LA BALANZA COMERCIAL ARGENTINA Y LA SUSTENTABILIDAD

ESCRIBE ALBERTO CORTES

La Agencia Internacional de Energía (A.I.E.), un organismo tradicionalmente con tendencia a pronunciamientos más que moderados en el tema de los combustibles fósiles, ha planteado que la exploración en busca de nuevos yacimientos de gas y petróleo, así como su producción, deberá detenerse cuanto antes y las centrales eléctricas de carbón deberán cerrar antes de 2030.

Es la forma de limitar el calentamiento global y cumplir con el objetivo de neutralidad climática para 2050. También pide que no se vendan nuevos automóviles con combustibles fósiles más allá de 2035 y que la inversión global en energías renovables se duplique. Lo que está planteando es que los escenarios de neutralidad climática se centren en acciones inmediatas y no en objetivos para dentro de varias décadas. En cambio, Shell, uno de los mayores contribuyentes al calentamiento global a lo largo de su historia, propone crear sumideros de carbono del tamaño de Brasil para justificar la continua expansión y producción de petróleo y gas.

Por otro lado, un tribunal de los Países Bajos falló condenando a Shell a bajar sus emisiones de CO2 un 45% en comparación con 2019, responsabilizando a la empresa por sus propias emisiones y de las de sus proveedores.Es la primera vez que una empresa es obligada legalmente a alinear sus directrices con los acuerdos del clima de París.

En la petrolera Exxon, una sociedad de inversiones, partidaria de que la empresa baje sus apuestas al petróleo y al gas y suba las de las energías renovables, logró colocar en el directorio a 2 de los cuatro miembros que propuso. En Chevron, en tanto, la asamblea de accionistas aprobó un pedido para que la empresa reduzca las emisiones de gases de efecto invernadero de sus productos, a pesar de la oposición del directorio.

Al asumir la presidencia de los EEUU, Trump había retirado a su país –uno de los dos mayores contribuyentes a la emisión de gases de efecto invernadero, y el primero per cápita, del mundo- del Acuerdo de París, el principal convenio internacional tendiente a atacar este problema. Biden volvió al acuerdo y además formuló –al interior de los EE.UU.– el plan más ambicioso que haya habido, tendiente a acelerar la transición energética, desde los combustibles fósiles a las energías renovables.
Es prematuro predecir si todos estos anuncios, decisiones o recomendaciones terminarán transformándose en hechos reales, pero de todos modos marcan tendencias positivas.

La contribución argentina a los gases de efecto invernadero es pequeña. No obstante, todos los países del mundo deben sumarse al esfuerzo por reducir las emisiones. El país ha asumido nuevos compromisos más ambiciosos en la lucha frente al cambio climático, en el portal de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. 
El documento presidencial afirma que “nos comprometemos a presentar nuestra estrategia de desarrollo con bajas emisiones a largo plazo, con el objetivo de alcanzar un desarrollo neutral en carbono en el año 2050”.

Ahora bien, la Estructura Económica Argentina tiene un perfil tal, que el desarrollo e incluso tan sólo el crecimiento –concepto mucho más modesto– requiere que las entradas de divisas sean lo suficientemente importantes como para permitir las importaciones de bienes de capital e insumos no producidos en el país, imprescindibles para muchas industrias.
Esas divisas pueden entrar como inversiones externas –que suelen ser cuentos como la “lluvia de inversiones” que prometió Macri-, que si no van específicamente a actividades productivas u obras, van a la especulación y terminan siendo claramente dañinas.
La otra forma principal de ingreso son las exportaciones. Por lo que es razonable que todos los gobiernos traten de mantener y desarrollar este rubro. Sin embargo, pocas veces se mira si la forma de hacerlo, mejora o empeora la actitud de la nación en el tema ambiental.
El principal rubro exportador de Argentina actualmente es el complejo sojero que –amén de las numerosas estafas al país a que se presta por la forma carente de controles que hoy tiene, como el caso Vicentín– se sostiene principalmente en la promoción, desde la década menemista en adelante, de un monocultivo, basado en agroquímicos tóxicos, que demanda poquísima mano de obra para su cultivo y en aras de cuya gran rentabilidad –demanda china mediante– se han desmontado y se desmontan o invaden bosques nativos y humedales –contribuyendo así aún más al efecto invernadero (amén de otros pasivos ambientales), y expulsando otros cultivos, crías de ganado y poblaciones que vivían de ellos; poblaciones que se empobrecen aún más y se van a hacinar en los cinturones de pobreza de las grandes ciudades.

El flamante ministro de agricultura ha dicho que hay que llevar la producción sojera, de los actuales 50 millones de toneladas, a 70. El gobernador de Santa Fe, para festejar el compromiso de la Nación en el desarrollo de obras ferroviarias en torno a la capital provincial, ha señalado que son obras necesarias para la “ampliación de la frontera agrícola”. O sea para seguir destruyendo bosques y humedales.
Mirando las exportaciones de servicios, éstos constituyen también un rubro muy significativo –según algunos, el segundo complejo exportador del país-. Increíblemente, el gobierno de Macri –que decía estar por principio en contra de cualquier retención a las exportaciones– las cuales tienen mucho fundamento en casos como la soja y en varios productos alimenticios fue el primer gobierno en gravar la exportación de servicios con retenciones que el actual gobierno acaba de anular. Este ítem merecería especial atención, incluyendo la creación de una Flota Nacional que permita recuperar los fletes, pero también en una infinidad de otros servicios de todo tipo.

Entre las exportaciones industriales, brilla la industria del automóvil. Contribuimos así, no sólo a la contaminación local, sino que también la exportamos a otros países. Sin embargo, en la actual estructura económica, esta industria es clave por su capacidad de generación, no sólo de empleo y actividad económica directos, sino que además se multiplican a través de miles de autopartistas y otras actividades. En la mirada de corto plazo es entonces totalmente razonable que, frente a una economía castigada, los gobernantes alienten el crecimiento del sector. Ahora, en el largo plazo: ¿Cuándo empezaremos a pensar?


Otros rubros destacados de las exportaciones argentinas son la minería –con grave crecimiento de la muy contaminante gran minería a cielo abierto en los último treinta años, y la explotación petrolera y gasífera. Además de las recientes recomendaciones de la A.I.E., Vaca Muerta, la gran esperanza de los gobiernos nacional y provinciales en la materia, se basa en el fracking, prohibido por sus consecuencias ambientales en otras latitudes.
Un auténtico desarrollo del país requiere de un plan que parta de la soberanía nacional, democratice el ingreso –o sea su distribución justa – y las decisiones, considere seriamente la dimensión ambiental –interna y en su proyección internacional-.
Esto significa obviamente replantearse la estructura de la matriz argentina de exportaciones, lo cual sólo sería viable en un proceso progresivo a largo plazo. Pero el largo plazo, si no empieza ahora, no llega nunca.
Aunque, por supuesto que no se puede comparar al gobierno actual con la catástrofe del macrismo; en realidad, ninguno de los dos lados de la grieta ha mostrado interés serio en abordar algún plan de ese tipo.

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