seguridad necesarios para establecerse verdaderamente en la tierra.
La indemnización obligatoria por las mejoras: el trabajador debía tener el derecho innegable de construir comodidades básicas y productivas, como habitaciones de ladrillo, galpones, aguadas, y sembrar árboles o alfalfa, sin necesidad de autorización previa del dueño. Al finalizar el arriendo, la ley obligaba al propietario a pagarle al campesino el valor de todas estas mejoras que quedaran en el campo. Además, se estipulaba que cualquier cláusula de contrato que obligara al trabajador a renunciar a esta indemnización fuera declarada completamente nula.
Libertad absoluta para trabajar y comerciar: era imperativo liberar al agricultor del vasallaje económico. Las propuestas exigían que el arrendatario pudiera contratar libremente la maquinaria que le convenga, y dispusiera del derecho de vender su cosecha a quien deseara, eliminando la extorsión de tener que entregar sus frutos a las compañías o intermediarios que los propietarios dictaminaran.
Castigo a la especulación de los intermediarios: para evitar la explotación a manos de quienes ni siquiera eran dueños de la tierra pero lucraban con ella, se proponía la creación de una costosa patente (impuesto) anual a los subarrendadores. De este modo se buscaba desarmar el negocio de quienes acaparaban inmensos latifundios únicamente para exprimir a los colonos sub-alquilándoles parcelas más caras.
La legislación propuesta por Juan B. Justo buscaba que el agricultor deje de ser un nómade expuesto a la avaricia ajena y adquiriera las garantías necesarias para prosperar, protegiendo tanto su hogar como el capital y sudor que invirtió en cada siembra. Estas propuestas fueron defendidas incluso por figuras como el presidente Roque Sáenz Peña en 1912, y aplicadas con éxito en naciones como Alemania y Australia, demuestran que gravar el mayor valor es el camino más puro para sanear la economía.
Una cuestión que se omite cuando se habla de la “Grandeza del Centenario”, es el tema de la inmigración. El latifundio y la especulación de tierras tuvieron un efecto devastador sobre la inmigración en la Argentina, actuando como una inmensa fuerza repulsiva que impidió a los extranjeros radicarse de forma definitiva. A pesar de ser un país con un territorio inmenso, fértil y sumamente despoblado, el monopolio de la tierra provocó que una gran parte de los inmigrantes que llegaron terminaran marchándose.
Las cifras históricas revelan la magnitud de este fracaso demográfico: entre los años 1871 y 1914, entraron a la Argentina casi 5,9 millones de personas, pero más de 2,7 millones se fueron. Esto significó que la emigración representó un alarmante 46,30% de la inmigración. Para ponerlo en perspectiva, en los Estados Unidos, la emigración representaba apenas el 20% de la inmigración, demostrando una capacidad mucho mayor para retener a los nuevos pobladores.
El impacto de los latifundios se manifestó de diversas maneras. Para la inmensa mayoría de los trabajadores rurales que llegaron al país, resultó imposible adquirir un pedazo de suelo propio para fundar un hogar y cultivar con sus propios brazos. El territorio estaba acaparado en propiedades de inmensa extensión, dejando a las multitudes sin acceso a la tierra.
Al no poder establecerse de forma permanente, los trabajadores se convirtieron en una población golondrina. Cultivaban malamente el territorio durante la temporada de siembra y cosecha, pero al llegar el invierno, la falta de trabajo estable los condenaba a la desocupación, obligándolos muchas veces a emigrar, o a vagar buscando medios de subsistencia. Tengo en mis queridos ancestros, muchos ejemplos de esta precariedad vital e indignante.
El latifundio ahogaba el potencial de la inmigración porque le negaba al trabajador extranjero lo que más anhelaba:un pedazo de tierra libre para echar raíces. Al mantener los campos cerrados a la subdivisión y al trabajo permanente, el sistema condenaba a la población agrícola a un vasallaje inestable, expulsando a casi la mitad de las manos que llegaban buscando prosperidad.
En agudo contraste con el drama argentino, Estados Unidos y Canadá, ofrecían un paisaje distinto donde la tierra se entregaba a las manos de quienes deseaban fecundarla. En esos países, la sombra del latifundio no asfixiaba el progreso desde sus raíces, lo que permitía que la llamada cuestión agraria, no existiera con la misma gravedad.
Las ideas recomendadas por Juan Bautista Justo, hubiesen creado un poderoso mercado interno con altos salarios, impulsando la necesaria industrialización del país. Es lo que hizo grande a los países desarrollados, con su política agraria de distribución equitativa de la tierra. La decadencia argentina es el resultado de una oligarquía latifundista, que aliada al sector financiero, nos sigue desangrando.
En el panorama de la narrativa argentina contemporánea resulta cada vez más difícil encontrar novelas que posean una identidad estética reconocible desde sus primeras páginas. La homogeneización del lenguaje, la reiteración de fórmulas narrativas y la búsqueda permanente de aceptación comercial suelen diluir la personalidad de muchos autores. En ese contexto, Viaje al fin del día, de Fabián Ariel Gemelotti, constituye una obra singular.
Su propuesta se inscribe claramente dentro de la tradición del noir contemporáneo, aunque evita reproducir los esquemas clásicos del policial de investigación. Aquí no existe un detective destinado a restablecer el orden ni un enigma cuya resolución organice la estructura narrativa. Por el contrario, la violencia, la corrupción, el deseo y la marginalidad aparecen como condiciones normales de existencia dentro de una Rosario convertida en protagonista silenciosa de la novela.
Desde una perspectiva comparada, la obra dialoga con diversas tradiciones literarias. La crudeza del lenguaje recuerda por momentos a Louis-Ferdinand Céline; la naturalidad con que se incorporan el sexo y la derrota cotidiana encuentra puntos de contacto con Charles Bukowski; la construcción de personajes marginales remite inevitablemente a Roberto Arlt; mientras que la utilización de una primera persona autobiográfica posee afinidades con John Fante. Sin embargo, estas referencias nunca anulan la personalidad del autor. Gemelotti utiliza esas influencias como punto de partida para construir un universo profundamente rosarino.
Uno de los mayores aciertos técnicos reside en la construcción del narrador. La voz mantiene una coherencia absoluta durante toda la novela. No modifica su registro frente al amor, la política, el crimen o el sexo. Esa estabilidad produce una sensación de autenticidad poco frecuente en la narrativa actual.
La estructura también merece destacarse. Los capítulos breves generan una lectura dinámica, casi cinematográfica. El procedimiento recuerda al montaje audiovisual contemporáneo: escenas rápidas, cambios permanentes de situación y una progresión narrativa sostenida por la acumulación de episodios antes que por largas explicaciones psicológicas. Se trata de una novela que entiende los nuevos ritmos de lectura sin renunciar por ello a la construcción literaria.
Los personajes constituyen otro de sus puntos fuertes. Nicolee representa el núcleo afectivo del relato. Su presencia introduce humanidad dentro de un universo dominado por la violencia, funcionando como el verdadero centro emocional de la obra.
Calipso, por su parte, sobresale como una de las creaciones más interesantes de la novela. Su complejidad narrativa evita toda caricatura. Inteligente, marginal, provocador y profundamente trágico, concentra buena parte de la riqueza simbólica del libro. Su desaparición modifica el equilibrio interno de la historia y marca el inicio de un proceso de aceleración dramática. Gala funciona como elemento desestabilizador. Cada una de sus intervenciones altera el curso del relato y mantiene una tensión permanente entre deseo, peligro y traición.
El protagonista, lejos del héroe clásico del policial, aparece como un sujeto contradictorio, emocionalmente inestable y moralmente ambiguo. Esa condición lo acerca mucho más al antihéroe característico del noir moderno que a los modelos tradicionales de la novela policial.
Otro aspecto destacable consiste en el tratamiento del sexo y la violencia. Ambos elementos aparecen con notable frecuencia, pero no funcionan únicamente como recursos de provocación. Constituyen procedimientos narrativos mediante los cuales el autor describe relaciones de poder, desigualdad social y degradación institucional. En este sentido, la novela se aproxima más a ciertas formas extremas del realismo contemporáneo que a la literatura erótica convencional.
Desde el punto de vista estilístico, Gemelotti apuesta por una prosa directa, prácticamente despojada de ornamentación. No hay voluntad de embellecimiento. La escritura privilegia la eficacia narrativa sobre el virtuosismo formal. Esa decisión fortalece la identidad del texto y le otorga una velocidad poco habitual dentro de la narrativa argentina reciente. Naturalmente, la novela no está destinada a todos los lectores. Su lenguaje explícito, su tratamiento frontal del sexo y la violencia y su permanente provocación ideológica la ubican dentro de una literatura de fuerte personalidad. Precisamente allí reside una de sus mayores virtudes editoriales: no intenta satisfacer expectativas ajenas sino desarrollar una estética propia.
En términos comerciales, Viaje al fin del día posee condiciones para consolidarse dentro del circuito de Lectores de Novela Negra, Realismo Urbano y Narrativa de Culto.
Su principal valor no radica en seguir tendencias editoriales sino en ofrecer una voz inmediatamente reconocible, condición indispensable para que un autor construya una obra perdurable.
EVALUACIÓN TÉCNICA
Originalidad: 9,5/10 Construcción de personajes: 9/10 Atmósfera noir: 9,5/10 Ritmo narrativo: 9/10 Calidad estilística: 9/10 Coherencia estructural: 8,8/10 Puntaje general Calidad literaria: 9,1/10 Potencial editorial: 9/10 Potencial comercial: 8,8/10
VEREDICTO
Viaje al fin del día confirma a Fabián Ariel Gemelotti como una de las voces más personales del noir argentino contemporáneo. Su literatura puede generar adhesiones o rechazos intensos, pero difícilmente deje indiferente al lector. Esa capacidad de producir una identidad estética propia constituye, desde cualquier perspectiva crítica, uno de los rasgos más valiosos que puede exhibir una obra literaria.
TODO EL PERONISMO COINCIDE EN PEDIR LA LIBERTAD DE CRISTINA. LA VERDADERA DISPUTA ES OTRA: ¿QUIÉN CONDUCE, BAJO QUÉ REGLAS Y, SOBRE TODO, CÓMO CONSTRUIR UN PROYECTO POLÍTICO QUE LOS VUELVA A ENGANCHAR CON UNA SOCIEDAD QUE ESTÁ CADA DÍA MÁS SOLA Y ESPERA.
POR ANTONIO MUÑIZ
La fotografía de Parque Lezama y la deliberación que recorre despachos, gobernaciones e intendencias describen el mismo movimiento desde dos ángulos, el peronismo ya empezó a mirar el futuro, pero todavía no resolvió su presente. Hay un consenso que unifica y una pregunta que divide. El consenso es la inocencia de Cristina Fernández de Kirchner y, por lo tanto, el reclamo por su libertad. La pregunta es quién conduce. Confundir lo primero con lo segundo —suponer que solo el objetivo de la libertad de Cristina alcanza para ordenar una conducción— es el principal malentendido del momento.
La movilización del Día de la Bandera lo mostró con nitidez. La consigna “Cristina Libre” logró reunir a La Cámpora, al Partido Justicialista, a intendentes, a legisladores, a estructuras sindicales y a espacios territoriales, e incluso al Movimiento Derecho al Futuro, el sello del gobernador Axel Kicillof. Esa transversalidad es real y políticamente significativa. Pero un acto que confluye sobre una causa común no equivale a un proyecto que sintetice. El respaldo a Cristina no estaba en discusión; lo que estaba —y sigue— en discusión es el método para volver a ser gobierno.
LO QUE UNE NO SIEMPRE ES LO QUE ORDENA
Conviene precisar el mapa, porque la simplificación lo deforma. No hay un peronismo que defiende a Cristina y otro que la abandona. Todo el peronismo y buena parte del pan-peronismo comparten el diagnóstico sobre su situación judicial. Lo que un sector amplio no acepta es que ese consenso se traduzca automáticamente en una conducción ejercida por La Cámpora y por Máximo Kirchner.
Gobernadores, intendentes y tribus diversas no discuten la figura de la expresidenta, discuten no quedar subordinados a un aparato que no controlan y a una lógica de lealtad absoluta que perciben como un techo, no como un piso.
Esa distinción es la que ordena —o desordena— todo lo demás. El reclamo por la libertad funciona como denominador común; la cuestión de la conducción funciona como línea de fractura. Y cuando un movimiento intenta resolver la segunda invocando la primera, lo que produce no es síntesis sino sospecha, la sensación, entre los dirigentes y militantes, de que se les pide poner el cuerpo en una causa justa para legitimar un liderazgo que no eligieron.
TRES LÓGICAS, NINGÚN ÁRBITRO
En el tablero conviven al menos tres lógicas distintas, y ninguna ejerce todavía una conducción aceptada por el resto.
La del Kirchnerismo duro, que con Máximo Kirchner al frente recorre el interior y sostiene la Militancia para preservar volumen propio, consciente de que una fractura complicaría cualquier regreso, pero a su vez exigiendo un verticalismo hacia la figura de C.F.K.
La de Kicillof, que administra la Provincia más grande del país en confrontación abierta con la Casa Rosada y construye Proyección Nacional sin romper, pero también sin aceptar el lugar de heredero tutelado.
Y la de Sergio Massa, que describe al Peronismo actual como una mesa redonda sin cabeceras y empuja la Unidad no como consigna sentimental sino como condición de competitividad.
“UNA DISCUSIÓN, UN DEBATE Y UNA ELECCIÓN HISTÓRICA» AXEL KICILLOF, EN SANTA FE
A esas tres se suman piezas que confirman la dispersión antes que resolverla. Miguel Ángel Pichetto teje un armado más amplio con Argentina Productiva; Guillermo Moreno agita fórmulas; un peronismo federal se reúne en Entre Ríos para reclamar programa —producción, empleo, federalismo, antes que candidaturas.
El peronismo no está quieto. Está, más bien, demasiado en movimiento y en demasiadas direcciones a la vez. Esa es exactamente la definición de un sistema sin conducción, muchos actores midiendo cuánto margen tienen para posicionarse antes de que alguien logre ordenar el tablero.
EL PROBLEMA QUE NADIE NOMBRA: LA SOCIEDAD
Hasta acá, la discusión es endógena, ¿quién manda adentro? Pero el verdadero déficit del peronismo no es interno, es externo. Aun resolviendo la conducción, aun si mañana hubiera un nombre aceptado por todos, quedaría en pie la pregunta que ninguna interna responde: ¿Cómo se conecta ese proyecto con una sociedad que, en la última elección nacional, no lo eligió?
La unidad puede resolver una interna, pero, como lo muestra la historia reciente, no garantiza ganar una elección. Son dos problemas distintos y el peronismo tiende a tratarlos como uno solo.
El riesgo es claro y la propia escena lo insinúa: construir una candidatura centrada en la situación judicial de Cristina puede consolidar al núcleo militante y, al mismo tiempo, no decir nada a la mayoría que vota por otras razones: el salario, el trabajo, los precios o la seguridad.
La épica de la proscripción moviliza hacia adentro. Hacia afuera, una parte del electorado la lee como un asunto del peronismo consigo mismo, no como una respuesta a sus problemas.
De ahí que la discusión sobre el método —que Massa formula como reglas de convivencia y Kicillof como gestión más territorio— sea más sustantiva de lo que parece.
No es rosca. Es la antesala del único debate que importa.
Un proyecto que sintetice y contenga a todo el espectro peronista solo tiene sentido si, además, traduce esa síntesis en una propuesta para quien no es peronista. Lo primero es condición; lo segundo es el objetivo. Confundir la condición con el objetivo es la forma más eficaz de resolver una interna y perder la elección.
LA PREGUNTA CORRECTA
Por eso la pregunta de fondo no es solo “quién manda”, aunque esa sea la que ocupa los despachos. Es una pregunta de dos tiempos. Primero: ¿cómo se construye una conducción que ordene sin expulsar, que preserve la identidad sin convertirla en un peaje para gobernadores y tribus que no quieren quedar presos de un aparato?
Segundo, y decisivo: ¿cómo ese orden interno se vuelve a enganchar con una demanda social que hoy no encuentra en el peronismo una respuesta a sus problemas cotidianos?.
Volver al Gobierno y Conducir el Peronismo no son la misma operación. Lo segundo se resuelve adentro; lo primero, afuera. El peronismo ya entró en modo deliberación electoral, y eso es saludable. Pero mientras la deliberación gire exclusivamente sobre el reparto del mando, estará respondiendo a una parte de la pregunta. La otra, más difícil, y la que define elecciones, sigue en otro lado: en una sociedad que tendrá que volver a elegirlo, y que todavía no escuchó qué le ofrece este peronismo, más allá de una discusión sobre quién lo encabeza.
Juan B. Justo ingresó al recinto parlamentario no como un político tradicional, sino como un militante de las ideas socialistas, dispuesto a diseccionar con rigor y claridad las entrañas de una oligarquía que, a su juicio, estancaba al país. Su labor en el Congreso trazó el horizonte de una Argentina nueva, basada en el trabajo, la justicia y la libertad para todos.
Desde su banca, se reveló como un crítico insistente e inquebrantable del estado de cosas imperante. Poseía un estilo particular, era sereno en sus exposiciones, armado siempre con datos precisos, estadísticas y conocimientos históricos, pero profundamente enérgico en sus conclusiones. No temía enfrentarse a la mayoría conservadora; por el contrario, cuando lo acusaban de adoptar posturas revolucionarias, él respondía con orgullo que se jactaba de ello.
Su temple era el de un militante acorazado contra la injuria, que prefería hablar como un tribuno del pueblo antes que someterse a las reglas de los falsos caballeros. Su dedicación rozaba el heroísmo cívico. A fines de 1916, convaleciente aún por los disparos de un atentado contra su vida que le fracturó el fémur y le lesionó un brazo, pidió que le instalaran una habitación en el propio edificio del Congreso, para no perderse el debate del presupuesto y poder lanzar sus acusaciones contra las concusas finanzas oficiales.
Enrique Dickmann, en su escrito El Pensamiento vivo de Juan B. Justo, afirma: “La entrada de Juan B. Justo al Congreso Nacional, en 1912 -en la primera elección libre realizada por la nueva ley electoral de Sáenz Peña- fue un acontecimiento político de extraordinario alcance e importancia. Puede afirmarse, sin hipérbole, que constituyó una verdadera Revolución Parlamentaria. Su vasta, compleja y fecunda obra legislativa -proyectos de ley, interpelaciones, discursos e intervenciones en la discusión del presupuesto- constituye un monumento de ciencia y conciencia política. Con la presencia de Justo en el Congreso-Cámara de Diputados y Senadores de la Nación- los debates parlamentarios sufrieron un profundo cambio de forma y de fondo. Al discurso altisonante y vacuo reemplazó la exposición metódica, estilo preciso y conciso; a la frase sonora y hueca sustituyó el concepto claro y científico. Justo fue un orador parlamentario, insuperable por su estilo y claridad. Lo escucharon siempre con profunda atención y provecho, partidarios y adversarios. Su paso por el parlamento argentino ha dejado una huella luminosa e imborrable”.
Justo comprendía que las leyes burguesas solo servían para mantener privilegios, y perpetuar la servidumbre de los proletarios. Peleó para que las leyes protectoras, no quedaran encerradas en la antigua Capital Federal, sino que abrazaran a los peones y empleados de todos los territorios nacionales.
Entendía que el propósito del Parlamento no era mantener los privilegios de los ricos, sino asegurar a toda la población un mínimo indispensable de salud física y mental, autonomía y oportunidades de vida. En este sentido promovió Proyectos para el reconocimiento de las asociaciones gremiales de trabajadores, la abolición del pago de salarios mediante vales, o signos de papel emitidos por los patrones, exigiendo que se pagara en Moneda Nacional, y la ampliación de la Ley de Descanso Dominical.
Al mirar los campos argentinos, no veía la grandeza que pregonaban los estancieros, sino una base material caduca que frenaba el porvenir de la nación. Denunció con dolor y rigor estadístico cómo los inmensos latifundios asfixiaban a los pueblos, y condenaban a los peones a vivir como parias, en condiciones de hacinamiento, y sin esperanza de formar familias estables. Para curar esta herida, propuso poblar las llanuras de chacras y trabajadores libres, fomentando el cooperativismo agrario genuino.
Defendió desde el Parlamento argentino las huelgas proletarias, como la iniciada en Firmat y continuada en Alcorta, argumentando que la solidaridad entre los arrendatarios y peones era una necesidad ineludible frente a los abusos patronales. Propuso un impuesto progresivo a la tierra y al mayor valor para desalentar la especulación, y promovió leyes para indemnizar a los campesinos por las mejoras que introducían en los campos.
Para enfrentar a los monopolios ganaderos, llegó a redactar un fundamentado proyecto para crear el Trust Nacional de la Carne, una empresa mixta con control mayoritario del Estado nacional, que aseguraría precios justos en el mercado y salarios elevados para los consumidores. Presidió, también con gran solvencia, en 1919, la Comisión Investigadora de los Trusts, revelando prácticas monopólicas en la carne, el azúcar, el vino, la nafta, entre otros.
Para el fundador del Partido Socialista, los trabajadores debían organizarse no solo para la protesta, sino para gestionar la economía. De ahí su análisis del trabajo económico, de enorme importancia teórica y práctica. Presentó y defendió proyectos para reglamentar el funcionamiento de las verdaderas sociedades cooperativas, asegurando que no tuvieran fines de lucro privado, ni se vincularan a sectas religiosas, y distribuyeran sus beneficios en proporción al consumo, o trabajo de los socios.
Para el legislador socialista, la depreciación del papel moneda era un fraude, una rapiña monetaria de la oligarquía, diseñada para pagar salarios de miseria, y abaratar los productos nacionales en beneficio del extranjero. Soñó con un Estado o asociaciones cooperativas capaces de administrar la riqueza con provecho general. Era consciente de que un alto desarrollo de las fuerzas productivas, y una mano de obra calificada, era la sólida base material del Socialismo.
Consideraba que abandonar al pueblo en el analfabetismo era una traición a la República. Fue un apóstol de la enseñanza laica y moderna. Rechazó con dureza el fanatismo religioso en las aulas, afirmando que imponer dogmas a los niños era mutilarles el alma y enseñarles a simular. Abrazó, desde el Parlamento, la causa de los estudiantes en la Reforma Universitaria de Córdoba, exigiendo limpiar las casas de estudio del verbalismo vacío y la ciencia apócrifa, para abrir las ventanas a los verdaderos laboratorios, a la investigación práctica y al progreso consciente.
También, como senador, presentó iniciativas audaces como la reforma constitucional para lograr la separación definitiva entre la Iglesia Católica y el Estado, y proyectos para establecer el divorcio en la legislación civil. Planteó varias resoluciones de solidaridad internacional, repudiando la intervención extranjera, como el apoyo a México, y a los guerrilleros de Sandino en Nicaragua ante las amenazas y conflictos con los Estados Unidos.
Los libros Juan B. Justo: La lucha social en el Parlamento, con prólogo de Dardo Cúneo, y Juan B. Justo Parlamentario, de José Rodríguez Tarditi, analizan su obra como tribuno del pueblo. Comparar su obra con la de los Legisladores actuales, es un indicador de la irrefragable Decadencia Nacional.