
ESCRIBE ALBERTO CORTÉS
Tal como en su primer mandato, Trump intenta desarrollar una propuesta bastante distinta a la de los Demócratas Globalistas. Aunque el objetivo es el mismo, compartido por todas las élites Estadounidenses: Intentar detener y revertir la pérdida relativa del Poder de EE.UU. en el Mundo.
Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, y hasta el momento en que Rusia intervino con asistencia militar determinante en la Guerra Civil en Siria, en 2015; los EE.UU. dominaron el planeta, en un grado muy superior a los sueños de Hitler que –consciente de sus limitaciones– se conformaba con Europa.
Habían emergido de las dos Guerras Mundiales, en especial la Segunda, con un poder arrollador (intactas sus estructuras físicas básicas, porque las Guerras se desarrollaron fuera de su territorio, e incluso ayudaron a potenciar las Industrias Estadounidenses, en especial la bélica). Esto les permitió subordinar –cada vez más fuertemente– al imperialismo dominante anterior (el Británico) y a los Europeos en general.
El enorme y veloz desarrollo de la U.R.S.S., desde un país atrasado y semifeudal, en 1917, a uno industrial en la preguerra; y luego su recuperación en base a esfuerzo propio (sin Plan Marshall), llegaron a poner a ese Estado, en un lugar de competencia con EE.UU., e incluso, con ventaja, como lo demuestran los primeros: satélite artificial, ser vivo en el espacio y astronauta –todos Soviéticos y no Norteamericanos -.
Entre 1945 y 1991 EE.UU. y la U.R.S.S. tuvieron una competencia en casi todos los terrenos, que perdió la U.R.S.S., porque una superestructura estatal e ideológica rigidizada por décadas de stalinismo, fue incapaz de superar los desafíos del desarrollo de las fuerzas productivas –en especial la tecnología-.
Se cumplió uno de los principios básicos del Marxismo: Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas no es acompañado por una adecuación de esa superestructura, se acumulan tensiones que culminan con el estallido de todo el sistema.
Antes de Siria, EE.UU., habían invadido, derrocado Gobiernos y atomizado países a su antojo (Afganistán, Irak, Libia, Yugoeslavia). Pero en Siria, cuando la Secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton, hacía públicamente planes para el derrocamiento inminente de Bashar al-Assad (“Transición” en su jerga), Rusia demostró que en los 15 años de Gobierno de Vladimir Putin había recompuesto su autoestima nacional y su capacidad militar, desde el piso por donde las había arrastrado Boris Yeltsin en la década del ’90. Nueve años después, concentrada Rusia en la Guerra de Ucrania, un miembro de Al Qaeda, apoyado subterráneamente por EE.UU. e Israel, remplazaría a Assad. Pero eso fue otro proceso posterior. En 2015 Obama-Clinton fracasaron.
Muerto en 1976 Mao Tse Tung, China, emprendió otro camino distinto para encarar esa contradicción entre su Superestructura (supuestamente un “Modelo” de Socialismo) y las nuevas fuerzas productivas, y logró tasas de crecimiento y desarrollo inigualadas, remplazando a los EE.UU. como primera potencia económica (si se computan los P.B.I., con el más realista criterio de Paridad de Poder Adquisitivo). Se podrá discutir si eso es Socialismo (como sostiene el P.C. Chino) o no, etc; pero lo cierto es que la Primera Potencia Industrial del Planeta está hoy allí.
Otros poderes, algunos regionales, como India, Irán, Turquía emprendieron caminos propios, desafiando con frecuencia los mandatos Estadounidenses; y América Latina, con Chávez a la cabeza hizo lo propio. Aunque UNASUR desapareció de hecho y la CELAC está debilitada, experiencias como las de México, Colombia, Cuba, Venezuela y Brasil muestran la supervivencia de ese proceso.
Trump, con mayor respaldo inicial de las élites Empresariales Estadounidenses que en su primer mandato, emprendió un camino más agresivo: En lo interno con los migrantes, que lo está llevando a enfrentamientos sin precedentes, y la posibilidad de perder las Elecciones Legislativas de Noviembre.
En lo internacional, profundizó el pateo de tablero, ignorando de hecho prácticamente todas las reglas, acuerdos y compromisos que su país había acordado e incluso liderado, desde el fin de la Segunda Guerra (aunque muchas veces los había violado, pero siempre intentando torcer argumentos, para que pareciera que no). No conforme con hacerlo de facto, retiró además al país de más de 60 organismos internacionales. Las Naciones Unidas –desde hace rato un organismo poco eficiente– quedaron más pintadas que nunca antes, e incluso intenta la fantochada de instalar un “Consejo de la Paz”, presidido por él, que aspira –en la práctica– a remplazarlas.
Fiel a su estilo empresarial, amagó con invadir Groenlandia –posesión de su aliada en la OTAN, Dinamarca -, lo que habría significado el fin de la OTAN; para terminar, encaminando hacia un mayor control militar y de sus riquezas minerales, los nuevos acuerdos en ciernes entre EE.UU. y el Reino Escandinavo.
En la reunión de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney, hizo un muy llamativo discurso, en el que planteó el fin de las grandes alianzas estables, y la necesidad de que cada país establezca acuerdos parciales, tema por tema, con cualquier otro (s) con los que coincida, para fortalecer su posición propia en un Mundo ahora Casi Impredecible. La Soberanía de Canadá había sido también amenazada por Trump repetidamente.
Este, que además de matón, es un fanfarrón; presenta la situación de Venezuela, como si el mandara ahora allí. Lo cierto es que el Secuestro del Presidente Constitucional y su esposa, ensayando armas novedosas, y en un operativo sorpresa, además de la flota que tiene en el Caribe; lo coloca en una posición de mayor fuerza para negociar con el Gobierno Chavista. Pero lo que ocurre hoy es eso: Hay una NEGOCIACIÓN. Hay continuidad de las autoridades constitucionales, y el pueblo está en una movilización permanente en reclamo de su presidente. EEUU tiene fuerza militar muy superior. Pero Venezuela sabe que el interés de Trump son las reservas petroleras más grandes del mundo.
Las compañías norteamericanas a las que el Dictador Estadounidense convocó para invertir allí, manifestaron reticencias por la complejidad del proceso que permitiría pasar de reservas a producción real. Si EE.UU. invadiera el país, el alto nivel de organización popular existente, determinaría una guerra prolongada de todo el pueblo, que podría terminar en un desastre para EE.UU. peor que Vietnam o Afganistán. Ni hablar de los proyectos petroleros. Todo lo contrario a lo que requiere MAGA. Venezuela está flexibilizando su legislación petrolera, en función de la negociación en curso. El país viene creciendo a muy buen ritmo en los últimos años, después de la debacle generada por la Guerra Económica y de Sabotaje dirigida por los EEUU. Acuerdos petroleros adecuados, podrían potenciar este desarrollo, además de incluir la libertad del rehén y su esposa.
Corina Machado, la líder terrorista cuya falta de sustento social fue blanqueada por el propio Trump, está entonces fuera de juego, y el Gobierno Bolivariano hasta se puede dar el lujo de liberar a muchos sospechosos de terrorismo. Si se les ocurriera poner una bomba (como han puesto centenares), el primero en retarlos sería Trump, que antes proveía el explosivo.
El Mundo cambia y un cierto orden y previsibilidad de 60 años, desapareció. Está por verse (y es poco probable), que todo esto genere un fortalecimiento estable de EEUU. Menos, de sus títeres como Milei.
