EL SUEÑO DE LOS OVEROLES VS. LA SUPREMACÍA INVISIBLE

LA RUTA DE LA ENTREGA ESTÁ LLENA DE MUERTOS Y HUESOS FRACTURADOS

POR ALEJANDRO MARCÓ DEL PONT

Un ejército de 7,7 millones de personas trabajaba en las plataformas de la Gig Economy en la India a finales de 2025, y se estima que esta cifra se duplicará para 2030. India no es una excepción en el comercio global; el modelo de «Entrega en 10 Minutos» se ha convertido en un símbolo de la precarización extrema. El Sindicato de Trabajadores de Plataformas convocó a una Huelga los días 24 y 31 de Diciembre de 2025 para exigir la eliminación de este modelo y la invalidación del Sistema de Pago basado en algoritmos, considerado deshumanizante por sustentarse exclusivamente en datos y métricas automatizadas.

El 13 de Enero, el Gobierno de la India instó a las grandes plataformas de reparto a retirar de inmediato la publicidad y las comunicaciones que prometen una «Entrega en 10 Minutos», tras las denuncias de que esta garantía comercial fomenta la conducción temeraria y pone en riesgo la vida de los trabajadores. El resultado de 10 horas de trabajo y 107 kilómetros recorridos era de 787 rupias (7,8 dólares) al día, siempre que se cumplieran los incentivos basados en objetivos. La matemática es simple: la vida vale menos que la velocidad.

Este drama en la base de la Pirámide Laboral es solo una cara de la moneda. En la cúspide, el sueño del «Productivismo Industrial» -el añorado mundo de los overoles- compite ferozmente con el «Tecnofeudalismo de Servicios», esa Economía de Plataformas e Inteligencia Artificial que está redefiniendo las reglas del juego. Lo que detallaremos a continuación son los puntos clave de una transición silenciosa pero devastadora: el trabajo, tal como lo conocimos durante el Siglo XX, está dejando de ser el eje ordenador de la sociedad. El empleo muta de ser un «puesto» estable a convertirse en una serie de «tareas» intermediadas por Algoritmos. Caminamos hacia una Economía con forma de «reloj de arena». En la parte superior, profesionales altamente cualificados que dirigen la inteligencia artificial; en la base, trabajadores de servicios manuales no automatizables -cuidados, limpieza, mantenimiento- con salarios bajos y nula estabilidad, y en el medio, la clase media administrativa y técnica en vías de extinción.

Quienes queden desempleados u obsoletos en este proceso se enfrentan a una perspectiva aterradora, un Ingreso Básico Universal (IBU) que, lejos de ser una herramienta de emancipación, podría llegar dominado por Monedas Digitales de Bancos Centrales (CBDC) y billeteras virtuales, en el marco de un Capitalismo de la vigilancia que permite niveles de control social sin precedentes. Por eso resulta alarmante que los más destacados defensores del ingreso básico universal en Estados Unidos sean hoy los grandes tecnocapitalistas. Nombres como Peter Thiel -creador de Palantir Technologies, el sistema operativo del poder militar y la vigilancia masiva, además de mentor del vicepresidente J.D. Vance-, junto a Marc Andreessen, Sam Altman, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Eric Schmidt y una larga lista de líderes de Silicon Valley, conforman el núcleo de una nueva clase dirigente que promueve el IBU como un nuevo mercado que controlar, no como red de seguridad.

¿La razón? A diferencia del efectivo, si el pago del Ingreso Básico Universal se realiza a través de una moneda digital de Banco Central, esta puede programarse. El Estado podría decidir que tu «ayuda social» solo pueda gastarse en alimentos específicos, o que «venza» si no se utiliza en 30 días para estimular el consumo forzoso. La integración de billeteras virtuales permite al sistema penalizar comportamientos -disidencia política, infracciones de tránsito, participación en manifestaciones- limitando el acceso a fondos o servicios básicos. Si la inteligencia artificial elimina el empleo y el Estado provee el sustento a través de una billetera digital trazable, la libertad individual se vuelve condicional a la obediencia algorítmica.

Y aquí comienza el debate de fondo. Un ejemplo paradigmático es la fijación de la administración Trump por revivir la manufactura tradicional, una obsesión que choca con una realidad estructural: la industria moderna ya no genera empleo masivo. Si la industria regresa a Estados Unidos mediante políticas de re-shoring, lo hará de la mano de la robótica avanzada y la inteligencia artificial, no de grandes plantillas de obreros. Mientras el sector industrial tradicional busca aranceles y energía barata, los mega sectores -IA, grandes tecnoalógicas, industria bélica, farmacéuticas- operan en una Economía de Activos Intangibles. Para ellos, el valor no reside en el acero, sino en los datos, los chips y la propiedad intelectual. El sueño de Trump choca con la realidad: Estados Unidos produce más valor manufacturero que nunca gracias a la productividad, pero con muchos menos trabajadores. Hacia 2030, se estima que el empleo de cuellos azules se contraerá un 20% por efecto de la automatización inteligente.

Es en este contexto donde la renta básica universal emerge como un mecanismo de amortiguación ante los despidos masivos provocados por la IA, ofreciendo ingresos incondicionales para mitigar la disrupción laboral. El ingreso básico universal -presentado con frecuencia como la política de «pagarle a la gente por existir»- está adquiriendo una popularidad creciente. La idea es simple: todos los ciudadanos recibirían un jornal regular del Estado, con independencia de lo que hagan o de cómo lo gasten. Se trata de una vieja propuesta, que ha cobrado nuevo interés a partir del colapso financiero de 2008, cuando millones de personas perdieron su empleo y comenzaron a preguntarse si encontrarían uno nuevo. Fue entonces cuando empezó a tomar fuerza la pregunta de si, en realidad, el trabajo para todos sería una opción viable en el futuro.

Sin embargo, lo que resulta transversalmente atractivo del ingreso básico universal no es su funcionalidad, sino su ambigüedad. Dado que es políticamente polivalente, tiene el potencial de actuar como un caballo de Troya tanto para progresistas como para tecnocapitalistas conservadores. Los sectores más críticos del progresismo temen que sirva como vehículo para disolver los mínimos restos del Estado de Bienestar, mientras que sus impulsores lo anuncian como la «vía capitalista hacia el humanismo». ¿Qué versión de ingreso básico obtendremos? Más que de una marcada postura ideológica, dependerá de las fuerzas políticas que lo modelen. Por eso, la perspectiva de impulsar el ingreso básico en Estados Unidos o en cualquier lugar del mundo precisamente ahora -cuando la derecha tecnológica controla aparatos enteros del poder- obliga a encender todas las alarmas.

El primer problema con el ingreso básico es que tiende a ser leído como una idea sin ideología, una suerte de solución técnica neutral. Pero el debate sobre el ingreso básico trata, en realidad, sobre las obligaciones mutuas de los seres humanos, los orígenes de la propiedad, los propósitos de la vida humana, los tipos de sociedad que queremos construir. Y cuando esas visiones más amplias se trasladan a una política concreta, no representan la mera sugerencia de un plan común para darle dinero a la gente: ofrecen consideraciones completamente diferentes sobre cuánto dinero se debe dar, de dónde debe provenir -¿quién paga la cuenta?- y quién debe recibirlo. El ingreso básico universal no es una política única, sino un campo de batalla ideológico donde actores con intereses opuestos buscan objetivos radicalmente distintos.

Para los tecnocapitalistas y ciertos economistas de libre mercado, el I.B.U. es una herramienta de simplificación administrativa. Sueñan con sustituir todo el Estado de Bienestar -salud pública, educación gratuita, subsidios de desempleo, pensiones- por un único cheque mensual. Eliminar la burocracia estatal y transferir la provisión de servicios al mercado privado: si tienes un I.B.U., «cómprate» tu propia salud y educación. Aceptan que la IA eliminará puestos de trabajo, y conciben el I.B.U. como una «paz social» comprada para que el Capitalismo de Plataformas siga operando sin revueltas.

Para el progresismo y los movimientos sociales, en cambio, el IBU es una herramienta de emancipación y justicia redistributiva. Un ingreso que se sume a los servicios públicos existentes, no que los reemplace. Una forma de romper el vínculo perverso entre supervivencia y explotación laboral. Buscan que el trabajador tenga el poder de decir «no» a empleos precarios o abusivos, lo que los economistas llaman el «poder de salida». Esta visión tiene un anclaje teórico sólido en el pensamiento de Michał Kalecki, quien, en su clásico ensayo de 1943, «Aspectos políticos del pleno empleo”, sostenía que los desafíos para alcanzar el pleno empleo no son económicos, sino políticos: si la gente puede vivir sin necesidad de aceptar cualquier puesto con el salario que sea, el poder derivado de la potestad de despedir y enviarte a la pobreza -el mayor poder que tiene un patrón- disminuye considerablemente. Los dueños del poder necesitan trabajadores, ¡no crean trabajo!

Los avances en ciencia, tecnología y medicina indican que las perspectivas para la prosperidad humana son mejores que nunca. Sin embargo, las ambiciones políticas se han desdibujado en pequeños retoques tecnocráticos, mientras los sueños de una buena vida con menos horas laborales se desvanecen. Esa utopía -no tener que trabajar tanto o con tanto esfuerzo, dedicar más tiempo al ocio, hacer lo que uno quiere y no lo que le ordenan- es quizás el ideal más antiguo de la humanidad, pero nunca se ha cumplido. Figuras como John Maynard Keynes y John Stuart Mill imaginaron que la productividad nos liberaría del yugo del trabajo. No estaban equivocados en sus pronósticos técnicos; lo que no tuvieron en cuenta fue la política.

En lugar de aumentar el ocio de los trabajadores, la mayor productividad se dirigió a incrementar el beneficio de los dueños del capital. El trabajo es en sí mismo bastante malo, pero trabajar menos ayudaría a resolver otros problemas: estrés, cambio climático, desempleo, desigualdad en la distribución de la riqueza. De hecho, el aumento del tiempo de ocio constituiría casi una fórmula milagrosa: ¿hay algo que no se pueda resolver trabajando menos?

El último gran interrogante de este rompecabezas es el financiamiento. Si el Estado debe garantizar este ingreso, ¿de dónde sale el dinero? Es la pregunta de «¿quién paga la fiesta?». Si aceptamos que la Tasa Tobin -un impuesto a las transacciones financieras- es impracticable debido a la fuga de capitales y la falta de consenso global, debemos buscar una base imponible distinta: el dato.

Aquí es donde se produce la transición conceptual del «trabajador» al «prosumidor», es decir, el productor y consumidor de datos. Y por qué el ingreso básico universal dejaría de ser una «limosna estatal» para convertirse en un pago por derechos de propiedad intelectual. En el modelo industrial, el valor provenía de la transformación de materia prima mediante energía y trabajo manual. En la economía de la inteligencia artificial, el valor proviene del entrenamiento de modelos.

Las inteligencias artificiales -como GPT, Gemini o los sistemas de conducción autónoma- no «piensan»; procesan patrones derivados del comportamiento humano. Cada vez que navegas, haces clic, hablas frente a un dispositivo o caminas por una ciudad inteligente, estás produciendo la materia prima que hace que las empresas tecnológicas valgan billones. Un «Desempleado» que consume contenido, genera reseñas, entrena algoritmos de reconocimiento facial con su imagen o permite que sus hábitos de salud sean monitoreados, está trabajando de forma pasiva. Está generando valor sin recibir compensación alguna.

En este escenario, el I.B.U. podría reestructurarse no como un subsidio dependiente de la voluntad política, sino como una regalía. Las grandes tecnológicas pagarían una tasa por el uso de los datos agregados de la población, y ese fondo financiaría el ingreso de los ciudadanos. Ahora bien, si tu ingreso depende de los datos que generas, el Estado y las corporaciones tienen el incentivo de vigilarte las veinticuatro horas, los siete días de la semana. El «desempleado» se convierte en una unidad de extracción. Y aquí es donde las monedas digitales de bancos centrales revelan su verdadera naturaleza. Si el pago de tu «regalía de datos» se realiza mediante una billetera digital controlada, el Estado puede:

  1. Condicionar el pago: «No generaste suficientes datos valiosos este mes» o «Tus datos muestran que eres un ciudadano con hábitos poco saludables o tendencias disidentes».
  2. Aplicar sanción algorítmica: descontar automáticamente multas o restringir el consumo en ciertas áreas si tu «puntaje social» disminuye.

Expertos como Yuval Noah Harari han advertido sobre la creación de una «clase inútil» desde el punto de vista del mercado laboral tradicional. Pero desde la perspectiva del desarrollo económico, lo que emerge es una «clase de activos de datos»: seres humanos que, sin empleo formal, se convierten en fuentes generadoras del recurso más valioso del Siglo XXI.

Nos queda por responder otra pregunta: ¿quién fija el precio de esas regalías por datos? En el escenario actual, el «precio» del canon lo fijan de facto las grandes tecnológicas. No hay un precio porque el sistema funciona bajo la expropiación por consentimiento: entregas tus datos gratis a cambio de usar una red social o un correo electrónico, creyendo que el servicio es gratuito. Las tecnológicas determinan el valor basándose en la productividad de la tarea -cuánto les ahorra tu dato en entrenamiento de inteligencia artificial-. El resultado es que el precio tiende a cero para el usuario y a infinito en valor bursátil para ellas.

Si el exvicepresidente de Google es ahora asesor de tecnología del presidente, cualquier regulación será cosmética. La puerta giratoria entre el poder corporativo y el poder político imposibilita una transformación real. Por eso, la única garantía sería que tus datos no residan en los servidores de Meta o del Estado, sino en una bóveda personal encriptada de la cual tú tengas la llave. Un impuesto significativo a las grandes tecnológicas sería efectivo, pero requiere voluntad política que, hoy por hoy, brilla por su ausencia.

El Desempleado del futuro no estará en la calle pidiendo comida. Estará conectado, posiblemente con una vivienda básica y acceso a servicios digitales, pero su autonomía política será el precio que pague por esa subsistencia. El sistema, en su evolución lógica, busca convertir la «Mano de Obra» en «Fuente de Entrenamiento». Y en esa transformación silenciosa se juega algo más que el futuro del trabajo: se juega la propia idea de Libertad.

INSTITUTO DE EDUCACIÓN SUPERIOR Nro. 29 «GALILEO GALILEI»

INSCRIPCIÓN a 1º Año 2026 (2º Convocatoria): se debe entregar la Documentación completa de forma presencial.

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TE ESPERAMOS

JUAN B. JUSTO Y LA CUESTIÓN FISCAL

JUAN B. JUSTO

POR GUSTAVO BATTISTONI

Carlos Marx, con su sabiduría habitual, sostenía que”la lucha impositiva es la forma más antigua de la lucha de clases”. Siguiendo al maestro alemán, para Juan B. Justo, las finanzas públicas no eran una simple columna de números fríos, sino el espejo moral de la administración del Estado, y un campo de batalla esencial para la vida del trabajador. 

A través de sus intervenciones en las distintas legislaturas, retratadas en el destacable trabajo de Dardo Cúneo, titulado Juan B. Justo: La lucha social en el Parlamento,  se dibuja un paisaje donde el dinero público suele ser maltratado por la incompetencia y la codicia.

El debate legislativo sobre el Presupuesto Nacional, que es el “esqueleto”  sobre el que reposa la estructura del Estado, era para el fundador del Partido Socialista Argentino, una tarea básica. A través de sus intervenciones, se dibujaba un mapa de cómo debería funcionar una administración pública equitativa. 

Planteaba en la discusión sobre la Ley de Presupuesto de 1912: “Los libros de finanzas, dan como primera regla de la Teoría Financiera la de que el Presupuesto del Estado ha de comenzar a estudiarse por los gastos. Es necesario saber cuáles son las Necesidades Públicas que hay que llenar, cuales son las necesidades públicas que el Estado es capaz de llenar económicamente; y después, se votan los recursos con que se han de cubrir esas necesidades”.

Lamentaba que no existiera un plan de desarrollo competente que guiara los gastos de la Nación, desde el Norte del país hasta la Patagonia, problema que hogaño estamos observando con los incendios que están devastando esa querida parte de nuestro país. Para el teórico Socialista era tan importante el debate sobre el Presupuesto Nacional, que a fines de 1916, estando convaleciente por un atentado contra su vida, solicitó instalar una habitación en el Congreso para participar en el importante acontecimiento. Con su minuciosidad habitual y analizando artículo por artículo, impugnó la estimación fiscal desde la perspectiva de la clase social proletaria.

En su notable libro Hacia una Economía Socialista, un discípulo de Juan B. Justo, Rómulo Bogliolo, sostiene que a medida que la sociedad avanza, el Estado debe asumir más responsabilidades. Pregona la Nacionalización de los Servicios, como Escuelas y Hospitales, porque considera que el Gobierno central debe garantizar un nivel de civilización y Derechos Igualitarios para todos los Ciudadanos. Una buena administración es la base de una Democracia sólida. Sin eficiencia, la República peligra.

Su crítica al sistema de impuestos imperante era feroz. Denunciaba que el Estado vivía de cobrar gabelas innecesarias, encareciendo los artículos de primera necesidad que consumían las familias humildes. Esto era para él, una Pauperización Sistemática. El Gobierno esquilmaba a la clase trabajadora gravando su comida y su vestido, mientras las grandes fortunas y las tierras valorizadas por la obra pública apenas aportaban al erario. 

Sentía que era una ironía cruel que el peso de la Administración Pública  cayera sobre los hombros de quienes menos tenían. En su intervención parlamentaria del 29 de Diciembre de 1913, arremete contra la Injusticia: “El impuesto argentino agrava las desigualdades sociales en vez de aliviarlas. Los Socialistas consideran que estos impuestos son progresivos al revés; gravan con un tanto por ciento mayor a los pobres que hacen consumos indispensables para la vida que a los que tienen grandes rentas y las invierten en gastos superfluos”.

Una de sus críticas más agudas, era contra la Hipocresía de la Clase Dominante. El Tribuno Socialista señalaba que los ricos exigían que el Estado interviniese para proteger sus negocios, pero gritaban: ¡Libertad!, y se quejaban amargamente, cuando el Estado les quería cobrar impuestos para financiar los gastos necesarios para una movilidad social ascendente. Hoy, conturbados, vemos a Marcos Galperin pidiendo la protección del Estado argentino, ante la presencia imparable de la Plataforma China Temu.

La idea socialista era cambiar el sistema de impuestos: dejar de cobrar tanto al consumo (que castiga al pobre), y empezar a cobrar impuestos directos a la riqueza. Argumentaba que quienes tienen más capacidad, y se han enriquecido, incluso en tiempos de crisis, deben ser quienes paguen la cuenta.

También alertaba sobre el peligro del déficit y la deuda. Advertía que si el Estado gastaba más de lo que tenía y cubría ese hueco imprimiendo billetes (emisión) o endeudándose, se generaba inflación. Desde su perspectiva socialista, la inflación debía desterrarse, porque funcionaba como un impuesto invisible y cruel que encarece la vida, robando poder de compra a los trabajadores para cubrir la ineficiencia del gobierno. En un relevante libro, El proceso inflacionario: las distintas versiones, el destacado economista Héctor D’Agostino analiza el tema en profundidad.

En el mundo del dinero, detestaba la mendacidad. Consideraba a  la emisión de papel moneda sin respaldo de oro y la clausura de la Caja de Conversión, como una estafa a los trabajadores. Creía firmemente que el “dinero barato” –la inflación y la devaluación- significaba vida cara para el pueblo trabajador.

Aunque consideramos que el cierre de la Caja de Conversión era casi inevitable producto del contexto histórico, es entendible su posición por la inevitable pérdida en el valor de los salarios.  Pagar salarios con papeles pintados que perdían valor -para Justo- era una forma de bajar el valor de la fuerza de trabajo, y robarle al obrero el fruto de su esfuerzo, beneficiando únicamente a los capitalistas y especuladores.

Posó su mirada crítica sobre los bancos oficiales, como el Banco Hipotecario y el Banco de la Nación. No veía en ellos austeridad, sino derroche y favoritismo, con sueldos enormes para los jefes y una burocracia que crecía sin control. Le indignaba que estas instituciones, fundadas con el dinero de todos, sirvieran para dar créditos de favor o sostener lujos, olvidando su misión de ayudar a la colonización del campo o la construcción de viviendas modestas para la gente común.

El maridaje entre las autoridades del Banco Nación del Gobierno de turno y la empresa Vicentin, es una demostración palpable del necesario control ciudadano de la cosa pública.

Las malas finanzas eran hijas de la mala política, una herramienta con la que la oligarquía y los gobernantes ineptos empobrecían al Pueblo, mientras malgastaban su futuro en deudas y gastos superfluos. Su visión era la de un Estado fuerte y eficiente, financiado por los que más tienen, que interviene para proteger a la sociedad y no solo a las corporaciones, y que rechaza el despilfarro político para invertir en el Bienestar Colectivo.

El escritor John Eaton afirma con certeza: “Los gastos estatales son el campo de batalla de los intereses de clase”. Juan B. Justo lo tenía muy en claro.

LA COAD CONVOCA A VOTAR PARA DEFINIR POSICIÓN ANTE PLENARIO DE CONADU

LA CONADU RUMBO AL PARO POR EL FINANCIAMIENTO UNIVERSITARIO

La Asamblea Docente del 11/02 resolvió llevar a cabo una votación para definir el mandato de COAD de cara al Plenario de Secretarixs generales de CONADU que se realizará a fines de febrero.

La posición unánime de la Asamblea fue profundizar el Plan de Lucha Salarial, por la Apertura de la Paritaria Nacional y por el Cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, y llevar el resultado de la presente votación al Plenario de Sec. Grales. de CONADU para coordinar y consensuar las medidas de acción directa en unidad con la docencia de todo el país.

MOCIONES DE LA VOTACIÓN

* Moción 1: una semana de paro en marzo (a partir del 16/03), dos semanas en abril, tres semanas en mayo y paro por tiempo indeterminado a partir de junio.

*  Moción 2: paro por tiempo indeterminado a partir de marzo
Ambas mociones se proponen como posiciones para construir medidas de lucha coordinadas con las federaciones y asociaciones de base docentes de todo el país.

Convocamos a todxs lxs compañerxs a Votar, para ser Protagonistas de las Decisiones y de la Profundización de la LUCHA POR NUESTROS DERECHOS

LINK DE VOTACIÓN

EL PENSAMIENTO VIVO DE FRANCISCO

HAY ÉPOCAS EN LAS QUE LA DISCUSIÓN POLÍTICA SE EMPOBRECE HASTA VOLVERSE CARICATURA: MERCADO CONTRA ESTADO, MÉRITO CONTRA ASISTENCIALISMO, LIBERTAD INDIVIDUAL CONTRA COMUNIDAD. LA ARGENTINA ATRAVIESA UNA DE ESAS ETAPAS. Y EN ESA REDUCCIÓN APARECE UNA PREGUNTA INCÓMODA: ¿QUÉ QUEDA DE UNA SOCIEDAD CUANDO SE DESPRECIA LA JUSTICIA SOCIAL COMO SI FUERA UNA SUPERSTICIÓN Y SE CELEBRA EL INDIVIDUALISMO COMO SI FUERA LA FORMA SUPERIOR DE HUMANIDAD?

POR ANTONIO MUÑIZ

En ese clima, el pensamiento político de Francisco opera como un espejo que devuelve una imagen que muchos prefieren no mirar. Porque vuelve a poner en el centro lo que hoy se quiere sacar de la escena: el bien común, la dignidad del trabajo, la primacía de la persona sobre el lucro, y la idea simple y decisiva de que nadie se realiza solo.

No es un asunto religioso. Es una discusión civilizatoria.

LA DOCTRINA SOCIAL COMO ANTÍDOTO CONTRA LA CRUELDAD «NORMALIZADA»

La doctrina social de la Iglesia nació para responder a los excesos de un capitalismo que convertía al trabajador en pieza reemplazable. Desde fines del Siglo XIX, la Iglesia fue fijando una línea: el trabajo no es mercancía, la Propiedad tiene una Función Social, el Mercado no puede ser un Dios y el Estado no puede desentenderse del destino colectivo. Con los años cambian los nombres de los problemas, pero el núcleo se repite: cuando la Economía se organiza de espaldas a la Dignidad Humana, lo que se rompe no es solo la justicia: se rompe la Comunidad.

Francisco radicalizó esa tradición al hablar sin eufemismos de “descarte”, de una cultura que expulsa y después moraliza la expulsión. No describe una anomalía: describe un sistema. Y al hacerlo revela algo central: el liberalismo extremo no es solo un paquete de políticas; es una pedagogía que acostumbra a mirar la desigualdad como natural y a culpar a las víctimas por su lugar en el mundo.

En esa pedagogía hay un componente Anticristiano, pero también Antinacional y Antipolítico: disuelve el “Nosotros”, convierte al prójimo en competidor, y transforma la vida común en un agregado de trayectorias individuales. Ese es el punto de choque.

«NADIE SE SALVA SOLO»: POLÍTICA Y COMUNIDAD CONTRA EL MITO DE LA AUTOSUFICIENCIA

La frase “NADIE SE SALVA SOLO” se volvió una síntesis del Pontificado. No es un lema de autoayuda. Es una Tesis Política: sin lazo social no hay libertad real, y sin organización colectiva la vida se vuelve una intemperie. Lo que se presenta como “LIBERTAD” suele terminar siendo Libertad para pocos y Precariedad para muchos.

Francisco insistió en rehabilitar la política en una época que la desprecia. La política, para él, no es el arte de administrar lo dado; es la forma concreta de cuidar el bien común. Y por eso la llama una vocación alta: porque puede ordenar el conflicto sin destruir el tejido social, puede poner límites a la voracidad, puede convertir la Economía en instrumento y no en destino.

Dicho sin solemnidad: Francisco nos recuerda que hay cuestiones que no se negocian en una Sociedad Decente. El Derecho a comer, a vivir bajo un techo, a trabajar, a ser tratado como Persona. Y recuerda también que el Mercado no garantiza esos Derechos por sí solo. Cuando se lo deja operar como si fuera una ley natural, el resultado no es armonía: es Concentración, Desigualdad y Resentimiento.

LAS «TRES T» Y EL NERVIO PLEBEYO DE UNA DOCTRINA

Tierra, techo y trabajo: ese tríptico resume el realismo de Francisco. No habla en abstracto. Habla desde abajo, con un lenguaje que reconoce necesidades materiales como base de cualquier discurso moral. No hay fraternidad posible con hambre, no hay paz social con expulsión permanente, no hay futuro con trabajo convertido en privilegio.

En esa clave, su mensaje incomoda porque desenmascara una operación frecuente: llamar “Modernización” a la Precarización, llamar “Austeridad” al ajuste sobre los mismos de siempre, llamar “Libertad” a la Demolición de Derechos. La Doctrina Social no discute solo la distribución del ingreso; discute el tipo de sociedad que se fabrica cuando se naturaliza la intemperie.

TEOLOGÍA DEL PUEBLO: UNA MATRIZ ARGENTINA CON ALCANCE UNIVERSAL

Francisco no viene de una escuela europea de pensamiento. Se formó en una tradición argentina que mira al pueblo como sujeto con cultura, memoria y dignidad, no como masa manipulable ni como suma de individuos aislados. Esa idea tiene consecuencias: si el pueblo es sujeto, el vínculo social es un bien político; si el vínculo social es un bien, el Estado no es un enemigo; y si el Estado no es un enemigo, la justicia social deja de ser insulto para volver a ser un objetivo a alcanzar.

Esa matriz explica por qué su palabra no se limitó a denunciar: propone comunidad frente al aislamiento, trabajo frente a la especulación, cuidado del ambiente frente al extractivismo depredador, diálogo frente al odio como tecnología política. No se trata de un progresismo genérico. Se trata de una ética de la organización social.

EL PERONISMO QUE VIENE: REINVENTARSE SIN BAJAR SUS VIEJAS BANDERAS

¿Dónde entra el peronismo en esta escena? En un punto sensible: el peronismo nació, en gran medida, como traducción política de una demanda de dignidad social en un país que se industrializaba y formaba su clase trabajadora. Con sus tensiones y contradicciones, esa traducción puso en el centro el trabajo, la movilidad social, la comunidad organizada y la soberanía.

Hoy, cuando la palabra “JUSTICIA SOCIAL” se quiere convertir en mala palabra, el Peronismo enfrenta una elección: resignarse a ser nostalgia o recuperar su raíz plebeya con lenguaje y agenda del Siglo XXI. Y ahí Francisco funciona como un recordatorio incómodo: no hay Proyecto Nacional viable si la comunidad se rompe; no hay desarrollo si el trabajo se destruye; no hay futuro si la economía se desacopla de la vida real.

Pero cuidado: el pensamiento francisquista no significa clericalismo ni marketing religioso. No trata de envolver la política en símbolos sacros. Se trata de asumir un núcleo ético, esencialmente cristiano: la dignidad humana no es un costo a ajustar, la pobreza no es un dato estadístico, y el Estado no es una empresa que terceriza la Responsabilidad Social.

POR ESO FRANCISCO INCOMODA

En tiempos de Liberalismo Extremo, el pensamiento político de Francisco no es una pieza de museo ni un repertorio de frases bonitas. Es un marco de interpretación y una advertencia: cuando se niega la Comunidad, la Sociedad se vuelve un archipiélago; cuando se desprecia la Justicia Social, la Democracia se vacía; cuando se Idolatra el Mercado, el poder se concentra y el descarte se vuelve normalidad.

Por eso el pensamiento de Francisco incomoda. Porque nos recuerda que la política existe para organizar la esperanza, no para administrar la crueldad. Y porque, en un país como la Argentina, donde la identidad popular se construyó alrededor de la dignidad del trabajo y la vida en común, su mensaje interpela a cualquier proyecto que pretenda llamarse nacional.

El peronismo que viene, si quiere volver a ser futuro, tiene un desafío simple y enorme: reconstruir un “NOSOTROS” sin negar el conflicto, ordenar la vida en común con el Pueblo como centro, y volver a hablar —con rigor, sin hipocresías — de JUSTICIA SOCIAL Y SOBERNAÍA POPULAR como condición básica de una LIBERTAD REAL que valga para todos.

VUELVE EL PROYECTO DE LA BRUTAL «NOCHE DE LAS CORBATAS»

NORBERTO OSCAR CENTENO

Así se llamó el operativo de la Dictadura que en Julio de 1977 en Mar del Plata, Secuestró y Asesinó al Abogado Laboralista Norberto Oscar Centeno entre otros colegas. Fue él quien elaboró la Ley de Contrato de Trabajo, que ahora están despedazando los Legisladores que obedecen a los Grandes Grupos Empresarios.

Ayer con Secuestros, Torturas y Asesinatos.
Hoy con mentiras, chantajes y corrupción, Videla y Milei coinciden en Destruir los Derechos de la clase trabajadora.

Debemos a Norberto Centeno la Legislación Obrera más avanzada de América Latina y de gran parte del mundo. Su obra es la interpretación de largas y sacrificadas Luchas Obreras desde comienzos del siglo 20: los masacrados en Plaza Lorea 1909, en la Semana Trágica de 1919, en los fusilamientos de la Patagonia y la Forestal, los bombardeados de 1955, los fusilados de 1956, Felipe Vallese y Agustín Tosco, y los 30.000 Compañeros desaparecidos por la dictadura de 1976.

Están muy equivocados si creen que esta Lucha se terminó, recién comienza una nueva etapa, y el Pueblo Vencerá.

POR UNA ARGENTINA NACIONAL, POPULAR Y CON JUSTICIA SOCIAL

De Puño y letra, UNA VOZ CLARA EN TIEMPOS RUIDOSOS

En estos tiempos de caos, de mentiras y de malos liderazgos que destruyen en vez de crear progreso y bienestar, donde las voces son calladas nos posicionamos desde este medio como periodismo independiente en favor de la pluralidad, el sano nacionalismo y el bienestar del pueblo trabajador te invitamos a participar activamente en la construcción de la nueva argentina a través del debate y la participación política a través de los medios de comunicación.

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Proyecto De Puño y Letra.-

UNA ARGENTINA SIN INDUSTRIA

LA ACTUAL DESINDUSTRIALIZACIÓN NO ES UN TROPIEZO NI EL RESULTADO INEVITABLE DE CRISIS CICLICAS. ES LA EXPRESIÓN COHERENTE DE UNA MATRIZ DE ACUMULACIÓN QUE, DESDE HACE DÉCADAS, PRIVILEGIA LA RENTA EXPORTADORA Y LA VALORIZACIÓN FINANCIERA POR SOBRE LA PRODUCCIÓN Y EL TRABAJO. NO ES FATALIDAD NI INCAPACIDAD: ES UNA DECISIÓN POLÍTICA SOSTENIDA POR EL BLOQUE DOMINANTE QUE ADMINISTRA EL EXCEDENTE DE LAS «COMMODITIES» (MATERIAS PRIMAS) EN FUNCIÓN DE SUS PROPIOS INTERESES.

POR ANTONIO MUÑIZ

El País se Desindustrializa cuando un Bloque Exportador se apropia del excedente de las «commodities»(materias primas), y lo convierte en Renta y Valorización Financiera. Para ese esquema, la Industria y el Salario no son un objetivo, son una Restricción.

Hay una discusión que en la Argentina se repite con distintos nombres, pero siempre con el mismo fondo: ¿Para qué se usa el Excedente?

En un país que genera una parte decisiva de sus Dólares exportando agroalimentos -y ahora sumaría energía y minerales– la pelea real no es si el “campo” es importante —lo es— sino quién se apropia de lo que produce la Inserción Internacional. Cuando ese excedente queda capturado por élites ligadas al Extractivismo de recursos naturales en alianza con el sector financiero, el resultado no es desarrollo: es primarización, concentración y un Estado reducido a garante del orden macro para que la Renta circule sin interferencias.

La clave está en entender que el Agronegocio contemporáneo no es un conjunto de chacareros con voluntad productiva y horizonte nacional. Es una arquitectura empresaria compleja: grandes propietarios, arrendamientos, pools, acopios, traders, servicios, logística, insumos y un entramado de decisión que opera, muchas veces, más cerca del mercado global que del proyecto argentino. Ese entramado genera o canaliza divisas, sí, pero su interés central no es construir un tejido industrial. Es maximizar márgenes de ganancia en dólares.

Ahí entra el socio perfecto: el Sistema Financiero. Porque la renta exportadora —cuando no es orientada por políticas públicas— tiende a volverse liquidez. Y la liquidez, en una economía con historia de inestabilidad, busca dos cosas: cobertura y rendimiento. La finanza ofrece ambas: mecanismos para Dolarizar, para mover capital, para apalancar ganancias y para transformar excedente productivo en Ganancia Financiera. En esa alianza, el Excedente de Commodities deja de ser un recurso estratégico para el desarrollo y pasa a ser combustible de una rueda rentística.

El Modelo Anti-Industrial se sostiene con una premisa: la economía tiene que funcionar como una máquina de captura, no como una cadena de valor. Para eso, necesita disciplinar a los actores que podrían disputar ese excedente: Trabajadores, Pymes, Industria, Ciencia aplicada, Estado inversor. La Industria no pide milagros: pide previsibilidad, crédito razonable, infraestructura, energía competitiva, estabilidad cambiaria, protección inteligente y un mercado interno vivo. Todo eso implica política. Implica Estado. Implica orientación. Implica, sobre todo, que parte de la renta se convierta en inversión productiva y salarios, no en fuga y especulación.

En cambio, el bloque exportador-financiero prefiere otro menú: Apertura Importadora que “Ordene” por la vía del cierre de fábricas; tasas altas que premien la liquidez y castiguen la Inversión Productiva; Ajuste Fiscal como señal de confiabilidad para acreedores; desregulación como autopista para la salida de capitales; y un tipo de cambio usado como instrumento táctico —ancla cuando se busca bajar inflación a costa de la producción, shock cuando conviene rearmar ganancias en dólares. Con ese menú, la industria pierde margen, la inversión cae, el empleo formal se achica y el país se vuelve más dependiente de pocos complejos exportadores.

El circuito es conocido, aunque se lo disfrace con tecnicismos. Entran Dólares por exportación; el Estado renuncia a orientar ese excedente hacia la producción; se prioriza el equilibrio contable sobre el desarrollo; se ahoga el crédito productivo; y el excedente se dirige a instrumentos financieros o a la salida al exterior. Luego llegan los efectos: caída del consumo, deterioro del salario, cierres, concentración y una economía cada vez más desigual. La paradoja es brutal: el país “genera dólares” pero no genera trabajo y ni producción. Es decir, obtiene divisas sin desarrollo.

Para sostener esto, no alcanza con medidas económicas. Hace falta un relato que convierta a la Industria en “privilegio”, al Salario en “costo” y al Estado en “estorbo”. Hace falta instalar que la Argentina “debe aceptar” su destino primario porque allí “es competitiva”. Esa idea es funcional al Rentismo: un país primarizado es más fácil de administrar para pocos. Tiene menos sujetos organizados, menos demandas colectivas y menos capacidad de disputar el excedente.

Un país industrial, en cambio, crea densidad social: sindicatos fuertes, pymes, redes territoriales, universidades, ciencia aplicada, mercados regionales. Eso molesta. Eso condiciona. Eso obliga a gobernar para el desarrollo y no solo para la renta.

La consecuencia política es igual de clara: sin un Proyecto Nacional que ordene intereses provinciales y sectoriales, cada territorio queda empujado a sobrevivir como pueda, negociando coyunturas, compitiendo por migajas de inversión o por ventajas fiscales que no construyen poder productivo. En ese escenario, el Bloque Exportador-Financiero gana por default: porque maneja el termómetro de los Dólares y, con eso, la agenda económica.

El problema, entonces, no es el agro, ni la energía o los minerales. El problema es el uso del Excedente Generado.  Un país puede exportar commodities y, a la vez, industrializarse si decide capturar parte de esa renta para financiar infraestructura, tecnología, crédito productivo y salarios que sostengan mercado interno. Lo que no puede es desarrollarse si deja que el excedente se convierta en premio privado, dolarizado y sin obligación de reinversión nacional.

La Argentina está atrapada en una trampa vieja: creer que el ingreso de divisas, por sí solo, garantiza bienestar. No lo garantiza. Sin orientación política, el excedente de las commodities se transforma en beneficios para pocos. Y cuando esa renta se articula con las finanzas, el resultado suele ser un modelo anti-industrial: porque la industria exige un pacto social de desarrollo, mientras la renta solo exige libertad de movimiento de los flujos de capital.

El desafío sigue siendo el mismo: o el excedente se convierte en inversión productiva y trabajo, o se convierte en valorización financiera y concentración. No hay neutralidad posible. Y tampoco hay futuro industrial sin una decisión política explícita de romper el circuito rentististico -financiero.