
POR MANUEL ROSSI
El reloj marca 19:43, la vieja aguja movida por un motor que seguro ya no hay forma de conseguir un repuesto original empuja ruidosamente hacia el futuro haciendo resonar en el vidrio que separa entre la realidad y la ilusión mecánica que indica el tiempo. Entre repisas, bibliotecas y exhibidores mira como poseída el objeto del horario Nora, una mujer de cabello corto hasta el cuello, de sutiles ondulaciones, castaño claro, con canas. El reloj se refleja en sus anteojos, que se los quita para frotarse los ojos. Al retirarlos se descubre un pequeño lunar junto a su ojo izquierdo. Ella lo odia, y por eso es feliz sabiendo que nadie lo ve cuando se pone su ortopedia ocular.
El reloj marca las 19:44. Una pequeña mueca de pícara alegría aparece en su porcelanezco rostro. Se levanta y barre el piso de cerámicos blancos y negros para luego dar vuelta el cartel de “abierto” en la puerta de su local, que está entre abierta, para con un suspiro de alivio y cansancio mostrar hacia afuera el diseño de fileteado porteño que dice “Cerrado”. Arrima la puerta para cerrarla del todo, mientras se da la vuelta para ir a cerrar la caja.
Pero una persona mete su bastón impidiendo que la dueña del local cierre. Luego abre la puerta haciendo sonar la campana instalada en la puerta que suena al abrirse por un nuevo cliente y le habla con una voz angelical:
-Buenas noches. El horario comercial es hasta las 20hs según tengo entendido. Espero que no le moleste un último cliente, aún hay tiempo…
Nora se da vuelta sorprendida como si de un crimen infraganti se tratase el querer irse antes de tiempo de su propio negocio.
-No, no, para nada, sea usted bienvenido, señor…
Nora se queda atónita por el extraño aspecto del último cliente del día. Acentuadamente encorvado. Un bastón. Una remera a rayas horizontales blancas y negras. Tirantes. Un bolso cruzado con un montón de libros dentro. Pantalón demasiado ajustado que parece de cuero. Calzado que parece de un turco otomano del siglo XVIII. Una capa negra cuyos lienzos se unen en su cuello por un talismán con una estrella de cinco puntas dibujada. Un sombrero que parece de una bruja de un cuento de fantasía. Un rostro palidamente azul. Unas orejas puntiagudas y los ojos tapados por el sombrero. Un mentón con barba puntiaguda y de canas blancas. Dientes totalmente descuidados. Cuando levanta la cara, sus ojos parecen de totalmente negros sin pupila, pero al parpadear, de repente son como cualquier otra mirada humana.
Nora camina hacia el mostrador pisando solo los cuadrados negros que componen el entramado del piso de su local. Al mismo tiempo que ella se dirige al fondo del local, el cliente mira las estanterías y las bibliotecas. El último cliente del día solo pisa los cuadrados blancos.
-En ese caso, muchísimas gracias. Seré un buen cliente si usted me lo permite y está de acuerdo…
Extrañamente, Nora se siente muy a gusto. Lo cual le hace dudar de si misma. Conociéndose, ella creería que en una situación así el pánico le invadiría. Pero para su sorpresa, la calma era ley imperante, y presta a concretar su ultima venta se dispuso a asesorar al extraño sujeto.
-Por supuesto. ¿Que estabas buscando? ¿Comics, manga, historieta europea? No conozco el personaje del cual estás disfrazado. ¿Es de la serie de los piratas con esos diseños tan extraños?
-No señora. Busco libros prohibidos. Me han dicho que acá podía encontrar algunos. Sabe, vengo de muy lejos. Y me interesa agregar algunos a mi colección.
-¿Como cuál? – respondió Nora ahora si inquieta y preguntándose en su mente si tenia un loco delante suyo. Si no es un disfraz, ¿que era ese atuendo?
-Su reloj.
-No conozco ese título. – contesto mecánicamente la dueña del negocio. Pero su poco cotidiano interlocutor insistió:
-Su reloj, su reloj…
Nora se preocupa, realmente tiene enfrente un individuo para nada corriente. -¿Qué pasa con mi reloj? ¿Qué tiene? Es un reloj. Marca la hora.
-Su reloj está adelantado. Marca 19:51. Mire el mío, 19:35.
El extraño sujeto muestra su muñeca, que, entre piel arrugada y seca, se vislumbra un antiquísimo reloj pulsera con símbolos extraños en vez de números.
-Que hermoso reloj tiene usted señor.
-Gracias. No lo vendo.
-No creo tener dinero para ese reloj tampoco, no se preocupe. Dígame, ¿qué libro buscaba en específico?
El sujeto cierra los ojos y suspira, como teniendo que recordar forzosamente. -La Biblia… La edición del papa que luchó contra los pede…
-Pero la Biblia no es un libro prohibido.
-¿Qué?
-No… Pero tengo la reina valera… Tambien la de…
-¿Como que no es un libro prohibido?
-Por lo menos acá, no porque…
-Entonces tengo que irme. En algo me equivoqué. El tiempo corre.
Por un segundo las agujas del reloj se volvieron ruidosas, ásperas, como si el tiempo se detuviera lentamente a voluntad para acentuar el momento que se volvía eterno. Intercambiaron miradas. La intriga se volvió un segundo interminable.
El extraño hombre se apresura bastón mediante hacia la puerta caminando en perfecta línea recta murmurando frases de enojo ininteligibles para Nora. Un libro se le cae de su bolso al abrir la puerta mientras la campana suena y saluda en un idioma que Nora no entendió.
– ¡Señor, se le cayó un libro! ¡Señor!
Nora corre a buscar el libro para entregárselo al sujeto. Al salir del local, no hay nadie a quien seguir. La calle está oscura y deshabitada. El viento le enfría el rostro de piel de porcelana. Nora mira el libro. No tiene título. Es solo una cubierta color vino caoba. Lo hojea haciendo correr las páginas como cartas entre sus manos. El papel es extraño, es ligero como de una biblia, pero liso como plástico. En contraste con su propietario, no parece antiguo. Parece muy nuevo.
El reloj suena con sus campanadas. Son las 20:00hs. Es hora de cerrar el negocio. Terminó el horario comercial.
A sus espaldas, la Librería “Ajedrez” ilumina tenuemente la calle vacía y fría. Papeles y hojas de árbol vuelan con el viento.
