
POR JOSE IGNACIO AGOSTINI
Comprender la historia del pueblo chino desde una perspectiva occidental no es tarea fácil, y es posible que las diferencias lingüísticas y culturales sean parte de esta complejidad. Al observar ciudades como Shenzhen, Shanghái, Hangzhou, Guangzhou, Chengdu, Suzhou, Nanjing, Xi’an y Tianjin, resulta impresionante verlas como centros urbanos modernos que han crecido de manera exponencial en las últimas décadas. Desde la majestuosa Shanghai Tower, de 632 metros de altura, finalizada en 2015, hasta el Silicon Valley de Shenzhen, consolidado a finales de los años 90, China ha logrado un desarrollo económico, tecnológico y humano que sorprende al mundo.
Este rápido progreso, sin embargo, no es una novedad para una Nación que ha enfrentado múltiples períodos de transformación y resiliencia a lo largo de su historia. Conceptos como abundancia, prosperidad, paz y seguridad han sido construidos cuidadosamente a lo largo del proceso de recuperación del Gigante Asiático, especialmente tras los momentos más oscuros de su pasado reciente.
DE LA HUMILLACIÓN IMPERIAL A LA MODERNIDAD
La Guerra del Opio, a mediados del siglo XIX, marcó un momento devastador para la China Imperial. Nuestro país tuvo su Bloqueo Anglofrancés por aquella época y pudo ser sorteado por el Gobierno de Juan Manuel de Rosas. Más allá de la derrota militar padecida por la China Imperial, fue una humillación que sometió al país a las potencias occidentales, dejando una cicatriz profunda en el imaginario colectivo de su pueblo. Según algunos autores, China soportó siglos de subordinación política y económica, aunque el impacto más significativo ocurrió durante un siglo de dominación directa que rompió con su tradicional hegemonía regional. Este modelo se agotó con el triunfo del Movimiento Comunista Chino en 1949.
Hoy, con una población de aproximadamente 1,4 mil millones de personas, China representa un mosaico cultural formado por 56 etnias (la mayoritaria es la Han y representa el 91% de la población). Su recuperación económica y social ha sido notable: en las últimas cuatro décadas, el Gobierno Chino ha logrado sacar a más de 800 millones de personas de la extrema pobreza, una hazaña sin precedentes en la historia moderna.
EL DESAFÍO DEMOGRÁFICO Y LAS POLÍTICAS DE BEIJING
Entre las medidas más emblemáticas del Gobierno Chino se encuentra la política del hijo único (vigente desde 1979-2015), implementada para evitar una crisis humanitaria derivada de la falta de recursos y el crecimiento descontrolado de la población. Aunque esta estrategia resultó exitosa en términos de control poblacional, también ha generado desafíos importantes, como el estancamiento demográfico y problemas de sostenibilidad en el Sistema de Seguridad Social.
Consciente de estos retos, la administración de Beijing ha comenzado a flexibilizar las restricciones, permitiendo a las familias tener un segundo hijo. Esta decisión refleja una visión estratégica orientada a garantizar un futuro de desarrollo equilibrado para su población.
EL COMERCIO GLOBAL Y EL «MODELO CHINO»
El proyecto de la “Ruta y Franja” es un claro ejemplo del enfoque pragmático de China hacia el desarrollo global. Esta iniciativa busca crear oportunidades de crecimiento humano y económico tanto dentro como fuera de sus fronteras, ofreciendo una alternativa a las promesas incumplidas de la modernidad occidental.
A pesar de estos avances, China enfrenta desafíos significativos. Las potencias occidentales, estancadas en sus propios problemas internos, han intensificado las tensiones comerciales y políticas con el Gigante Asiático. Marcas como Louis Vuitton, Nike y Zara, entre otras, dependen en gran medida del consumo de los ciudadanos chinos para mantener su rentabilidad. Asimismo, el turismo chino es fundamental para las economías de Europa. En este contexto, resulta paradójico que algunos Gobiernos Occidentales consideren la posibilidad de afectar estas relaciones económicas clave.

EL PAPEL DE LAS NUEVAS GENERACIONES
La generación millennial occidental, a la cual pertenezco, se caracteriza por su formación profesional, ambición y dedicación al trabajo. Sin embargo, también es vista como la última generación en beneficiarse de las herencias familiares. Hoy, enfrentamos una encrucijada: ¿Seguiremos perpetuando el modelo occidental de competencia feroz, basado en el «todo o nada», o reconoceremos las ventajas del pragmatismo chino y su enfoque de «ganar-ganar»?
El extraordinario crecimiento de China no solo es un triunfo económico, sino también el resultado de la estrecha colaboración entre su pueblo, sus tradiciones y un liderazgo político decidido. Este modelo plantea una reflexión profunda sobre el tipo de sociedad que queremos construir en el futuro, tanto en Occidente como en el resto del mundo.


