De Milei, Menem y la guerra ajena

Por Ramiro Caggiano Blanco

La apuesta solitaria de Milei: el riesgo de mandar tropas a una guerra donde todos los demás se cubren

En los últimos días, una versión comenzó a circular por los pasillos de la Casa Rosada con la fuerza de un misil: el gobierno de Javier Milei evalúa seriamente la posibilidad de enviar tropas argentinas a Medio Oriente si Estados Unidos se lo solicita. La información, publicada por el periodista Jonatan Heguier en El Destape, no fue desmentida por el oficialismo. Por el contrario, algunos militantes libertarios la celebraron en redes, evocando la gesta de Carlos Menem en la Guerra del Golfo de 1990.

Mientras el presidente se autoproclama «el líder más sionista del mundo» y declara a Irán como enemigo de Argentina, el resto del tablero internacional juega otra partida. Una mucho más pragmática, más fría y, sobre todo, más inteligente. La pregunta que debería hacerse la diplomacia argentina no es si quiere acompañar a sus «aliados incondicionales», sino qué pasa si la apuesta sale mal. O incluso si sale bien.

El rumor de las tropas y el fantasma de Menem

«Menem lo hizo», dicen con sorna en el entorno libertario. Es cierto: en 1990, Argentina envió dos buques y 450 marinos al Golfo Pérsico para apoyar el bloqueo contra Irak. Pero aquella fue una decisión tomada en un contexto de alineamiento automático con Estados Unidos que, con el tiempo, mostró sus magros resultados. Hoy, la situación es aún más riesgosa.

Una «altísima fuente de la gestión libertaria» reconoció al portal El Destape que, si Washington lo pide, «se consideraría el pedido y se avanzaría». El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, salió a poner paños fríos: «No participamos de la guerra, pero sí de un apoyo, una filosofía y una alineación con Estados Unidos e Israel». Una diferencia sutil que, en la jerga diplomática, suena a la clásica «neutralidad activa» de otros tiempos, pero que en los hechos implica subir la apuesta al máximo.

Europa e India: el arte de cubrirse

Mientras en Buenos Aires se especula con enviar soldados, las potencias medias y los aliados tradicionales de Estados Unidos hacen exactamente lo contrario: se cubren.

Pedro Sánchez continúa después de que el martes el Gobierno denegara el permiso a las fuerzas estadounidenses para usar las bases de Morón y Rota en su ofensiva contra Irán. A partir de ahí, las reacciones se sucedieron en cascada: enfadado, Trump amenazó con «cortar todo el comercio» con España y el presidente Sánchez compareció ante los medios para criticar el conflicto «ilegal» y rememorar el ‘No a la guerra’ de 2003. El magnate estadounidense respondió llamando «perdedores» a España.

España, a pesar de las críticas oportunistas de la oposición y la presión de Donald Trump, ha negado el uso de las bases de Rota y Morón a las fuerzas estadounidenses en su ofensiva contra Irán e, inclusive, criticó el ataque al país persa.  Sin embargo, Sánchez envió la fragata ‘Cristóbal Colón’ a Chipre amparándose en la defensa de la base militar que Reino Unido tiene en el país.

Francia desplegó el portaaviones Charles de Gaulle en el Mediterráneo oriental. Pero al mismo tiempo, Emmanuel Macron salió a aclarar que «Francia no forma parte de esta guerra». El objetivo del portaaviones, dice, es estrictamente defensivo: proteger a los 400.000 franceses en la zona y, sobre todo, garantizar que los petroleros galos puedan seguir cruzando el estrecho de Ormuz. Poder militar al servicio del comercio, no de la ideología.

El caso de la India es todavía más elocuente. Dos días antes del ataque, el primer ministro Narendra Modi visitó Israel, abrazó a Benjamin Netanyahu y le juró apoyo incondicional. Pero al mismo tiempo, Nueva Delhi negociaba en secreto con Teherán para que sus petroleros tuvieran paso libre por el Golfo. Y hay más: la fragata iraní IRIS Dena, hundida por un submarino de Estados Unidos el 4 de marzo frente a las costas de Sri Lanka, había participado días antes en ejercicios navales con la India. Las 84 víctimas fatales de ese ataque, cuyos restos fueron repatriados esta semana, son la prueba trágica de que el juego geopolítico tiene consecuencias reales. Pero también demuestran que se puede tener vínculos con Israel sin romper con Irán.

El blindaje latinoamericano: México y Brasil protegen su mercado interno

Mientras el gobierno argentino especula con el envío de tropas y celebra el alineamiento automático, los dos principales socios de la región han puesto en marcha un operativo de blindaje económico para que la guerra no la paguen sus ciudadanos. El contraste no puede ser más brutal.

México: acuerdo de precios y ajuste fiscal

El gobierno de Claudia Sheinbaum renovó esta semana un acuerdo voluntario con el 96% de las estaciones de servicio del país para mantener el litro de gasolina regular (magna) por debajo de los 24 pesos, unos 1,4 dólares. La medida, que estará vigente durante los próximos seis meses, busca evitar que la escalada del conflicto en Medio Oriente se traslade al bolsillo de los mexicanos.

Pero el tope no es la única herramienta. El gobierno mexicano también activó el mecanismo del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), que funciona como un amortiguador: cuando el precio internacional del petróleo sube, el gobierno puede reducir o eliminar temporalmente este impuesto para absorber el incremento y evitar que llegue al surtidor. En los hechos, México está usando su política fiscal para desconectar el precio interno de la volatilidad externa. Y ojo, esto no es gratis: si las presiones se mantienen, el costo recaudatorio lo asume el Estado.

Brasil: subvenciones y aranceles a la exportación

El gobierno de Lula da Silva fue por más. Ante la suba del crudo, Brasil anunció una batería de medidas fiscales que combinan el alivio directo con la intervención sobre las exportaciones.

Por un lado, el gobierno eliminó dos impuestos federales sobre el gasoil (o diesel) y otorgará una subvención directa a productores e importadores, lo que en conjunto representa un alivio de 0,64 reales por litro en las gasolineras (algo en torno al 10%). La decisión de enfocarse en el diesel no es casual: es el combustible clave para el agro, que se prepara para una cosecha histórica, y para los transportes.

Por otro lado, y esto es central, Brasil decretó la imposición de un arancel a las exportaciones de crudo. El objetivo es doble: estimular el procesamiento en las refinerías locales hasta su máxima capacidad para garantizar el abastecimiento interno, y compensar el impacto presupuestario de las subvenciones, estimado en 30.000 millones de reales (unos 5.700 millones de dólares). Además, la Agencia Nacional del Petróleo tendrá nuevos poderes para fiscalizar aumentos considerados «abusivos» y la retención especulativa de existencias.

«Un productor que mantiene sus costos de producción no puede, en virtud de un conflicto externo, empezar a ofrecer precios extraordinarios, no puede ser beneficiado por la guerra», sentenció el ministro de Hacienda, Fernando Haddad, dejando en claro la filosofía que guía estas medidas.

El caso argentino: micropricing, pero sin Estado

¿Y qué pasa en Argentina mientras México y Brasil despliegan este arsenal de políticas públicas para proteger a sus ciudadanos?

Aquí la historia es distinta. El gobierno de Javier Milei, fiel a su dogma de liberación de precios, no tiene herramientas ni voluntad para intervenir. Pero lo más llamativo es que, en los hechos, ni siquiera puede aplicar su propia receta.

El viernes pasado, ante la disparada del crudo, el CEO de YPF, Horacio Marín, salió a llevar calma: «YPF no va a generar cimbronazos en los precios de los combustibles», prometió . La estrategia, bautizada como «micropricing», consiste en aplicar aumentos pequeños y frecuentes para seguir la evolución del mercado internacional sin pegar un salto brusco que encienda la inflación.

En la práctica, durante la primera semana de marzo la nafta súper ya registró un aumento del 3,64% y el gasoil acumuló un incremento del 5,86% . Es decir, los precios suben, pero suben «de a poquito».

El problema, como advirtió esta semana un informe de JP Morgan, es que esta estrategia tiene un límite. Si el precio del Brent se mantiene en niveles altos durante varios meses, la brecha entre los costos internacionales y los precios domésticos se ampliará hasta un punto en que YPF ya no pueda absorber la compresión de sus márgenes. En ese momento, el gobierno enfrentará un dilema incómodo: permitir un ajuste relevante en los combustibles —con impacto directo en la inflación— o absorber el costo cuasifiscal de mantenerlos artificialmente bajos, algo que choca de frente con el compromiso de equilibrio fiscal.

El contraste regional es elocuente. México y Brasil usan el Estado como escudo: acuerdos de precios, ajustes impositivos, subvenciones, aranceles a la exportación y controles contra la especulación. Argentina, en cambio, se limita a que una empresa (mayoritariamente estatal, dicho sea de paso) administre los aumentos con cuentagotas para que no se note tanto. No hay política de Estado, hay una decisión corporativa de no «espantar» al consumidor en un contexto de alta inflación.

El callejón sin salida de Milei

El problema de fondo es que la estrategia de Milei no tiene salida. Analicemos los dos escenarios posibles.

Si gana Irán, el efecto dominó en el mundo árabe puede ser devastador para Argentina. Los países de la Liga Árabe —con los que nuestro país tiene superávit comercial— ya han visto cómo el 70% de las bases militares de Estados Unidos en la región fueron inutilizadas por los misiles iraníes. La confianza en el paraguas americano se resquebraja. Si Teherán, una potencia musulmana, sale fortalecida, el «efecto contagio» puede llevar a esos socios comerciales a mirar con recelo a un país que se puso del lado de sus enemigos.

Si gana Estados Unidos, el panorama no es más alentador. Esta guerra le está costando a la Casa Blanca 11.000 millones de dólares en apenas 12 días. Cuando termine, Washington necesitará recuperarse. Y el botín —el control del Golfo Pérsico y su petróleo— se lo quedará él. A Argentina le quedará, en el mejor de los casos, un diploma de honor y una palmada en el hombro. «Gracias por las intenciones, muchachos, ahora nosotros tenemos que pagar nuestra guerra».

Conclusión

Mientras India, Francia e Italia despliegan complejas operaciones de equilibrio geopolítico, mientras México y Brasil blindan su mercado interno con todas las herramientas del Estado, en Buenos Aires se acaricia la idea de mandar tropas a un conflicto que no es el nuestro, mientras los combustibles suben en silencio con la excusa del «micropricing».

Es la diferencia entre quienes entienden la política internacional y la política económica como herramientas para proteger a su pueblo, y quienes las conciben como una aventura ideológica.

Milei parece decidido a jugar su última ficha en un casino donde, gane quien gane, el único que pierde es él. Y, sobre todo, los argentinos.

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