
POR FABIÁN ARIEL GEMELOTTI
La ficción, siempre la ficción fue el condimento para vivir en la plenitud. Foucault solía decir que la realidad es una ficción y que la ficción se nutre de la realidad. Hay una novela que siempre me impactó desde la primera vez que la leí (creo que la leí 32 veces a lo largo de mi vida): El Desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati. La novela no tiene un país definido ni una época definida, pero podríamos decir que se desarrolla en el Siglo XIX por la ambientación histórica.
El Desierto de los Tártaros fue publicado por primera vez en 1940; época del fascismo en Italia y de la Alemania nazi. Y de la vorágine capitalista de Estados Unidos y de Inglaterra en el mundo. Pero Buzzati no escribe una novela para despacharse sobre el fascismo, aunque la novela tiene vericuetos interesantes sobre actitudes fascistas en sus protagonistas; pero la novela no habla del fascismo en forma lineal. Tampoco es una novela existencialista donde se plantee la existencia como condición de la vida. La novela es una ficción muy lograda sobre una fortaleza en un desierto incierto donde se espera una invasión de los tártaros; una invasión que todos esperan, los viejos y los jóvenes.
El teniente Giovanni Drogo al salir de la academia militar es destinado a cumplir su primer destino en esa fortaleza militar cuyo nombre es Fortaleza Bastiani. El teniente va con su caballo y su capa de recién salido de la escuela militar. Es un joven altivo, un militar de vocación, un romántico podríamos decir. En el camino se pierde yendo por las montañas y ve un caballo a lo lejos con un militar ahí montado con uniforme de alta jerarquía. El joven llega a su encuentro y el militar, rostro cansado, de apatía y desilusión lo mira con ternura y le indica el camino a la fortaleza.
El joven llega a su destino y se presenta al General a cargo de la fortaleza. Le destinan un cuarto, muy chico con un armario y unos estantes para poner libros. Quiere leer, es muy lector y muy culto. Pero el ruido de una canilla que gotea no lo deja concentrar. El joven al otro día pregunta por esa gotera y nadie le da importancia. Trata de llegar a un jerarca y le dice que esa gotera es parte de la fortaleza y deberá convivir con ella.
El joven quiere irse de la fortaleza. Habla con muchos, nadie lo escucha. Va al médico de la fortaleza y finge una enfermedad y le dicen que le van a dar un certificado para que se vaya a la ciudad. El certificado tarda meses. Le dicen que lo debe firmar un general. El joven se va a la ciudad y habla con el general y el general le habla de lealtades y éticas y de su futuro militar y le promete que va a enviar firmado el certificado y su traslado. Pasan así los años, Drogo va ascendiendo y vive en esa fortaleza. Cambia de pieza y escucha ruidos de martillos y desea volver al ruido de la gotera. Todo ahí es apático, a nadie le interesa nada. Los diálogos son superficiales. Su vida se va apagando en el aburrimiento.
Dino Buzzati fue un escritor que escribíó novelas cortas de 120 páginas o 150. Tiene un libro de cuentos también muy bueno donde incluye el cuento del extraterrestre que llega a la tierra y se encuentra con dos hombres que miran televisión tirados en una cama. Vuelve a la nave y dice que en la Tierra la gente se la pasa mirando un aparato con personas adentro.
¿Qué quiero decir en este escrito? Buzzati fue el Kafka italiano; el escritor del sin sentido de las cosas. No es existencialismo que trata de explicar todo. A veces las cosas no tienen sentido, no tienen una razón de ser. A Buzzati le molestaba que lo compararan con Kafka, él se decía que tenía un estilo diferente.
Pero no es malo (uso la palabra malo en un sentido literario) las comparaciones porque todos escribimos teniendo como espejo a otros escritores. De eso se trata la escritura, o como decía Lacan que escribir es volver a decir lo que ya se dijo pero de otra forma. O sea, no se dice nada nuevo, se dice de otra forma.
Quizás el presente, la Argentina tan vulgar y tan falta de dignidad en la que hemos caído tenga mucho que ver con la obra de Buzzati. O quizás no. Pero yo me veo en el espejo de mi país y el espejo de Buzzati para tratar de comprender el presente.
