LAS MAQUINITAS Y LA FICHITA

POR FABIAN ARIEL GEMELOTTI

La fichita o fichón era una pasión en los ochenta. ¿Quién no se jugó una ficha en los bolos o cualquier otra casa de maquinitas? En Rosario supo haber muchas casas de jueguitos y fueron cerrando en los noventa y el ajuste macrista terminó de cerrar la última casa de maquinitas.

Enfrente del Monumental por calle San Luis había una casa de jueguitos; muchas máquinas de pinball (flipper) y jueguitos de fútbol y Súper Mario y submarino y de autos. Esa casa cerró en 1992. Después construyeron un estacionamiento. Pero hubo miles de casas de juegos. Por calle San Martín hubo dos: una al lado del Monumental que funcionó hasta 1999. En esa casa se armaban torneos de fútbol de maquinitas.

Una noche cayó a la sala de juegos todos los integrantes de un grupo de rock famoso y compraron miles de fichas y los pibes de la calle jugaron y tomaron Coca Cola y comieron pebetes con salchicha. Y los porros volaban a flor de piel. Había un pibe que vivía en la calle y era un experto del juego de fútbol. Nadie podía ganarle. Un genio. Esa noche se alzó con mucha guita, porque siempre se apostaba dinero.

Y la otra casa de jueguitos de calle San Martín quedaba donde ahora hay un negocio de plástico. Después hubo otra casa por calle Entre Ríos, a una cuadra de Humanidades. Cerró en 1991. En Provincias Unidas y Rioja hubo una casa grande en los ochenta. Cerró a principios de los noventa. Ficha chiquita y de colores. Ahí tenían un flipper de Rambo, una novedad que hacían cola para jugar.

En Empalme hubo dos casas. En la Zona Sur hubo tres casas. En Alberdi cuatro. En Zona Oeste cinco. Todas cerraron con el menemismo y con el surgimiento de las consolas y juegos de internet. La internet mató esta pasión. Jugarse una fichita era algo único, y había mucho respeto. Los más chicos dejaban que los grandes jueguen y no los interrumpían. Por Santa Fe a la vuelta de Humanidades estaba el Avenue. Lugar de chicos grandes y mucha intelectualidad de izquierda y Peronistas. Ahí había flipper y mesas de billar. Mucha cerveza y mucho cigarrillo. Muchas rubias y mucho sexo. Mucha flor para el humo de la soledad. ¡Qué lindo fumarse un porro en el patio de Humanidades!!, cuando no había tantos alcahuetes ni vigilancia privada como ahora.

La Quinta Avenida paraba en el Avenue y estaba ahí el Chancho y el Pico que eran de la barra de Newell’s uno y el otro de Central. Después quedaron los bolos por calle Córdoba, el cual cerró hace cinco años. Siempre que pasaba me jugaba una fichita al fútbol. Pero ya no era lo mismo, porque la decadencia invadía ese ambiente poblado de sombras y algún nostálgico o grupos de chicos jugando al tejo. Los bolos que quedaban arriba fueron perdiendo impulso y ya casi nadie jugaba. En los ochenta era hermoso ir a los bolos con tu novia y después a un telo de la Terminal.

Los ajustes, la internet y las generaciones modernas que no conocen esta pasión y tienen otros gustos fueron cerrando el círculo de una ciudad donde la noche eran boliches, cine, maquinitas y telos.

Es la modernidad que todo devora. Las nuevas generaciones tienen otros gustos otras diversiones y otra forma de ver la vida. Vivimos en dos mundos diferentes. Vivimos en una grieta generacional.

Estamos viviendo la era Milei de idiotas que se ofenden si uno se los dice. La era Milei conservadora y de pothoshop para armar cuerpos de fantasía y una felicidad en suspenso. La era de los amores virtuales y los cuerpos armados para la masturbación virtual.

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