
ESCRIBE FABIAN ARIEL GEMELOTTI
El perro ladra y ladra y no me deja dormir. Es el perro de la vecina. Me muevo en la cama como un loco y meto la almohada en la cabeza para taparme los oídos y ese ladrido de mierda me penetra igual. ¡Ya no aguanto más!
Agarro el arma que tengo en mi escritorio y reviso si está cargada. Está cargada y hay tres balas, una para el perro y otra para la vecina y otra para mi cabeza. Estoy decidido a ir a romper a patadas la puerta de madera de la vecina y entrar como un loco y cagar de un tiro a ese perro de mierda que no me deja en paz hace meses.
Todo comenzó en 2009 cuando la vecina se instala en la casa de al lado. Era una tarde de mucho calor y estaba tirado en la cama debajo del aire acondicionado y leía un libro. Sentía puertazos y muebles que se movían de un lado a otro. Era la nueva vecina haciendo la mudanza. Salgo afuera y veo un camión de mudanza y a una viejita de unos ochenta años que me mira y se acerca y me dice «hola vecino». Era la señora Olga, la nueva vecina. Entro a mi casa y me vuelvo a tirar en la cama y no hago caso a los ruidos de mudanza.
Una noche calurosa dormía plácidamente y siento los primeros ladridos. Eran ladridos agónicos, como de un perro moribundo. Esa noche me di cuenta que no iba a ser mi vida más como lo era hasta ese entonces. El perro ladró toda la noche. Al levantarme a las seis de la madrugada dejó de ladrar. A la otra noche siguió ladrando y desde esas noches de calor mi humor empezó a cambiar. Iba al trabajo soñoliento y nervioso y me peleaba con mis compañeros. No podía decirles que estaba sin dormir por los ladridos del perro de mi vecina.
Desde esa noche empecé a maquinar matar al perro y a la vecina y después pegarme un tiro. No quería terminar mis días en una prisión cumpliendo una condena por homicidio.
Tengo el arma en la mano y las tres balas están en el tambor esperando salir. Abro la puerta de mi casa y salgo a la vereda en calzoncillos y el frío de la noche me hace temblar las piernas. Me acerco a la puerta de la vecina y empiezo a pegar patadas y patadas y logro derribarla. Y empuño el arma y entro como un loco decidido a matar a ese perro de mierda. Y veo a la vecina que me mira asustada y a su lado a un perrito marrón que me mira asustado también. Y le tiro un tiro en la cabeza al perro y la sangre salpica mis piernas. Y la vecina me mira con ternura y pone cara de miedo y yo estoy muy loco y apunto a su cabeza y los sesos se estampan en la pared.
No me pregunten por qué no me maté esa noche. Ahora estoy en la prisión cumpliendo mi condena por homicidio; acá en una celda soportando los ronquidos de un preso de la celda vecina.
