EL MINUTO FATAL

POR JORGE RENDON VASQUEZ

Entre 1944 y 1972 se publicaba en Buenos Aires la Revista «Rico Tipo» de Guillermo Divito. Era de humor porteño, con tiras cómicas,  viñetas e historias breves sobre el Buenos Aires en camiseta, como  se titulaba una historieta debida a la pluma de Alejandro del Prado, “Calé”, estratégicamente exentas de crítica política, aunque jugosas de amenidad popular. Reunió los mejores dibujantes e historietistas de entonces, y tiraba varios cientos de miles de  ejemplares. Creo que con Rico Tipo Buenos Aires reafirmó esa manera de ser de su gente tan histriónicamente irónica en el diálogo. Las mentes más conservadoras fueron heridas de muerte  por las despampanantes chicas de Divito, decoradas con cortísimos  bikinis y coronadas como reinas imprescindibles de Mar del Plata.  Desde que esta revista saliera y por unos diez años fue muy raro el ejemplar que yo no leyera. Sus números se sumaban como  razones que me invitaban a conocer a esos tipos humanos y al país  que los albergaba, al que sentí, después, también como mío. Cada  vez que visito Buenos Aires me doy una vuelta por las librerías de viejo, como muchos porteños de tiempos más recientes, buscando  ejemplares de esa inolvidable historia de la vida íntima de esta  ciudad. 

Una de las historietas de Rico Tipo tenía por título El minuto fatal. Su autor era Adolfo Mazzone. Se componía sólo de dos cuadros: en el primero se mostraba una desgracia, un  contratiempo o una situación embarazosa, con caracteres ridículos, pero hilarantes; y en el segundo, el momento en que se tomaba la errónea decisión que debía conducir a aquellos. Eran situaciones que podían pasarle a cualquiera. Algún tiempo después esa expresión se incorporó al habla popular y a la otra. 

Hace unos días, me acordé de una historia real que por el súbito desenlace podría entrar en la categoría del tema de esa historieta. Sucedió así: 

Era una pareja bien avenida. Ambos estaban sobre los cuarenta años. Ella, linda, aunque entrando ya en el camino irrevocable de las carnes, se ocupaba de los asuntos del hogar. Él trabajaba como empleado en una empresa de importaciones con un sueldo interesante que les permitía una vida desahogada y disponer de un departamento a punto de ser liberado de una hipoteca de quince años. Sus dos hijos cursaban los primeros años en la universidad.  Por supuesto, coincidían en todo. Al retornar del trabajo, él le contaba las incidencias del día, y ella lo esperaba con los chimentos del barrio y los que había podido capturar, hablando con sus amigas, por lo general, por teléfono. 

En una de esas, la mujer comenzó a insinuar al marido que era ya tiempo de salir de la rutina hogareña y que, como acontecía con algunas de sus amigas, debían pensar en un viaje a Miami, por ejemplo. En los primeros momentos, el marido lo tomó como otra  habladuría banal y no le hizo caso. Pero, al cabo de una semana, ella volvió al ataque y, entonces, él tuvo que darle la única respuesta que correspondía: les era imposible siquiera pensar en eso por la sencilla razón de que su sueldo estaba íntegramente destinado a las obligaciones del hogar. 

Pasó otra semana, y ella reanudó su campaña, esta vez con un argumento de respaldo: hacía ya varios años que él ganaba el mismo sueldo y que, no siendo eso nada justo, debía pedir un  aumento. El marido la miró sorprendido y, tras meditar un momento, le respondió que la empresa no estaba en condiciones de dárselo. La réplica le vino como un alud de argumentos entre los cuales estaba el conformismo del marido. Él farfulló algo y siguió  con un alegato que hizo hincapié en la pereza como el origen de los malos pensamientos. La mujer entendió y contraatacó con una imparable retahíla de frases.  

Y, así, la vida de este apacible y ejemplar matrimonio comenzó a descomponerse. 

El marido habló, sin embargo, con su jefe inmediato para pedirle un aumento de sueldo. La respuesta fue nada alentadora: de él no dependía, pero haría la gestión, aunque creía que, no siendo buena la situación de la empresa, tendrían que pensarlo mucho; y le hizo  la confidencia de que estaban por reducir personal.  

Esto último sí fue cierto. Al comenzar el mes siguiente el jefe de personal dio curso al despido de quince trabajadores, entre los cuales estaba nuestro correcto y eficiente empleado. 

La esposa protestó, increpando a su marido su negligencia y falta de visión. Él, más pragmáticamente, comprendió que sería suicida perder tiempo y que debía buscar de inmediato otro empleo. Mientras tanto vivirían de los beneficios sociales recibidos. 

La suerte lo acompañó en una de sus salidas. Dos meses después lo llamó una empresa de la competencia, le hizo algunas preguntas y, evaluando los conocimientos que había acumulado en su anterior empleo, lo contrató con un sueldo mayor. Sería agente viajero en todo el país. Aunque acostumbrado al trabajo sedentario, tuvo que resignarse a la movilidad permanente en avión, autobús, a caballo y a pie, y a pernoctar en hoteles de tres,  dos, una o ninguna estrella. Por fortuna, su mujer suspendió sus precedentes exigencias, sin dejar no obstante de observar la nueva situación de su marido, buscando un agujero por donde filtrarse y  reanudar su ofensiva. 

Y así transcurrió un año, durante el cual él sólo estuvo en casa los fines de semana y, a veces, dos o tres días cada quincena. Probablemente nunca se hubiera alterado la tranquila y confiada existencia de esta pareja de no haber sido por la intervención de las amigas íntimas de la mujer, esas enemigas públicas de la armonía conyugal, cuya acuciosidad y rapidez para informarse o desinformar podría competir con cualquier eficiente red de inteligencia y espionaje. 

Una de ellas llamó por teléfono a la mujer y, luego de algunos circunloquios introductorios, le soltó el chimento: una amiga le había contado que otra amiga había visto a su marido entrando a un hotel de Mar del Plata con una rubia que se deshacía en mimos.  La mujer se quedó muda, a tal punto que su interlocutora tuvo que preguntar si todavía estaba en la línea. 

Cuando el marido retornó al hogar, cuatro días después, la mujer le espetó sin ningún preámbulo: 

—¡Fuera! ¡Te vas de la casa! 

El marido contempló a la mujer, entre estupefacto y colérico. Y,  sin responderle, abrió la puerta y salió. 

Fue el minuto fatal de la mujer. 

El marido no volvió. 

Le conté esta historia a una prima mía, bastante desinhibida y algo guasa, y titular de un matrimonio feliz, en una reunión de parientes y amigos, y terminé preguntándole: 

—¿Qué hubieras hecho vos en el caso de la mujer? —Yo —me respondió sin vacilar—, me hubiera hecho la otaria. Como proseguí interrogándola con la mirada, añadió: —Pero, por lo menos le hubiera arañado la cara. 

Este fue, sin duda, el consejo que sus amigas íntimas no le dieron a la apresurada mujer de la historia para dejar atrás una de las turbulencias que suelen sacudir a un matrimonio.

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