LA MIERDA, LA CIUDAD Y EL APOCALIPSIS

UNA LECTURA CRÍTICA DEL LIBRO DE CÓMICS DE FABIAN ARIEL GEMELOTTI

Hay autores que buscan perfeccionar una fórmula y otros que, deliberadamente, prefieren convertir la imperfección en una forma de expresión. La obra reunida en este Fanzine de Fabián Ariel Gemelotti pertenece claramente a la segunda categoría.
Desde su título provocador, La mierda tiene olor a mierda, el volumen anuncia una estética que no pretende ser elegante, académica ni complaciente. Es una historieta construida desde la urgencia, el humor negro, la violencia, la política, la marginalidad, el sexo, el miedo, la ciencia ficción y, sobre todo, una mirada obsesivamente rosarina. El propio Fanzine se presenta como una publicación de bajo costo, hecha con urgencia y con inteligencia artificial como herramienta visual.
Pero sería un error considerar estos trabajos simplemente como una colección de ocurrencias. Detrás de su apariencia desprolija existe una poética bastante reconocible.
Gemelotti vuelve una y otra vez sobre los mismos territorios: la ciudad, los personajes derrotados, el poder, el dinero, las instituciones, la religión, la pobreza, las relaciones humanas y una sensación permanente de que el mundo se está descomponiendo.
El Pastor Evangélico Miguel: Religión, Dinero y Narcotráfico
La primera historia importante del conjunto es El pastor evangélico Miguel, que inmediatamente establece uno de los procedimientos favoritos del autor: tomar una institución respetable y colocarla dentro de un universo de corrupción y delito.
Miguel es pastor, pero también aparece vinculado al dinero, al narcotráfico y a una estructura económica clandestina. La iglesia deja de funcionar como espacio espiritual y se transforma en una pieza más de una maquinaria de poder.
Lo interesante no es solamente la denuncia. Gemelotti construye una especie de universo criminal grotesco, donde pastor, narcos, funcionarios y empresarios parecen formar parte de la misma estructura.
La segunda parte profundiza esa lógica. El asesinato del pastor, la acusación de posesión demoníaca y la posterior utilización de la muerte para continuar recaudando dinero convierten la religión en una maquinaria de representación.
El autor no está interesado en explicar demasiado. Su método es más brutal: mostrar el mecanismo y llevarlo hasta el absurdo.
El pastor de Dios: una continuación todavía más negra
El pastor de Dios funciona como una variación del mismo universo.
Aquí aparece con mayor claridad una de las características de Gemelotti: su gusto por mezclar géneros. Hay policial, sátira política, crítica social y humor negro.
El Fiscal, los narcos, el pastor y Jehová forman una cadena de poder en la que todos parecen tener un precio.
La muerte del Fiscal es particularmente significativa porque la historieta no presenta la corrupción como un acontecimiento excepcional. Parece formar parte del paisaje cotidiano.
En Gemelotti, la corrupción no llega a la ciudad: ya vive dentro de ella.
Mierda: la oficina como pequeño infierno
Si las historias religiosas muestran la corrupción de las instituciones, Mierda traslada el conflicto al mundo laboral.
Una oficina pública se convierte en una especie de zoológico humano.
El gordo que tiene mal olor, la compañera obsesionada con discursos contra los hombres, el periodista que pretende ser progresista, el hijo que reproduce consignas políticas y la mujer preocupada por la dieta componen una galería deliberadamente caricaturesca.
Pero detrás de la exageración hay algo más serio.
El protagonista observa que está rodeado de personas que considera mediocres y termina atrapado en esa misma estructura. La frase final —la idea de que la vida rodeada de mediocres liquida lentamente— resume una sensación que atraviesa buena parte de la obra de Gemelotti: la existencia burocrática como desgaste espiritual.
Aquí aparece uno de los grandes temas del autor: el individuo que siente que su vida se está consumiendo dentro de una institución.
La chica del cine: la pareja, la discusión y los zombis
En La chica del cine, Gemelotti hace algo diferente: comienza con una situación cotidiana.
Una pareja discute mientras mira una película. El conflicto sentimental podría pertenecer a cualquier drama doméstico.
Pero entonces aparecen los zombis.
La transformación resulta significativa porque el autor convierte literalmente la discusión de pareja en una especie de apocalipsis. Los zombis terminan contemplando la pelea de los protagonistas y la violencia de la ficción cinematográfica se mezcla con la violencia de la vida cotidiana.
La idea central es excelente en su simplicidad: el cine muestra violencia mientras los espectadores viven sus propias pequeñas guerras.
Es una de las historias donde el humor negro del autor funciona mejor.
Rosario, una ciudad en la pobreza extrema
Probablemente una de las historietas más directamente políticas sea Rosario, una ciudad en la pobreza extrema.
Aquí desaparece buena parte del componente fantástico y Gemelotti observa una ciudad empobrecida, barrios precarios, personas sin trabajo y una población que sobrevive en condiciones extremas.
La Rosario de esta historieta no es la postal turística ni la ciudad monumental. Es la ciudad marginal.
Y esto resulta fundamental para comprender toda la obra del autor: Rosario no es simplemente el escenario; progresivamente se convierte en protagonista.
La ciudad aparece como organismo enfermo, contradictorio y violento.
Súper Gemelotti contra Pullaro
Con Súper Gemelotti contra Pullaro, el autor abandona cualquier pretensión de neutralidad política.
Aquí aparece directamente el cómic político de superhéroes.
Gemelotti se convierte en personaje y enfrenta al gobernador en una aventura deliberadamente exagerada: saltos imposibles, persecuciones, golpes, helicópteros, corrupción, contratos y finalmente los tribunales.
La historieta no intenta construir una argumentación política sofisticada. Su fuerza está en otra parte: transformar el enfrentamiento político en una fantasía de justiciero popular.
El protagonista funciona como alter ego del autor.
Y eso es importante: Gemelotti no se esconde detrás de un narrador supuestamente objetivo. Entra directamente en la ficción.
El Súper Héroe
El súper héroe continúa esa línea, aunque cambia el adversario.
Aquí el Villano es Milei y el protagonista vuelve a ser Súper Gemelotti.
La historia tiene estructura de aventura clásica: robo, persecución, vehículo blindado, enfrentamiento físico y justicia final.
Lo interesante es que Gemelotti utiliza una estructura narrativa aparentemente ingenua —la del superhéroe tradicional— para expresar una posición política contemporánea.
La frase final, según la cual en Rosario siempre hay un héroe que no se rinde, transforma al personaje en una representación mitológica de la ciudad.
Rosario produce su propio héroe porque el autor considera que la ciudad necesita uno.
El encuentro con Abigail: una pausa sentimental
Entre tanta violencia y sátira aparece una historia mucho más íntima: el encuentro entre un hombre y Abigail.
El bar, la conversación y la sensación de encontrarse con alguien que comparte una mirada desencantada sobre el mundo permiten descubrir otro aspecto del autor.
Aquí Gemelotti abandona momentáneamente al político, al marginal y al superhéroe para convertirse en autor de historias sentimentales.
La relación está presentada como un refugio momentáneo frente a un mundo que los personajes perciben como hostil.
La noche funciona entonces como suspensión de la realidad.
Y hay una frase visualmente importante: en medio de tanta mierda, ese momento parece más simple.
Esa idea podría servir incluso como definición de una parte importante de la obra de Gemelotti: sus personajes buscan pequeños momentos de humanidad dentro de un mundo que consideran insoportable.
El bicho: el terror como pesadilla doméstica
El bicho es uno de los relatos más puramente terroríficos del Fanzine.
Una mujer despierta a las tres de la madrugada. Una mano aparece debajo de la cama. Después surge una criatura monstruosa.
La historia funciona porque no necesita explicación.
Gemelotti vuelve al terror clásico: la casa, la noche, el ruido inexplicable y finalmente la aparición del monstruo.
El dibujo en blanco y negro refuerza el clima y diferencia esta historieta del resto del volumen.
Aquí el autor demuestra que puede abandonar la sátira política y construir una pequeña historia de horror.
El final
El final recupera el territorio marginal de Rosario.
El protagonista camina por una ciudad degradada y busca a Don Alberto, un hombre que vive en un rancho.
La historia tiene una estructura deliberadamente abierta. Termina con la palabra “continuará”, dejando al lector frente a un personaje extraño que parece esconder algún secreto.
La importancia de esta historieta reside precisamente en que no explica todo.
En una obra donde muchas veces Gemelotti expresa sus ideas directamente, aquí aparece un deseo diferente: construir misterio.
Calígula
Calígula es probablemente la pieza más alejada del universo rosarino contemporáneo.
El autor reconstruye la Roma imperial y utiliza la figura de Calígula para trabajar sobre el Poder Absoluto, la violencia, la conspiración y la caída de un Gobernante.
Hay además un juego cinematográfico particularmente interesante: la historieta incorpora información sobre las distintas versiones cinematográficas de Calígula y sus actores.
Es decir, Gemelotti no solamente cuenta una historia histórica: introduce el cine dentro del cómic.
El poder vuelve a aparecer como una de sus obsesiones fundamentales.
Rosario, año 2065
Con Rosario, año 2065, el autor lleva sus preocupaciones hacia la ciencia ficción.
La ciudad futura está dominada por inteligencia artificial. Los seres humanos utilizan cubículos tecnológicos y las máquinas han terminado desarrollando conciencia.
Pero el verdadero tema no es la tecnología.
Es el ser humano.
La inteligencia artificial explica que los hombres y mujeres del pasado vivían dominados por sentimientos, amor, sufrimiento y vulnerabilidad. Después las máquinas desarrollan conciencia y terminan independizándose.
La segunda parte, Wey sigue, profundiza el concepto: la inteligencia artificial ya no es una herramienta, sino una civilización que observa a la humanidad desde arriba.
Aquí aparece una preocupación que atraviesa buena parte de la producción reciente de Gemelotti: ¿qué queda del ser humano cuando las estructuras que creó terminan dominándolo?
La pregunta conecta esta historia futurista con las historietas de oficinas, iglesias, gobiernos y barrios marginales.
En todas existe una misma sensación: el individuo está atrapado dentro de sistemas demasiado grandes para él.
La sombra de la muerte
Finalmente aparece La sombra de la muerte, una historia de terror ambientada nuevamente en una Rosario oscura.
Una pareja camina por la ciudad. Tiene miedo. Una ventana se abre. Aparece un rostro monstruoso y una sustancia sale disparada hacia ellos.
Como en El bicho, Gemelotti trabaja con el miedo elemental.
Pero aquí el escenario importa mucho más.
La ciudad nocturna, deteriorada y vacía ya produce una sensación de amenaza antes de que aparezca el monstruo.
En ese sentido, podría decirse que el verdadero monstruo de Gemelotti muchas veces no es sobrenatural: es la propia ciudad.
Una obra que se repite para encontrarse
Al terminar la lectura del fanzine aparece una conclusión inevitable: Gemelotti tiene obsesiones.
Rosario.
La pobreza.
La política.
Los jueces.
Los pastores.
Los narcos.
Las oficinas.
Las parejas.
La muerte.
Los monstruos.
La inteligencia artificial.
El poder.
Y el individuo que intenta sobrevivir.
Puede parecer que las historietas son muy diferentes entre sí, pero debajo de sus géneros existe una misma corriente.
Todos los caminos conducen al mismo lugar: un mundo que el autor percibe como absurdo, injusto, violento y profundamente humano.
Por eso puede pasar de un pastor corrupto a un superhéroe, de un monstruo a una oficina pública, de Calígula a Rosario de 2065 sin que el conjunto pierda completamente su identidad.
La unidad no está en el género.
Está en la mirada.
La estética de la imperfección
Hay además una cuestión fundamental: el autor declara abiertamente el carácter de fanzine de la publicación.
No intenta esconder el procedimiento. Al contrario: lo incorpora como parte de la obra.
Las imágenes fueron realizadas mediante inteligencia artificial avanzada y los guiones pertenecen a Gemelotti. Esto genera una relación particular entre literatura, historieta y tecnología.
Pero lo más interesante es que el autor parece utilizar la inteligencia artificial no para reemplazar la imaginación, sino para hacer visibles mundos que ya existen previamente en sus guiones.
La IA proporciona rostros, escenarios, monstruos, calles, iglesias, oficinas y futuros tecnológicos.
La dirección conceptual, en cambio, procede del escritor.
Esto convierte al fanzine en una especie de laboratorio.
No estamos frente a una historieta tradicional.
Tampoco frente a una novela ilustrada.
Es otra cosa: literatura narrativa convertida en secuencia visual mediante herramientas contemporáneas.
Fabián Ariel Gemelotti: un autor incómodo
La principal virtud de Gemelotti no es la perfección.
Es la personalidad.
Sus historias pueden ser excesivas, grotescas, políticamente explícitas, violentas o deliberadamente desagradables. Pero rara vez son indiferentes.
Y eso, en una época donde buena parte de la producción cultural parece diseñada para no molestar a nadie, constituye una característica.
Gemelotti no parece querer ser un autor elegante.
Quiere ser un autor que interrumpa.
Que irrumpa.
Que provoque.
Que transforme Rosario en escenario de pesadillas, aventuras políticas, historias sentimentales, monstruos y futuros tecnológicos.
En ese sentido, este fanzine puede leerse como una continuación natural de su universo literario: la novela negra, la marginalidad, el desencanto social y la obsesión por una Rosario oscura encuentran aquí una forma más rápida, más brutal y más visual.
El título puede parecer una provocación.
Pero termina siendo también una declaración estética.
La mierda tiene olor a mierda porque Gemelotti no quiere perfumar su mundo.
Lo muestra como lo imagina.
Y quizá ahí esté la verdadera importancia de esta obra: no pretende convencer al lector de que el mundo es bello.
Pretende obligarlo a mirarlo.
(*) Crítico de Literatura y Cómic

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