UNA APROXIMACIÓN A LO QUE ES UN TELO (PARTE II)

ESCRIBE FABIÁN ARIEL GEMELOTTI

¿Tiene sentido escribir en la era de las redes sociales? Esa pregunta es interesante y a su vez estúpida. Estamos en la era de lo digital, de la imagen del corpiño y el cuerpo desnudo pero no desnudo porque lo que se ve está armado por photoshop; nada es real en la era digital. ¿Por qué nada es real? La era digital de redes y wasap no da juego a la fantasía porque todo está servido en bandeja. Y cuando no hay fantasía la realidad deja de ser real para transformarse en un Monstruo Digital que devora la energia de los cuerpos.
Escribir dice un amigo que es sacarse demonios de adentro. Es muy vieja esa «Teoría», muy del existencialismo y no creo que sea así. Pero mi amigo repite eso porque su generación cree en los demonios de la mente. La escritura no son demonios ni catarsis del inconsciente. En la era digital se habla de demonios, las redes sociales sacan lo más sucio de cada persona; pero eso no es sacar demonios, eso es anular a la persona en la fantasía. Entonces podemos decir que escribir no tiene que ver con sacar demonios del cuerpo y la mente; escribir tiene que ver con la fantasía.
A este punto quería llegar.
En el final de la primera parte de este ensayo digo que el sexo es transgresión. Se transgrede algo, no sé qué; pero hay transgresión. En la escritura pasa lo mismo, no sacamos demonios y los liberamos. En la escritura se transgrede el orden de las cosas. Entonces podemos decir que el sexo y la literatura van de la mano. Se transgrede en el sexo y la literatura.
Los telos cumplen esa función tan elemental en las relaciones sexuales: el telo es el lugar prohibido donde se transgrede. Los amantes van al telo a coger no a descansar. Ahí la mujer casada engaña al marido. Y el hombre casado a su esposa. Están tirados en la cama y tienen un turno de dos o tres horas para gozar. Después vuelven a sus hogares y no pueden contarles a sus parejas sus locuras sexuales. En el telo sus fantasias se hicieron realidad.
El telo tiene música romántica, luces rojas, una puertita donde ponen las bebidas que uno pide, espejos en el techo y sábanas no muy limpias. Un amigo que era dueño de un telo me decía: «cuando limpian la habitación encuentran preservativos, restos de semen en el piso, anillos, cremas anales y hasta bombachas y calzoncillos». En el telo, según mi amigo, vale todo. Y creo que vale todo porque ahí está lo prohibido, ahí está la transgresión.
Una sociedad mientras más «libertad» sexual va teniendo la transgresión va perdiendo. ¿Es mala la libertad? Noooo. Es buena, lo que es malo normalizarla como parte del sistema. ¿Qué quiero decir? Lo que estoy diciendo es que el sistema cuando algo pesa mucho lo termina incorporando a su estructura y lo hace parte de su mundo. Cuando eso ocurre ese estado de lo prohibido pierde sustancia.
En los telos no piden D.N.I., ahí entra la pareja y pide una habitación. Son anónimos. No se registran. Entran a la habitación a coger. En los telos todos gritan. Es el lugar para gritar: «así la verga bien adentro», la canción de cuna del telo. En el telo va la mujer pacata que vemos todos los días en su formalidad. En el telo con el amante ella se desnuda y el amante la penetra y ella grita como gata en el tejado. Después en su hogar es la mujer seria que hace la comida y le da un beso a su esposo antes de acostarse.
En la Terminal de Ómnibus de Rosario los telos cumplen una función de depuración estética. Ahí uno ve a parejas que encaran para el telo. ¿A qué entran al telo? A ver cine seguramente no. Entran a echarse polvos. El hotel Metro es el telo de las luces rojas y los espejos. Una novia que tenía se miraba siempre en los espejos. Era obsesionada de su cuerpo. Un cuerpo único tenía la hija de un gran amigo.
Mi amigo dueño de un telo me decía: «uno se da cuenta cuando tienen pareja, entran disfrazados con lentes de sol y capuchas en invierno». Las parejas se disfrazan para el telo, para no ser reconocidos.
Un vecino de mi barrio desconfiaba de la esposa. Y se fue a recorrer telos de Rosario una tarde y ve a una gordita entrar a un telo. Mi vecino entra también al telo, pero solo. En la recepción le preguntan qué quiere y dice si entraron una gordita y un muchacho. El recepcionista le dice que no vio nada. En el telo nadie ve nada. Las parejas son fantasmas. Los gritos de anos desgarrados y de lamidas de vagina son gritos en la obscuridad; gritos anónimos sin nombre ni apellido.
(Continuará)

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