

POR ALBERTO CORTES
Hitler y Mussolini emergieron en países Imperialistas. Uno en Alemania, que había integrado el bando perdedor en la Primera Guerra Mundial y había sido despojada de todas sus colonias e incluso territorios limítrofes en disputa; y el otro en Italia, que al igual que el Japón, figuraban del lado de los ganadores; pero no habían conseguido todas las tierras y la influencia a las que habían aspirado. Los nazis no ocultaban su inspiración en muchos aspectos de la legislación, la cultura y la historia norteamericanas, como las Leyes contra el mestizaje racial y la conquista del Oeste. Pretendían ocupar el este de Europa –su espacio vital o “Lebensraum”-, remplazando a sus pobladores por colonos alemanes, tal como los estadounidenses blancos habían sustituido a los pueblos originarios como habitantes y propietarios de casi todo el territorio de lo que hoy son los EE.UU. Mussolini, por su parte, invadió Etiopía, el único país africano que había logrado preservar su independencia a fines del siglo XIX, al derrotar a los italianos que habían intentado convertirlo en su colonia, tal como otras potencias europeas habían hecho con el resto de continente.
Tanto el nazismo como el fascismo eran pues, nacionalismos en países centrales, que aspiraban a la expansión de esos países. Franco, en España, reivindicaba al Imperio colonial español y el filofascista Salazar, en Portugal, peleó con uñas y dientes tratando de mantener el portugués en África y Asia. El militarismo japonés lo evidenció en todo momento.
Pero el otro rasgo saliente de estas dictaduras (además del nacionalista) fue su anticomunismo brutal. El nazismo nació no sólo para recuperar el orgullo alemán, sino también para terminar de aplastar al movimiento obrero que tenía desde hacía décadas en ese país uno de sus más fuertes bastiones y que había ensayado un intento Revolucionario a principios de 1919. El fascismo italiano, para terminar con una situación parecida que había generado, en la misma época, lo que se llamó “el bienio rojo”, con consejos de fábrica y una gran efervescencia social con epicentro en Milán. Franco fue el general que se sublevó contra la República Española, cuyos principales defensores fueron comunistas, socialistas y anarquistas, a los que fusiló por decenas de miles.
Décadas después, proliferaron en América Latina, dictaduras a las que se les puso frecuentemente el mote de “fascistas”, por su coincidencia con esta segunda cara del fascismo –la de la violencia contra todo lo que oliera a izquierda-, aunque en realidad no tenían nada que ver con su primer rostro. Es decir, no se trató para nada de movimientos nacionalistas (aunque algunas fracciones internas declamaran a veces un nacionalismo meramente folklórico), sino movimientos profundamente entreguistas de la soberanía nacional y subordinadas a la política norteamericana, bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional.
La llegada al gobierno, en este siglo, de Regímenes como los de Milei, de Bukele (en El Salvador), la efímera dictadura de Jeanine Añez (en Bolivia), los narcogobiernos hondureños de Juan Orlando Hernández y colombianos de Uribe y Santos (terminados y derrotados afortunadamente los de estos últimos tres países), entre otros; retoma aspectos represivos y antidemocráticos de ese nazi-fascismo europeo de la primera mitad del siglo pasado, pero desde una óptica tan poco nacionalista y ampliamente lacaya de Washington, como las dictaduras que asolaron Latinoamérica durante gran parte del siglo XX.
Cada una de estas experiencias y otras, tiene sus particularidades, fruto de la historia y la especificidad de cada país; pero tienen -además de los ya mencionados- otros vasos comunicantes con las dictaduras fascistas del siglo XX.
Así, Milei fue recibido con entusiasmo –más allá de críticas posteriores– por Domingo Cavallo, un cuadro económico de la Dictadura del ’76. Tiene como Vice a una puntal del Negacionismo de los Delitos de esa Dictadura. Y la sola presencia de tal gobierno, con un elevado nivel de violencia verbal hacia cualquiera que disienta (pero con mayor saña a los que lo hacen desde la izquierda o desde cualquier posición política que huela a popular); representa un estímulo para la acción de los que se identifican con cualquiera de los nazifascismos antes descriptos o están buscando sus renacimientos bajo nuevos formatos.
Tanto Hitler, como Mussolini y Franco recibieron el apoyo financiero de importantes sectores del gran empresariado de sus países, y este sí es otro rasgo en común con los fascismos latinoamericanos versiones 2.0 y 3.0.
Ya antes de la llegada de Milei al gobierno, el atentado contra Cristina Fernández, los perfiles y confesiones de sus autores materiales, las pistas que conexionaban a los mismos con otros grupos de similar ideología, e incluso con empresas de la familia Caputo, y que la Justicia Macrista se negó a investigar; constituyeron claros emergentes de este renacer fascista, rompiendo además con un amplio consenso de la sociedad argentina, desde 1983 en adelante, de renuncia a la violencia y el homicidio, como forma de dirimir conflictos políticos.
La campaña en redes sociales fue esencial para el triunfo electoral de Milei, que prácticamente no puso carteles callejeros. En sintonía con la ultraderecha mundial, que hizo del uso y manipulación de sus redes, arma central (desde el plebiscito británico por el Brexit hasta las campañas de Trump y Bolsonaro); Milei no fue a la zaga. Entronado en la Casa Rosada destinó importantes recursos a ello, fake news incluidas; y se sospecha con fundamento que el gigantesco aumento de los fondos reservados de la SIDE, apuntan en buena medida a lo mismo. Puede parecer “light”, al lado de los camisas pardas de Hitler o los camisas negras de Mussolini -grupos de choque para amedrentar y agredir a sus opositores-.; pero gran parte del trabajo de esta nueva “burocracia estatal”, es la estigmatización y agresión virtual a los disidentes, que en casos como los de Cristina Fernández y otros, es la antesala, la incitación y la preparación de la violencia física.
Los crímenes por odio a determinados grupos políticos, étnicos, diversidades sexuales, etc.; tan comunes en los regímenes nazifascistas, han comenzado también a producirse en el régimen de Milei. Las cuatro mujeres lesbianas quemadas vivas por un homofóbico en mayo, son un ejemplo.
Quien firma esta nota ha manifestado en varias oportunidades públicamente, diferencias importantes (aunque también coincidencias) con aspectos de las trayectorias de figuras como las de Néstor y Cristina Kirchner, y Oscar Parrilli, entre otros; pero la permanente satanización de una buena parte de la política y la prensa hoy dominantes de todo lo que llaman “kirchnerismo” (metiendo de paso en la bolsa a muchos sectores que nunca lo fueron); no deja de recordarle a los discursos sobre los judíos en los primeros días de la Alemania nazi. Aunque hoy, claro, en la mayoría de las versiones actuales del fascismo, identificarse con esa ideología no reclama ser anti judío, como en los años 30 ó 40; sino, al contrario, alinearse incondicionalmente con las políticas genocidas del régimen israelí.
Un hecho igualmente preocupante por sus múltiples implicancias, es el asesinato en Córdoba de Susana Montoya, viuda de un policía y militante del ERP, salvajemente torturado y desaparecido durante la dictadura, y cuyo hijo denunciante, había sufrido múltiples y graves amenazas.
En este contexto, el régimen viene desmantelando las estructuras, el financiamiento y el apoyo a las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Además, se produjo la visita de un grupo de diputados oficialistas a los más salvajes represores, presos y condenados por delitos de lesa humanidad en cárceles a las que tuvieron acceso privilegiado y por fuera de los reglamentos, por mediación de la Ministra Patricia Bullrich. Así, salieron a la luz planes para liberar, bajo el disfraz de la prisión domiciliaria (que suelen violar los represores, como ya se probó en varias oportunidades), a los Peores Criminales de la Historia Argentina. Estos proyectos ilícitos agregan su cuota de reivindicación de la dictadura y ocultamiento de sus delitos, que siguen cometiéndose, como en el caso de los desaparecidos y de sus hijos apropiados y con identidades falseadas contra sus voluntades.
Cabe tener presente el caso, en Perú, del Ex Presidente condenado por crímenes de lesa humanidad y corrupción, Alberto Fujimori, a quien se le otorgó en diciembre la libertad (en desacato a la Corte Interamericana de Derechos Humanos que la objetaba, incumpliéndose así las obligaciones internacionales del país). El fundamento de la liberación fue “razones humanitarias” –como las que quieren hacer valer en Argentina-, ya que se sostenía que tenía una enfermedad terminal. Ni bien liberado, el ”Moribundo”, comenzó a fotografiarse con adeptos en centros comerciales y hasta está analizando presentarse como candidato a la Presidencia de la Nación.
El Director de Cine Ingmar Bergman presentó, en 1977, la película “El Huevo de la Serpiente” (aludiendo a huevos semitransparentes que permitían vislumbrar lo que nacería), en la que mostraba como en la Alemania de los años ’20, se incubaba el nazismo.
Convendría volver a verla.
