
POR RAMIRO CAGGIANO BLANCO
Hay crímenes que dejan rastros. Hay otros que dejan vacíos. Y hay aquellos que dejan un vacío imposible de llenar, porque lo que se llevaron no era un objeto ni un presupuesto, sino una posibilidad entera de futuro. Dos casos recientes, aparentemente desconectados —la pérdida de la patente internacional de la polilaminina y la muerte del rector Luiz Carlos Cancellier— revelan, en verdad, las dos caras de una misma máscara: la de una derecha oscurantista que, en su cruzada contra la Universidad Pública, atenta deliberadamente contra la vida y la salud de los Brasileños.
La primera es una herida en el Patrimonio Científico Brasileño. La investigadora Tatiana Coelho de Sampaio, de la UFRJ, desarrolló durante más de una década la polilaminina, una proteína con el potencial de regenerar médulas espinales y devolver la movilidad a personas con tetraplejia. El conocimiento era Brasileño, los fondos eran públicos y la Patente Internacional estaba en trámite. Hasta que llegó el ajuste fiscal de la mano de la PEC (minirreforma constitucional) del Techo de Gastos de Michel Temer que limitaba el gasto público a la recaudación fiscal. Y, finalmente, el desmonte sistemático de la Ciencia bajo Jair Bolsonaro. La Universidad Federal de Río de Janeiro dejó de pagar las tasas de mantenimiento de la Patente en el exterior. Resultado: la Patente Internacional se perdió para siempre. Hoy, cualquier laboratorio extranjero puede producir y comercializar este tratamiento sin pagar un centavo a Brasil. La investigadora, para evitar que también se perdiera la Patente Nacional, la pagó de su propio bolsillo durante un año. El conocimiento desarrollado con dinero público quedó secuestrado por la lógica del ajuste, mientras los Brasileños con lesiones medulares —que podrían tener en la Polilaminina una esperanza— continúan esperando. Y la Universidad se ve privada de fondos que podrían llegar desde los mismos laboratorios que hoy lucran con los resultados de una investigación en la que no invirtieron absolutamente nada. No, no es capitalismo: es secuestro del Trabajo Ajeno para aumentar sus fortunas.
La segunda es una herida en la dignidad humana y en la autonomía de las instituciones. Luiz Carlos Cancellier era rector de la Universidad Federal de Santa Catarina. En septiembre de 2017, ya con Temer en la Presidencia, la comisaria de la Policía Federal Erika Mialik Marena —integrante de la fuerza tarea de la Operación Lava Jato en Curitiba— comandó la Operación Ouvidos Moucos. Más de cien policías irrumpieron en la Universidad. Cancellier fue esposado, llevado a prisión en régimen máximo, humillado públicamente. Tres semanas después, sin poder soportar el acoso institucional y la destrucción de su reputación, se suicidó saltando desde un centro comercial en Florianópolis.
¿El resultado de las investigaciones posteriores? El Tribunal de Cuentas de la Unión concluyó, en 2023, que Cancellier no había cometido ninguna irregularidad. La delegada, en lugar de ser sancionada, fue promovida: se convirtió en asesora del entonces ministro de Justicia, Sergio Moro, y continuó su carrera ascendente. Nadie respondió por la muerte del rector.
Estos dos casos no son incidentes aislados. Son el producto de un mismo proyecto político que entiende la universidad pública no como un bien estratégico, sino como un enemigo a destruir. La derecha oscurantista opera con dos brazos coordinados: el del estado de austeridad, que desfinancia la ciencia hasta hacerla estéril, y pone en manos del mercado los beneficios de sus logros científicos,y el del estado policial, que criminaliza a sus gestores hasta hacerlos desaparecer. En la UFRJ, el brazo económico le arrebató a Brasil el derecho sobre un avance médico de alcance global. En la UFSC, el brazo represivo le arrebató la vida a un rector íntegro. En ambos casos, el mensaje es el mismo: la universidad pública que produce conocimiento, que cura, que piensa críticamente, no tiene lugar en el proyecto de país que esta derecha quiere construir.
Y aquí está el dato más perturbador: las pérdidas son irreparables. La patente internacional no se recupera. La vida de Cancellier no se restaura. Lo que queda es el vacío de lo que pudo haber sido y no fue.
No es corrupción lo que se combate. Es inteligencia. No es gasto público lo que se ajusta. Es soberanía. No es justicia lo que se ejerce. Es terrorismo institucional.
Por eso, cuando se habla de «cruzada anticientífica», no es una metáfora. Es una descripción literal. La derecha oscurantista brasileña declaró la guerra al conocimiento producido en la universidad pública porque sabe que ese conocimiento —libre, crítico, comprometido con la vida— es el principal obstáculo para su proyecto de poder.
