
POR RAMIRO C. H. CAGGIANO BLANCO
Hay mitos que mueren con un estruendo. Otros agonizan lentamente, erosionados por la realidad hasta que ya nadie puede creer en ellos. El F-35, ese caza «invisible» e «invencible» que Estados Unidos vendió como el arma definitiva del siglo XXI, está viviendo sus últimas semanas de gloria. Y mientras el imperio tambalea, Argentina sigue comprando chatarra cara que no puede volar.
LA CAÍDA DEL MITO
La guerra con Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, ha sido el primer conflicto de alta intensidad donde el F-35 debía demostrar su superioridad. Los resultados han sido desastrosos para la propaganda estadounidense.
El 3 de abril de 2026, fuentes occidentales como France24 y CNN confirmaron el derribo de un F-15E Strike Eagle y un A-10 Warthog sobre territorio iraní. Un piloto estadounidense permanece desaparecido. Irán afirma haber derribado también un F-35. Estados Unidos no lo confirma, pero tampoco lo niega. El silencio del Pentágono, en este contexto, es ensordecedor. Semanas antes, un F-35 ya había realizado un aterrizaje de emergencia tras una misión sobre Irán.
Independientemente de si el F-35 fue derribado o no, la conclusión es ineludible: Estados Unidos no controla el espacio aéreo iraní. Y si no lo controla con toda su tecnología de quinta generación, ¿qué garantía de invencibilidad le queda al avión más caro de la historia?
Los pilotos estadounidenses, acostumbrados a décadas de guerra asimétrica contra enemigos sin defensas aéreas, vuelven de sus misiones con tasas de estrés fisiológico disparadas. El miedo, ese compañero de vuelo que creían haber desterrado, ha regresado a las cabinas de los F-35.
MIENTRAS TANTO, EL MUNDO SIGUE VOLANDO
Pero no todo son malas noticias en el ámbito aeronáutico. Hay países que, lejos de comprar mitos, apuestan por el desarrollo propio.
Brasil compró los Gripen E/F de la sueca Saab, pero los fabrica en territorio brasileño con transferencia de tecnología. No son consumidores pasivos: son socios industriales que aprenden, producen y generan empleo calificado.
Turquía, humillada y expulsada del programa F-35 por comprar misiles rusos S-400, decidió no llorar en un rincón. Se puso a construir su propio caza de quinta generación, el TF-X «Kaan», que ya ha realizado vuelos de prueba. Mientras Argentina compra usado, Turquía construye futuro.
ARGENTINA: LA FÁBRICA DE OPORTUNIDADES PERDIDAS
Y aquí llegamos a casa. Porque mientras Brasil fabrica y Turquía construye, Argentina tiene su propia historia aeronáutica, pero parece empeñada en enterrarla bajo toneladas de malas decisiones.
Los Super Étendard franceses que compró Macri: cinco aviones usados que llegaron al país y nunca pudieron volar. ¿La razón? El Reino Unido, por la guerra de Malvinas, bloquea la exportación de los asientos eyectores. Tenemos cazas que no pueden despegar porque si hay una emergencia, el piloto no puede saltar.
Los 16 F-16 daneses que compró Milei: Dinamarca los regaló a Rumania. Rumania los usó un tiempo y los dio de baja. Argentina pagó 300 millones de dólares por esa chatarra voladora. Aviones con décadas de uso, mantenimiento carísimo, repuestos que no se consiguen y pistas argentinas que no están preparadas para recibirlos.
EL PAMPA III: LO QUE PUDIMOS SER Y NO SOMOS
La tragedia es aún mayor porque Argentina tiene, tuvo y podría tener desarrollo propio. La Fábrica Argentina de Aviones (FAdeA), con sede en Córdoba, produce el Pampa III, un avión de entrenamiento avanzado y ataque ligero que ha demostrado su valía.
En julio de 2019, Argentina logró un hito histórico: la primera exportación del Pampa III. Guatemala compró dos unidades por 28 millones de dólares, un acuerdo que incluyó servicios de entrenamiento de pilotos y mantenimiento. No es un F-35, claro. Pero es económico, se puede mantener, genera empleo argentino, y cumplió su función en el control de fronteras y la formación de pilotos guatemaltecos.
Según el entonces presidente de FAdeA, Antonio Beltramone, esta venta fue «un hito histórico» que demostraba que la fábrica cordobesa «vuelve a ser exportadora de tecnología de altísima complejidad». Y hubo más interesados: se iniciaron conversaciones con otros países de la región.
¿Y qué pasó con ese impulso? Se desfinanció, se abandonó, se prefirió comprar afuera antes que apostar por lo nacional. El Pampa III podría ser la base de un desarrollo aeronáutico autónomo, pero languidece mientras los Gobiernos de turno prefieren los F-16 de segunda mano.
LA HISTORIA QUE TIRAMOS A LA BASURA
Porque Argentina tuvo una tradición aeronáutica que cualquier país de la región envidiaría. En 1982, los Pucará volaron en Malvinas. No eran los mejores aviones del mundo, pero eran nuestros. Se fabricaban acá, se reparaban acá, y sus pilotos los defendían con uñas y dientes.
Y antes, mucho antes, el Pulqui: el primer caza a reacción diseñado íntegramente en América Latina, con el ingeniero alemán Kurt Tank. Argentina fue pionera en la región. Y tiramos todo a la basura por malas decisiones políticas y complejos de inferioridad.
CONCLUSIÓN
No necesitamos F-35. Necesitamos una política de defensa seria que apueste por FAdeA, por el Pampa III, por recuperar lo que algún día supimos tener. Mientras Brasil fabrica y Turquía construye, Argentina sigue comprando la chatarra más cara del mercado de pulgas.
El mito del caza invencible se derrumba en el cielo de Irán. Pero el mito más triste es el que nos dice que los Argentinos no podemos fabricar nada importante. Ese mito, lamentablemente, sigue vigente en cada Gobierno que prefiere comprar afuera antes que mirar lo que tenemos en Córdoba.
Cosas veredes, Sancho… y cada día duelen más.
