EL ENGAÑO DE LAS COSTURERAS: CÓMO EL PATRIARCADO COSE SU PROPAGANDA CON HILO FEMENINO

POR JOSÉ IGNACIO AGOSTINI (*)

Hay una geometría perversa en los Recortes Presupuestarios que trasciende la Economía. Cuando las Diputadas Lilia Lemoine (44) y Juliana Santillán (45) defienden el Ahogo Financiero de Universidades y el Hospital Garrahan —ese Faro Latinoamericano en Salud Infantil— no ejercen poder: son instrumentos de un diseño que usa mujeres para asfixiar derechos conquistados por mujeres. La paradoja corta el aliento: legisladoras que desangran instituciones donde investigadoras, médicas y docentes construyen futuro.

El guión lo escribió el Presidente Javier Milei (54) en Davos con tinta Negacionista. Dos veces desestimó la brecha de género estructural, tildando de “Agenda Woke” —ese fantasma semántico— décadas de Luchas por la Equidad. Su retórica, mezcla de anarcocapitalismo y reduccionismo ideológico, equiparó Derechos con “Comunismo Internacional”. Pero la revelación doméstica fue más cruda: el Abogado Francisco Oneto desnudó el núcleo duro al vincular la baja natalidad con la necesidad de que “las Mujeres regresen a casa”, reservando lo público para varones.

Lemoine y Santillán encarnan esta contradicción con precisión quirúrgica. La primera, con su estética de trajes masculinos y sensualidad calculada para un nicho específico de varones consumidores de ese material, teje una imagen que distrae de argumentos vacíos. La segunda, con pose de periodista seria, borda falacias con hilo de aparente rigor. Ambas —dúo discordante en estilo, armónico en complicidad— repiten el libreto que justifica lo inexcusable: estrangular ciencia y salud infantil en nombre del ajuste.

¿Incompetencia del oficialismo? Imposible. Es la coherencia siniestra de un plan que instrumentaliza lo femenino para dinamitar la paridad. Usan a estas legisladoras para transmitir el mensaje tácito: “Tu talento es accesorio si sirves al poder de los varones”. Como Serena Joy Waterford en “El cuento de la criada” —la mujer que ayudó a erigir la tiranía que luego la encadenó—, creen negociar desde adentro. Olvidan que en el patriarcado de consentimiento (Alicia Puleo), las colaboracionistas son el primer eslabón descartable. El siguiente escalón —en una proyección lógica— será el patriarcado de coacción si fracasa este modelo de sumisión por consentimiento.

El objetivo supera lo fiscal: buscan naturalizar que la ineptitud femenina en lo público es “Norma”. Por eso promueven figuras autocontradictorias: para que su visibilidad ratifique el prejuicio. Mientras el Garrahan cancela cirugías y Laboratorios Universitarios cierran, este teatro de empoderamiento opera como cortina de humo. El verdadero ajuste no es a las cuentas: es al principio de que las mujeres deciden sobre lo colectivo.

La metáfora es antigua pero vigente: como la rana que no salta al calentarse el agua gota a gota, la sociedad normaliza lo intolerable hasta que el daño es irreversible. Lemoine y Santillán no son autoras; son telar en manos de tejedores que visten corbatas. Cuando símbolos de modernidad defienden políticas regresivas, la libertad se defiende en las urnas y en la convicción férrea de que nadie sobra en la democracia. Hoy las últimas elecciones de medio término presentan un abstencionismo preocupante. El poder que cose su propaganda con hilo femenino no merece tijeras: merece el despertar de quienes ven la costura.

(*) NOTA PUBLICADA EN LA REVISTA IMPRESA N° 20 – JULIO DE 2025

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