LA MIERDA TIENE OLOR A MIERDA: TOMO II

FABIÁN ARIEL GEMELOTTI REDOBLA LA APUESTA: UNA LITERATURA MARGINAL QUE NO PIDE PERMISO

Hay publicaciones que buscan agradar, otras que aspiran a incorporarse al circuito cultural y algunas que parecen existir precisamente para incomodar. La mierda tiene olor a mierda, el fanzine de Fabián Ariel Gemelotti editado por Ediciones La Odisea, pertenece a esta última categoría. Con la aparición de su segundo tomo, el autor rosarino continúa una experiencia de escritura que se mueve entre el cómic, el relato breve, la sátira social, el terror, la política y la observación descarnada de la vida cotidiana.

El título no pretende ser elegante. Tampoco parece interesado en serlo. Su función es declarar desde el comienzo una posición estética: aquí no hay intención de disimular los aspectos desagradables de la realidad mediante un lenguaje refinado ni de convertir la literatura en un objeto decorativo. Gemelotti elige una expresión vulgar, directa y provocadora para establecer una relación inmediata con el lector. El título funciona como una declaración de principios y, al mismo tiempo, como una advertencia.

Pero sería un error quedarse únicamente con la provocación. Detrás de esa voluntad de escandalizar existe una mirada sobre la sociedad, sus miserias, sus contradicciones y sus formas de hipocresía. El fanzine no se limita a buscar el efecto de una palabra obscena: intenta construir un universo donde lo grotesco forma parte de la experiencia cotidiana.

DEL PRIMER TOMO AL SEGUNDO: CONTINUIDAD Y RADICALIZACIÓN

El primer tomo estableció las coordenadas fundamentales de este proyecto. Allí ya aparecían la crítica social, el humor irreverente, la política, las situaciones absurdas y una concepción de la historieta alejada de las exigencias de la industria editorial. El segundo tomo no abandona ese camino. Por el contrario, lo amplía y lo convierte en una propuesta más reconocible.

La continuidad entre ambos volúmenes no depende de una trama única ni de personajes que necesariamente reaparezcan. Está dada, sobre todo, por una misma actitud frente al mundo. Gemelotti observa la realidad desde un lugar incómodo, sin preocuparse demasiado por las convenciones del buen gusto o por las expectativas de quienes prefieren una literatura ordenada, previsible y respetuosa de los códigos establecidos.

Sin embargo, la comparación también permite advertir una diferencia de amplitud temática. El segundo tomo reúne situaciones de crítica urbana, burocracia, lectura, humor corporal, economía popular y recreación histórica. Esa variedad hace que el fanzine se parezca menos a una colección de historias de un único género y más a un pequeño laboratorio narrativo.

En el primer volumen, el lector encontraba las bases de una estética personal. En el segundo, esa estética se desplaza por escenarios diferentes sin renunciar a su identidad. La realidad rosarina, la oficina, los libros y las situaciones absurdas pueden convivir porque el autor no pretende construir un mundo homogéneo. Le interesa, más bien, mostrar diferentes caras de una sociedad que considera contradictoria y muchas veces grotesca.

El resultado es una publicación que no busca disimular su condición artesanal. El fanzine reivindica la libertad de crear por fuera de los mecanismos habituales de legitimación cultural. En ese sentido, su carácter independiente no es solamente una cuestión de formato: también es una posición frente a la literatura.

«ROSARIO ES UNA MIERDA»: LA CIUDAD COMO PROTAGONISTA

El relato titulado Rosario es una mierda coloca a la ciudad en el centro de la mirada crítica. Rosario no aparece como una postal turística ni como un escenario neutral donde simplemente suceden las cosas. Se convierte en un objeto de cuestionamiento.

El título tiene una función provocadora evidente, pero también expresa una forma de pertenencia. La crítica a una ciudad suele tener una intensidad particular cuando nace de la experiencia de quien la habita. No se trata necesariamente de observar desde afuera, sino de señalar aquello que se considera insoportable dentro del propio territorio.

La tradición de la literatura urbana está llena de ciudades convertidas en personajes. En Gemelotti, esa transformación adopta una forma plebeya, frontal y deliberadamente antipática. La ciudad no necesita ser idealizada para adquirir importancia literaria. Puede resultar hostil, degradada, absurda o frustrante.

La elección del título invita, además, a pensar en una Rosario atravesada por problemas sociales, desigualdades y tensiones políticas. La provocación funciona como una puerta de entrada a esa discusión. El lenguaje busca producir una reacción inmediata antes de que el lector pueda refugiarse en una interpretación cómoda.

Frente a una literatura que a menudo presenta la ciudad mediante imágenes pintorescas, este relato se ubica en el extremo opuesto: la ciudad debe ser examinada a partir de sus zonas desagradables. La pregunta que deja planteada es si la crítica feroz constituye una forma de rechazo o, paradójicamente, una manera de expresar una relación profunda con el lugar.

«LA OFICINA DE LOS MEDIOCRES»: LA COMEDIA DE LA BUROCRACIA

La oficina constituye uno de los escenarios más fértiles para el humor social. Allí se cruzan las jerarquías, las pequeñas ambiciones, las rutinas repetitivas y las relaciones de poder. En La oficina de los mediocres, el propio título anticipa una mirada satírica sobre ese universo.

La mediocridad no se limita a una deficiencia individual. Puede convertirse en un sistema de comportamiento, una cultura compartida en la que lo importante deja de ser hacer bien las cosas y pasa a ser sobrevivir, obedecer, conservar una posición o evitar cualquier movimiento que altere el orden establecido.

La oficina permite representar en pequeño algunos mecanismos de la sociedad. El empleado, el superior y las reglas institucionales componen un teatro donde lo absurdo puede presentarse bajo la apariencia de normalidad. La comedia surge del contraste entre la solemnidad de las jerarquías y la insignificancia de muchas de sus disputas.

En el universo de Gemelotti, este espacio también puede leerse en relación con la experiencia del trabajo y las instituciones públicas. La rutina laboral, el desgaste y la sensación de quedar atrapado en una estructura son materiales que admiten tanto la caricatura como una lectura social más amarga.

El interés del relato está en la posibilidad de convertir una experiencia aparentemente menor en una crítica de comportamientos colectivos. No hacen falta grandes acontecimientos para que aparezca el absurdo: alcanza con observar de cerca la vida cotidiana.

«LOS LIBROS QUE MERECEN NO IR A LA HOGUERA»: LEER TAMBIÉN ES DISCUTIR

Este relato introduce una dimensión especialmente interesante porque coloca a los libros y a la lectura dentro del campo de la discusión cultural.

La imagen de la hoguera remite a la censura, a la destrucción de aquello que una época considera inconveniente y a la pretensión de establecer qué merece ser conservado y qué debe desaparecer. La pregunta por los libros dignos de sobrevivir es, en definitiva, una pregunta por el poder de decidir qué cultura se transmite.

Pero la relación de un lector con la literatura no siempre coincide con los juicios establecidos. Un libro consagrado puede aburrir, decepcionar o dejar indiferente; otro, menos reconocido, puede despertar una fascinación inesperada. La experiencia literaria tiene una dimensión personal que no puede reducirse por completo a las jerarquías académicas o comerciales.

La elección de este tema resulta significativa dentro de un fanzine que se presenta desde una posición marginal. Gemelotti no se limita a cuestionar la sociedad: también abre la posibilidad de discutir los mecanismos mediante los cuales una obra adquiere prestigio.

Hay aquí una tensión interesante entre la provocación y la reflexión. Un libro puede ser incómodo, imperfecto o discutible y, sin embargo, merecer seguir circulando. La cultura se empobrece cuando la lectura se transforma en obediencia y cuando el prestigio reemplaza el ejercicio del juicio personal.

El relato introduce así una discusión que excede al propio fanzine. ¿Quién decide cuáles son los libros importantes? ¿El mercado, las instituciones, los especialistas o los lectores? No hay una respuesta única, pero formular esas preguntas ya constituye una manera de enfrentarse a la autoridad cultural.

«EL BICHO»: EL TERROR DENTRO DE LO COTIDIANO

El bicho se inscribe en una tradición narrativa donde lo extraño invade la normalidad. El terror no necesita recurrir siempre a grandes escenarios sobrenaturales ni a explicaciones complejas. A veces basta con introducir un elemento inquietante en un espacio reconocible para que todo lo familiar se vuelva sospechoso.

El título posee una cualidad elemental. No explica demasiado y deja abierta la naturaleza de aquello que anuncia. Esa indefinición puede despertar curiosidad y activar la imaginación del lector antes de que la historia haya desarrollado sus acontecimientos.

Dentro de un fanzine dominado también por la sátira y la crítica social, el terror cumple una función importante: amplía el registro expresivo. Gemelotti puede pasar de la observación de las costumbres a la construcción de una situación perturbadora sin necesidad de adoptar una voz solemne.

El cómic, además, tiene recursos específicos para producir inquietud. La apariencia de un personaje, la disposición de los cuadros, el contraste entre una situación ordinaria y una presencia anormal o el momento elegido para revelar un detalle pueden modificar por completo la percepción de una escena.

En este tipo de relato, la eficacia no depende solamente de explicar qué es el bicho. También depende de generar una sensación de extrañeza. El lector debe percibir que algo ha dejado de funcionar como esperaba.

La presencia de El bicho en ambos tomos, cuando se considera la trayectoria del proyecto, permite reconocer una continuidad temática: Gemelotti no quiere quedar encerrado en el comentario político ni en la caricatura de costumbres. El terror forma parte de su repertorio y contribuye a darle variedad.

«LA MUJER PANZONA»: EL CUERPO COMO FUENTE DE HUMOR

La mujer panzona introduce una forma de comicidad que parte de una característica corporal. En este terreno, la exageración puede convertirse en el motor de una situación absurda, especialmente cuando las proporciones físicas entran en conflicto con las exigencias prácticas de la vida cotidiana.

El humor corporal tiene una larga historia. Desde las caricaturas populares hasta la comedia física, el cuerpo ha sido utilizado para producir sorpresa, incomodidad y risa. Su eficacia reside en que transforma algo inmediatamente reconocible en una situación inesperada.

Pero la comicidad física también plantea una cuestión: ¿dónde se encuentra el verdadero blanco del chiste? Puede estar en el cuerpo mismo, en las convenciones sociales que lo juzgan o en el absurdo de una situación que vuelve imposible una acción ordinaria.

En el contexto del fanzine, el relato permite observar el gusto del autor por las situaciones directas, el humor sin demasiados rodeos y los títulos que anticipan una imagen concreta. La historieta puede trabajar con una premisa sencilla y desarrollarla mediante la exageración.

No todo relato necesita una ambición filosófica ni una trama compleja. Una parte de la tradición del cómic popular se apoya precisamente en la capacidad de convertir un incidente cotidiano en una escena memorable. La cuestión es cómo se construye el remate y qué mirada sobre el personaje deja la risa.

La presencia de este relato también contribuye a evitar que el tomo quede reducido a una única tonalidad. Entre la crítica social, el terror y la política, el humor físico aporta otra velocidad narrativa.

» LAS MAQUINITAS Y LA FICHITA»: EL PEQUEÑO MUNDO DEL JUEGO

El título Las maquinitas y la fichita remite a una experiencia popular y reconocible: los juegos electrónicos y ese objeto pequeño que permite participar de ellos. La ficha funciona como una entrada a un universo de entretenimiento, expectativa y repetición.

En un relato de estas características, un objeto cotidiano puede adquirir una importancia desproporcionada. La ficha es materialmente insignificante, pero representa la posibilidad de jugar, ganar, perder y volver a intentarlo. En esa operación se encuentra una de las fuentes tradicionales de la comicidad.

Las maquinitas también pertenecen a una memoria cultural. Para diferentes generaciones, los locales de videojuegos forman parte de una experiencia urbana asociada al tiempo libre, al dinero disponible y a los espacios donde los jóvenes construyen sus propios rituales.

El interés de incorporar este universo a un fanzine de crítica social está en la posibilidad de observar cómo un entretenimiento sencillo puede convertirse en escenario de conductas, obsesiones o situaciones absurdas. Lo popular no aparece necesariamente como un tema menor: es una fuente de relatos porque contiene formas reconocibles de relacionarse con el deseo, el dinero y la frustración.

El título, por su carácter concreto, establece además una diferencia respecto de los relatos cuyo punto de partida es una denuncia política o una idea abstracta. Aquí el acceso al universo narrativo pasa por una escena de la vida cotidiana.

La lectura de este relato dentro del conjunto permite apreciar la amplitud de materiales que Gemelotti incorpora a su proyecto. El fanzine puede encontrar una historia tanto en los conflictos sociales como en un pequeño objeto que circula de mano en mano.

«EL ESCLAVO Y LA MUJER DE LA CORTE DEL FARAÓN»: LA HISTORIA COMO ESCENARIO DE FICCIÓN

Con El esclavo y la mujer de la corte del Faraón, el fanzine se desplaza hacia un imaginario histórico asociado al antiguo Egipto, la esclavitud y las jerarquías del poder.

La elección del escenario permite introducir un contraste con los relatos de ambientación contemporánea. Cambian la época, los códigos sociales y las formas de autoridad, pero permanecen algunos conflictos reconocibles: la desigualdad, la subordinación y las relaciones entre quienes poseen poder y quienes deben desenvolverse bajo sus reglas.

La ficción histórica no consiste únicamente en vestir a los personajes con ropas de otro tiempo. Su interés reside en utilizar una época distinta para construir situaciones dramáticas y explorar las relaciones humanas desde un marco social específico.

El esclavo y la mujer perteneciente a la corte ocupan posiciones diferentes dentro de una estructura jerárquica. Esa distancia social ofrece un punto de partida para pensar en las relaciones entre poder, privilegio y vulnerabilidad.

El relato amplía el registro del tomo porque demuestra que el universo del fanzine no está limitado a Rosario ni a la coyuntura política argentina. La imaginación puede trasladarse a un escenario remoto y utilizarlo para explorar conflictos humanos.

La distancia histórica también puede funcionar como un espejo. Al observar una sociedad antigua, el lector puede preguntarse cuánto han cambiado las relaciones de dominación y cuánto persiste bajo formas diferentes. No es necesario establecer una equivalencia directa entre épocas para reconocer que la ficción histórica tiene capacidad para interrogar el presente.

UN FANZINE QUE SE RESISTE A SER ENCASILLADO

Considerados en conjunto, los relatos del segundo tomo muestran un proyecto que se desplaza entre distintos registros. Rosario es una mierda se instala en la crítica urbana; La oficina de los mediocres observa el mundo laboral; Los libros que merecen no ir a la hoguera discute la cultura y la lectura; El bicho explora el terror; La mujer panzona trabaja con el humor corporal; Las maquinitas y la fichita se aproxima a la experiencia popular del juego; y El esclavo y la mujer de la corte del Faraón se aventura en la ficción histórica.

Esta diversidad es uno de los rasgos centrales del volumen. No todos los relatos buscan producir el mismo efecto ni responden a una única tradición narrativa. El tomo funciona como una sucesión de experimentos breves, unidos por una actitud autoral que privilegia la libertad de elección temática y la independencia respecto de las convenciones editoriales.

Comparado con el primer tomo, el segundo reafirma la identidad del proyecto y permite observar mejor sus posibilidades. La continuidad está en la irreverencia y en la voluntad de trabajar con materiales populares. La ampliación aparece en la convivencia de la crítica social, el terror, el humor y la ficción histórica.

Esto no significa que la variedad garantice por sí sola la eficacia de cada relato. Como en cualquier publicación de estas características, la fuerza de las historias depende de sus situaciones, de la construcción de los personajes, del ritmo y de la relación entre texto e imagen. Pero la diversidad sí permite reconocer una búsqueda: el autor no quiere limitarse a repetir una fórmula.

LA INDEPENDENCIA COMO POSICIÓN CULTURAL

El fanzine ocupa un lugar particular dentro de la producción cultural porque permite trabajar con una libertad formal que no siempre encuentra espacio en los circuitos comerciales. Su circulación puede ser más limitada, pero esa condición también reduce determinadas presiones sobre los temas, el lenguaje y la forma de presentar las historias.

En La mierda tiene olor a mierda, esa independencia se expresa desde el título. No se trata de una publicación que intente ocultar su voluntad de provocar para resultar aceptable. Su identidad se construye a partir de una elección explícita por lo vulgar, lo grotesco y lo incómodo.

Sin embargo, la independencia no debe confundirse con la ausencia de criterios artísticos. Un fanzine también puede ser evaluado por su capacidad de producir imágenes, construir situaciones, generar humor y sostener una mirada reconocible. Estar fuera de los circuitos dominantes no convierte automáticamente una obra en valiosa, del mismo modo que estar dentro de ellos no garantiza su calidad.

El interés de este proyecto se encuentra en la posibilidad de discutir esas fronteras. Gemelotti trabaja desde un espacio donde conviven la escritura, el cómic y la experimentación, sin necesidad de que cada pieza responda a una categoría rígida.

La publicación también pone sobre la mesa una cuestión importante: la cultura no se produce únicamente en los lugares que reciben mayor atención. Existen experiencias independientes que, por su escala y sus características, permanecen al margen de los espacios de legitimación, pero encuentran lectores y construyen una identidad propia.

CONCLUSIÓN: EL SEGUNDO TOMO CONSOLIDA UNA VOZ

El segundo tomo de La mierda tiene olor a mierda confirma la persistencia de una propuesta literaria y gráfica que se alimenta de la irreverencia. Su vínculo con el primer volumen no es el de una simple repetición, sino el de una continuidad que incorpora nuevos escenarios y registros sin abandonar la provocación inicial.

Gemelotti convierte la ciudad, la oficina, los libros, el cuerpo, el juego y la historia en materiales para narrar. No pretende que todos esos mundos respondan a una única fórmula. Su apuesta consiste en reunirlos bajo una misma actitud frente a la cultura y la sociedad.

El título puede provocar rechazo, pero también plantea una pregunta sobre los límites del lenguaje y las convenciones del buen gusto. ¿Debe la literatura expresarse de manera aceptable para ser tomada en serio? ¿Puede un fanzine popular abordar cuestiones sociales y culturales sin abandonar su carácter provocador? ¿Es necesario que una obra se ajuste a un género para construir una identidad?

El segundo tomo no resuelve esas preguntas, pero su existencia las mantiene abiertas.

En tiempos en que buena parte de la circulación cultural depende de la visibilidad comercial y de la aceptación inmediata, una publicación independiente tiene valor cuando logra desarrollar una voz propia. La de Fabián Ariel Gemelotti es frontal, heterogénea y deliberadamente incómoda.

La mierda tiene olor a mierda no intenta transformarse en otra cosa para obtener legitimidad. Su desafío consiste en sostener su identidad, explorar nuevas formas y encontrar lectores dispuestos a entrar en un universo donde la sátira, el absurdo, el terror y la crítica social conviven sin pedir permiso.

Hay publicaciones que buscan agradar, otras que aspiran a incorporarse al circuito cultural y algunas que parecen existir precisamente para incomodar. La mierda tiene olor a mierda, el fanzine de Fabián Ariel Gemelotti editado por Ediciones La Odisea, pertenece a esta última categoría. Con la aparición de su segundo tomo, el autor rosarino continúa una experiencia de escritura que se mueve entre el cómic, el relato breve, la sátira social, el terror, la política y la observación descarnada de la vida cotidiana.

El título no pretende ser elegante. Tampoco parece interesado en serlo. Su función es declarar desde el comienzo una posición estética: aquí no hay intención de disimular los aspectos desagradables de la realidad mediante un lenguaje refinado ni de convertir la literatura en un objeto decorativo. Gemelotti elige una expresión vulgar, directa y provocadora para establecer una relación inmediata con el lector. El título funciona como una declaración de principios y, al mismo tiempo, como una advertencia.

Pero sería un error quedarse únicamente con la provocación. Detrás de esa voluntad de escandalizar existe una mirada sobre la sociedad, sus miserias, sus contradicciones y sus formas de hipocresía. El fanzine no se limita a buscar el efecto de una palabra obscena: intenta construir un universo donde lo grotesco forma parte de la experiencia cotidiana.

(*) Crítico cultural y colaborador independiente.

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