
POR FABIÁN ARIEL GEMELOTTI
El amor es un estado en que se pierde el acto creativo nos solía decir Roland Barthes en ese ensayo tan hermoso como es Fragmento de un Discurso Amoroso. Barthes toma todo el canon literario y ensaya sobre el amor y el desamor; porque después del amor viene el desamor, esa cosa que hace que el amor desaparezca por arte de magia. ¿Pero qué sabía Barthes del amor si era un teórico y vaya a saber si alguna vez se enamoró?
William Barrett en su ensayo Los Escritores y la Locura ensaya sobre la neurosis del escritor; nos dice que hay una diferencia entre el pensamiento científico del médico y el matemático a la fantasía que crea el novelista o el poeta o el cuentista. Según Barrett el científico es un ser racional y no un «Enamorado del Amor»; la fantasía y la locura van de mano; «porque en la escritura literaria hay locura no hay acto racional».
Me quedo pensando en un librito que leí este año, El escritor y la sociedad, de ese ensayista yanqui tan creativo como lo fue Trilling. Escribió muchos ensayos cuestionando al psicoanálisis y «su neurosis de vida». Ese ensayo de 60 páginas me sirvió para pensar qué es el amor.
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, nos hace la pregunta Carver. Pero leamos su libro y algo va a quedar en nosotros. Y me remonto a un filme de amor y aventuras, a la fantasía del rock de Calles de fuego. Ese filme ochentoso nos dice mucho del amor.
El amor pasa por dos estados, todos los que nos hemos enamorado alguna vez o muchas veces, sabemos de los cosquilleos en el corazón y en ese estado en que no podemos crear nada. Eso es el enamoramiento, cuando ves el rostro de tu amada y su cuerpo te despierta los deseos primitivos. Acá juega lo que decía Lacan «amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es», porque esa persona que es objeto de nuestro deseo es una fantasía nuestra. Y al igual del enamoramiento con una novela en el amor juega esa fantasía.
Después vamos descubriendo los defectos de nuestro objeto de amor (objeto en el sentido que hablaba Freud no objeto como objeto de la cosa); ya nos empezamos a dar cuenta que no es la belleza que pensamos que era, que su nariz no es perfecta y su alma es imperfecta. Pero si logramos aceptar esa carencia pasamos al estado del amor; ya no es enamoramiento donde esa persona era «perfecta», ahora hay amor porque la amamos como verdaderamente es con defectos y virtudes. Si en el enamoramiento no nos importaba sus gustos sobre cine y sobre libros en el amor nos empieza a preocupar pero cedemos, aceptamos que somos diferentes y en esa diferencia está el amor.
En el amor podemos desear a otra persona pero nuestro corazón le pertenece al ser amado. Acá la monogamia judeo cristiana entra en juego. Todo lo establecido en normas morales se transforman en angustias de vida. Pero si logramos pensar que lo monogámico es una creación cultural que va acompañado de la institución matrimonial de los pueblos primitivos hasta el presente… y bla bla bla.
Nació el amor, lo incondicional. Sabemos que ese ser que amamos debe ser libre y no un «objeto» (acá hablamos de objeto como objeto) de posesión. En el amor nadie te pertenece, su cuerpo es libre, su mente y su tiempo. Ya no hay enamoramiento que es lo primitivo, la fantasía onírica que tiene el humano sobre la otra persona; acá el amor funciona como un ser único que amamos porque logramos aceptar que no hay perfección y amamos sus imperfecciones al igual que sus perfecciones.
Y me quedo con una frase de un filme muy romántico que amo: «veo tus tetas y no son las que siempre me gustaron, pero me gustan así como son tus tetas» (Antes del Amanecer).

