MILEI O LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA -PARTE II-

JAVIER GERARDO MILEI EN VOX, ESPAÑA, EN MAYO DE 2024. EN SU CAMPAÑA, EMPLEO UN DISCURSO ANTIPOLITICO, QUE NATURALIZA LA VIOLENCIA Y JUSTIFICA LA DESTRUCCION DEL ESTADO ARGENTINO COMO LO CONOCEMOS.

POR JOSE MIGUEL AMIUNE [*]

¿CUAL ES EL «MAL METAFISICO» DE LA ARGENTINA?

El escritor Manuel Gálvez, hoy injustamente olvidado, publicó en 1916, el año en que asume la presidencia Hipólito Yrigoyen, una novela que tituló: El Mal Metafísico.

El libro nos ubica en La Brasileña, un bar y café literario que funcionaba en la calle Maipú 238 de la Ciudad de Buenos Aires. Allí se reunían un grupo de literatos, pintores y otros bohemios para discutir sobre temas de literatura, filosofía historia y sociología. Esos debates tenían que ver con la identidad de los argentinos, el éxito y la búsqueda del sentido de la vida, a través de la cultura. Es el retrato literario de una generación que buscaba su lugar en un mundo en transición: el de la Primera Guerra Mundial y la llegada de Yrigoyen a la Presidencia a través del sufragio universal.

En uno de esos debates uno de los personajes de la novela Viel (que hoy sería libertario), les echa en cara a sus contertulios: “Ustedes los artistas, los literatos no tienen razón de ser en este país. Son enfermos, inadaptados, enfermos del “mal metafísico”, la enfermedad de crear, de soñar con utopías. Este país necesita hombres de acción, ingenieros, economistas. Lo demás, esas cosas de la cultura son inútiles”. Su contradictor es el escritor Riga que argumenta: “Los pensadores son indispensables porque la historia, la antropología, la matemática y la filosofía son la marca de la más alta civilización. Ningún pueblo puede renunciar al pensamiento, porque no hay ninguna gran empresa, sin una gran visión”.

En suma, la revolución cultural de Milei, como el personaje de Viel, ve en el pensamiento el mal metafísico de la argentina. Por eso intenta borrar los 108 años de historia que nos separan del debate intelectual en el café literario La Brasileña.

Si esa es la propuesta que Milei hizo al pueblo argentino a cambio de lograr tres metas imposibles: la dolarización, eliminar el Banco Central y destruir el Estado, y este lo votó mayoritariamente, estamos ante un caso evidente de renuncia al pensamiento y un sometimiento al discurso del odio y la naturalización de la violencia. Ese sí, es el verdadero “mal metafísico de la Argentina”.

¿Cómo pudieron hacerlo? ¿Tan embriagados de odio estaban? ¿Tan ciegos frente a al perfil psicótico del personaje? ¿Tan alienados para ignorar la naturaleza ilusoria de su propuesta? El resultado de estos primeros seis meses arroja un saldo macabro: un presidente disfuncional que huye de sus responsabilidades y una sociedad enferma de culpa, polarizada por el odio que la atraviesa y la frustración de un horizonte que se desliza hacia el vacío y la desintegración.

Remito a la opinión de destacados economistas, amigos y adversarios del gobierno, sobre la inviabilidad de la dolarización de la economía y la eliminación del Banco Central. Pero no resisto la tentación de mostrar el absurdo de proponer implosionar el Estado desde adentro. Ello demuestra la profunda ignorancia histórica de Milei.

El Estado en la Argentina es anterior a la Nación. A diferencia de la experiencia europea donde las naciones fueron preexistentes al estado. Basta con señalar los ejemplos de los dos países europeos que llegaron más tardíamente a su unificación: Alemania e Italia. El discurso de Fichte a la nación alemana hubiera sido válido aún sin la organización jurídica del estado por Guillermo I y su Canciller Bismarck. Alemania existía como lenguaje, tradición, historia, religiosidad y cultura antes de su unificación política. Lo mismo ocurrió con Italia, los reinos de Florencia, Sicilia o el Veneto, preexistieron con los mismos elementos que configuraron a la nación alemana. La tarea de unificación jurídica del Estado Italiano que hicieron en lo político Mazzini, en el terreno militar Garibaldi y en lo internacional el Conde Benso Camilo de Cavour, fue una exigencia del desarrollo capitalista en Europa, que exigía espacios económicos ampliados, sin barreras aduaneras interiores, para poder competir con Inglaterra y Francia. La organización del Estado Italiano es de 1861, fue posterior a la Constitución Argentina de 1853.

Las Provincias Unidas del Río de la Plata, eran como diría con lamentable sarcasmo Sarmiento: “La Provincia de Buenos Aires y los veinte ranchos”. Envueltos en guerras civiles, en medio de la anarquía, el pillaje de los salvajes y la desintegración territorial de las provincias altoperuanas. No existió la Nación Argentina como proyecto hasta la organización jurídica del Estado Nacional en 1853. Fue en el marco de ese Estado que los “chinos” de Julio Argentino Roca federalizaron, a punta de Remington, la Ciudad de Buenos Aires. Para instaurar el Estado Nacional, que unificó las fronteras con la segunda campaña al desierto, recreó el Ejercito Nacional, recuperó la Patagonia y extendió la Provincia de Buenos Aires que hasta entonces terminaba en el Zanjón de Zárate. En suma, trazó las fronteras actuales de lo que llamamos la Nación Argentina.

Ese Estado construyó la Nación, pobló su territorio, creo la moneda y con ella un mercado interno, dictó la ley 1420 de Instrucción Pública, la Ley de Matrimonio Civil y promovió la inmigración. Vinculó la Argentina a los mercados mundiales. Dictó la Ley del Sufragio Universal, Secreto y Obligatorio y sostuvo la neutralidad argentina en la Primera Guerra Mundial. La tarea del Estado Argentino que organizó la Nación esta inconclusa. El Estado y las instituciones que creó descubrieron los yacimientos de petróleo, gas, oro, cobre, litio y otros minerales que se incorporaron al patrimonio nacional. En un país con una burguesía anémica sólo el Estado pudo acometer las grandes empresas de sentar las bases de su infraestructura portuaria, vial y de comunicaciones. Las tareas inconclusas tienes que ver con la integración territorial, no solo a nivel nacional sino regional con la América del Sur, para lograr juntos, la integración y el desarrollo en un mundo de bloques geopolíticos. Ese es el Estado que Milei odia y quiere destruir.

CONCLUSIONES

El delirio teológico de Milei que orienta su conversión al judaísmo ortodoxo, lo hace sentirse la reencarnación de Aarón, convirtiendo a su hermana Karina en el Moisés que le transmite el mensaje divino. Esta confusión entre religión y política es nefasta para los pueblos. Lo lleva a ver en el otro, el que no comparte su visión mística, como el enemigo. Proclama: “ahora Revolución somos nosotros, que le hemos robado la rebeldía a la izquierda” y esa rebelión es contra el Estado del Bienestar, contra ese sacrilegio de la justicia social, contra ese “robo sistemático que son los impuestos”.

«Yo soy el león, el Rey de la Selva, no vine a gobernar ovejas, sino a conducir leones”. Los fuertes encarnados por el “Mercado” deben gobernar y disciplinar a la sociedad. Dios está conmigo y “las fuerzas del cielo” enunciadas en el primer Libro de los Macabeos, me auxiliarán para entronizar el Mercado como lo Supremo, mientras las redes sociales como instrumentos de creación de sentido transmitirán el mensaje divino a los pobres mortales de este péndulo austral que es la Argentina. “Estamos ganando la batalla cultural porque somos los mejores en todo: estética, moral y productivamente”. Los otros son el enemigo, los herejes, la encarnación del mal.

En suma, el fenómeno Milei se explica por la manipulación política de la Historia para justificar un salto desde las Bases y puntos de partida de Alberdi a la emergencia divina de Javier Milei. Todo el recorrido histórico entre estos dos hitos es pura declinación producto de la política, de un estado intrusivo y de los movimientos populares. Hay que erradicar la Política e instaurar la economía entendida como el gerenciamiento de los mercados. Lo que el busca es disciplina y administración, aunque el precio sea la represión más feroz y está dispuesto a ejercerla.

Todo ello nos lleva replantear nuestras preguntas iniciales: ¿Cómo es posible que una mayoría obedezca a uno solo y no solo le sirva, sino que acepte esa servidumbre voluntariamente? ¿Somos solo lo que elegimos recordar? ¿Cuál es el Mal Metafísico de la sociedad argentina? Milei no apareció por un designio divino, sino por razones más terrenales. El abrumador discurso antipolítico, el relativismo valorativo de su pueblo, el irracionalismo de la posmodernidad y el psicologismo, que alimentan el horizonte mágico de los individuos y la manipulación política de la historia. Ese es el terreno ideológico donde germinó el origen emocional del voto a Milei y la tragedia actual de la Argentina.

La atmosfera espiritual de esta sociedad se ha enrarecido, sobrevuelan los fantasmas de la incertumbre, la naturalización de la violencia y la Sensación de Vacío de Proyecto y un Presidente que vive fugándose de la realidad y sus responsabilidades. Ello traslada su aislamiento existencial y psicológico a la Nación en el marco de su política exterior, que ha privatizado para satisfacer sus deseos ilusorios e insaciables de protagonismo internacional.

Nada ha sucedido por designio divino o por casualidad. La dirigencia política y el pueblo que lo votó, tendrán que asumir su cuota de responsabilidad en esta tragedia argentina.

. SIMPATIZANTES DE MILEI DURANTE SU TOMA DE POSESION EL 10 DE DICIEMBRE DE 2023, BUENOS AIRES, ARGENTINA. SE HA ELEGIDO A UN CANDIDATO QUE SOMETE A LA SOCIEDAD A UN CAMBIO RADICAL DE LA ESTRUCTURA SOCIAL, ECONOMICA Y CULTURAL DEL PAIS.

[*] Soy Argentino (nadie es perfecto), de Rosario, Provincia de Santa Fe. El mayor reconocimiento intelectual, de mi vida, me lo brindó la escuela primaria. Cuando concluí el sexto grado me premiaron, como el mejor alumno, con un carné verde que me acreditaba como socio, por un año, del club Gimnasia y Esgrima de mi ciudad. No tuve igual suerte en la escuela secundaria. Quizá fue la adolescencia, en esos años me enamoré por primera vez, conocí la narrativa de William Saroyan y me deslumbré con la literatura de Marcel Proust. Cuando hago un balance, desde mi actual perspectiva, descubro que tenía la obstinada convicción de que -cuando un hombre ya aprendió a leer, escribir y hacer las cuatro elementales operaciones matemáticas- lo más aconsejable es ser autodidacta. Convicción que sigo sosteniendo.
Sin embargo, la necesidad de salir de la casa paterna y respirar el mundo, me llevó a ingresar a la Universidad Nacional del Litoral, en la ciudad de Santa Fe. Ahí comenzó mi deambular por las pensiones de estudiantes, la política y la bohemia. La cuestión es que, traicionando mis convicciones, me gradué como notario, abogado y doctor en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Allí conocí a Lucía Lauzón, con quién me casé y tuvimos un maravilloso matrimonio hasta su muerte en 2014. Luego, todo fue vertiginoso y dramático. A los 25 años fui profesor titular por concurso de sociología del derecho, teoría sociológica y sociología industrial, en las Facultades de Derecho, Ciencias Políticas y Psicología, respectivamente, de la Universidad Nacional de Rosario. A los 30 años fui designado Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNR. Como consecuencia de esa temprana experiencia académica, tuve que partir, con mi esposa e hijos, a un largo exilio de 10 años, en México y EE. UU. (1974-1984).
En este último país, gracias a una beca Fullbright, pude hacer estudios de posgrado en las universidades Harvard y Tufts. Me gradué en The Fletcher School of Law and Diplomacy, como Magister en Relaciones Internacionales. En México me desempeñé como asesor y speech writer de dos secretarios de Hacienda y Crédito Público de México: David Ibarra Muñoz y Jesús Silva Herzog. Fui consultor de varios organismos internacionales como la OIT, la FAO, el PNUD, la OEA y el Banco Mundial. Fui, también, docente e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en los campus de Xochimilco e Iztapalapa, y director de la Sección de Graduados del Instituto Tecnológico Nacional de México.
En 1984, con el retorno de la democracia en Argentina, desempeñé varios y honrosos cargos en la administración del presidente Raúl Alfonsín (1983-1989). El presidente Alfonsín me designó primero como Secretario de Obras y Servicios Públicos de la Nación y, luego, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina, entre otros cargos. Posteriormente, retomé mi trabajo como consultor de diversos organismos internacionales del Sistema de Naciones Unidas. En el ámbito académico, fui director ejecutivo del Instituto de Estudios Brasileños de la UNTREF y de la Fundación Raúl Prebisch. Fui miembro del Consejo Nacional de Políticas para la Consolidación de la Democracia (CONAPED). He publicado tres libros e innumerables artículos en publicaciones de Argentina, Uruguay, Italia, España, México, EE. UU. y Brasil.
He sido Vicepresidente de la Comisión Directiva del Círculo de Ministros, Secretarios y Subsecretarios del poder ejecutivo, miembro consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales y de la Cátedra libre Plan Fénix, de la Facultad de Ciencias Económicas, de la Universidad Nacional de Buenos Aires.
En los últimos años la filosofía, mi primer amor, ha sido mi carta de navegación a través de los procelosos mares de este mundo globalizado y absurdo. Desde la perspectiva filosófica trato de desentrañar el sentido de los sucesos contemporáneos que interesan a la geopolítica, las relaciones internacionales y la cultura. Con la serenidad que dan los años y la experiencia, trato de probar y probarme a mí mismo dos aforismos que dominan mi pensamiento; uno de Hegel, cuando dice: «el búho de Minerva, el ave de la sabiduría levanta el vuelo a la hora del crepúsculo». El otro es de Martín Heidegger, quien, poco antes de morir, dijo a la revista Der Spiegel: «solo un Dios puede salvarnos».

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