
ESCRIBE NÉSTOR ANTONIO SULEIMAN
Las dificultades económicas y las perdidas en el campo militar en distintos frentes, sumergió a Irán en una profunda crisis, una situación que viene arrastrando desde hace un lustro, acompañada permanentemente con una inflación que supera el 50%, la devaluación de la moneda y un alto porcentaje de desocupación especialmente en el sector más joven de la población.
El mantenimiento y soporte de fuerzas que actúan como peones en distintas regiones (milicias en Yemen, Irak y Líbano), la implementación de un proyecto industrial direccionado exclusivamente al ámbito militar y las planificaciones de operaciones de sostenimiento de regímenes aliados, fueron impactando en la economía iraní, al tiempo que los pésimos resultados en el campo político y militar pusieron al règimen de clérigos persas en una situación de vulnerabilidad ante los enemigos.
Las insurrecciones populares en todo el territorio de la República Islámica de Irán, muestra el grado de hartazgo de la población, sometida a un sistema “Democrático” donde los únicos actores que definen el futuro de la sociedad son los representantes religiosos y los miembros de la pretoriana Guardia Revolucionaria Islámica. Se trata de una mixtura de dirigentes burócratas repartidos en el espacio de poder, el eje marcado por el “Líder Supremo”, “Asamblea de expertos” y el “Consejo de Guardianes”.
El gendarme mayor Donald Trump prometió apoyar a las poblaciones que se han levantado contra el régimen teocrático, pero al parecer tardan en llegar las ayudas. Si existiera alguna verdadera intención de materializar la desestabilización en Irán, las promesas de asistencia de Washington deberían proyectarse hacia las comunidades nacionales y étnicas brutalmente sometidas desde tiempo de la monarquía persa. Se trata de árabes, kurdos, azeríes y baluchistanies, que desde hace décadas sostienen una lucha por reivindicaciones culturales y nacionales en distintas regiones del territorio iraní.
Es probable que por el momento a EE.UU. no les interese terminar con el régimen teocrático persa. También pueden estar considerando que la balcanización de Irán, fraccionada entre las distintas comunidades pueda significar un mayor desequilibrio de la región, un costo que no están dispuestos a pagar los estadounidenses. Por otro lado la licencia que ha tenido de parte del Pentágono el esquema operativo sectario del régimen clerical persa, ha favorecido en distintos tiempos a Washington , habida cuenta que el comportamiento de los peones de Teherán siempre han generado en los espacios de la zona del Creciente Fértil (Oriente Medio), un ambiente de contradicciones permanentes, por momentos antagónicas, las que impiden la construcción de un frente democrático que contribuya a contener a todos los sectores políticos predispuestos a un accionar antimperialista, y por la recuperación de los territorios ocupados.
EE.UU. necesita lograr un control de los sectores más deterministas del espectro del islam político, y con los cuales nunca habrá algún tipo de negociación, luego la asistencia sin prejuicios ideológicos a las Fuerzas Democráticas Sirias conducida por miembros del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (de extracción marxista), ha sido para las administraciones de Washington un logro fundamental para seguir deteniendo a las hordas del Estado Islámico aún operativas en las regiones sirias de Hasakah y Deir Ezor.
TEOCRACIA PERSA, LA MANIPULACIÓN DE LOS RECURSOS HIDRICOS Y DESARRAIGO DE LAS POBLACIONES
La República Islámica de Irán, como se reafirma en esta nota, está integrada por distintas comunidades nacionales, continuamente movilizadas en pos de la reivindicación de sus identidades culturales. Todos los pueblos repartidos en la geografía iraní, levantan sus banderas y consignas en defensa de los valores que fortalecen el espíritu nacional y étnico de esas comunidades.
Las riquezas naturales, la contaminación ambiental y la manipulación de los recursos hídricos, forman parte de la estrategia de la dirigencia colonialista persa para someter a los pueblos que integran el mapa político del estado teocrático.
En el 2013 el Instituto de Recursos Mundiales publicó un artículo, relacionado a las tensiones producidas por el uso del agua en el mundo, que incluye un mapa ilustrativo sobre los conflictos por los recursos hídricos presentes en la República Islámica de Irán.
Los activistas de los distintos grupos étnicos en Irán reclaman el uso racional del agua, denunciando reiteradamente esta situación en distintos foros internacionales. Una de las luchas más emblemáticas es la del pueblo azerí, en el noreste de Irán, en defensa del lago Urmia, el más grande de Medio Oriente y Asia Occidental.
El Gobierno Persa ha sido denunciado desde hace años por la actitud inactiva e irresponsable en el proceso de secado del lago, dando lugar a un prolongado litigio con las Comunidades Azerbaiyanas. Las poblaciones azeríes sostienen que el secado del Urmia es un hecho deliberado, patrocinado por Teherán, cuyo objetivo es el traslado hacia regiones lejanas de las comunidades alojadas cerca del espejo de agua. En este caso se trataría de otro intento de la ingeniería social de la aristocracia religiosa persa para distanciar a las comunidades de su territorio, fruto de una retorcida hipótesis de conflicto devenida de la fantasiosa idea de una posible alianza del pueblo de origen azerí residente en Irán, con la lindante República del Azerbaidán.
Por otro lado y como parte del programa de Teherán vinculado a la aculturación, la denominación de “azarí” en lugar de “azerí”, utilizada para referirse a las poblaciones ubicadas en la provincia de Azerbaidán Oriental y Occidental (dependiente de la República Islámica de Irán), es otro intento tendencioso de las autoridades del estado teocrático de socavar la identidad de la minoría azerbaiyana residente en el país, pretendiendo erradicar por completo cualquier tipo de parentesco que puedan tener con sus hermanos del norte, de quienes fueron separados durante las guerras ruso-persas.
Otro problema vinculado a los recursos hídricos tiene lugar en el lago Hamón, el séptimo más grande del mundo y el de mayor capacidad de agua dulce en Irán. Las comunidades baluchistaníes que viven cerca del lago, se sienten perjudicadas por la negligencia de las autoridades de Teherán para impedir su secamiento. Quizás se trate, como señalamos respecto del lago Urmia, de un nuevo intento de trasladar a las comunidades a regiones distantes del lago Hamón, un formato reiterado de la estrategia de desarraigo y destrucción de las identidades de las minorías nacionales. Recordemos que los baluchistanies están repartidos tanto en Irán, como en Afganistán y Paquistán.
Por su parte, los árabes hicieron sentir sus quejas por la manipulación que el gobierno central iraní realiza en el curso del río Karun. Se trata del recurso hídrico más rico y grande de Irán, una cuenca mencionada en textos bíblicos. Los pueblos que viven en las cercanías de este río son en su mayoría árabes, y las autoridades de Teherán para paliar las sequías que afectan a las regiones centrales, hace tiempo han desviado su recorrido hacia zonas con asentamiento poblacional de origen persa. Hecho que ha desatado la furia de los residentes ahwazíes, perjudicados económicamente por esta acción deliberada.
En relación con Ahwaz, la abundante riqueza de la zona (rica en hidrocarburo), contrasta con la situación paupérrima de la población autóctona árabe que allí vive. Por Ahwaz corren cinco ríos, pero no tiene agua potable ni suficientes recursos hídricos para la agricultura. En esta región Irán obtiene el 80% de la renta nacional, paradójicamente el desempleo local alcanza un 55%.
AHWAZ RECORTADO Y CAMBIO DE NOMINACIÓN
En 1925, el Arabestán (Ahwaz) tenía una extensión de 185.000 kilómetros cuadrados, al día de hoy se redujo a 65.000 km2, de acuerdo a la cartografía oficial diseñada por Teherán para la denominada provincia de Juzestán. La administración ocupante ha modificado el mapa político de la región, cercenando más de 100.000 km2 al histórico perímetro de la región histórica del Arabestán. En la actualidad la población árabe establecida en la zona alcanza a más de 4 millones de personas, y en los últimos diez años, más de un millón de hectáreas pertenecientes a los árabes –según fuentes oficiales iraníes–, fueron entregadas a colonos persas para la explotación agrícola-ganadera. Los actos de saqueo, el desplazamiento forzado del pueblo originario, la limpieza étnica y el empobrecimiento de los árabes ahuazíes, han sido constantes tareas del ocupante, y nos recuerda el procedimiento que lleva adelante el sionismo en Palestina.
La planificación iraní para colonizar Ahwaz, avanzó con la elaboración de proyectos de riego perjudiciales para los agricultores árabes. La presa sobre el río Al-Karkha, llamada “Diz Pahlevi”, fue provocando renovados éxodos de la población árabe de la región. Desde la ocupación de 1925, el régimen de Irán ha persistido en su política tiránica, aterrorizando la población árabe mediante la manipulación del fanatismo étnico.
Cientos de miles de árabes abandonan su patria hacia el interior de Irán, para vivir y trabajar como inmigrantes, descalificados en el plano laboral, convertidos en “mano de obra barata”. Otros deambulan en los países del Golfo Arábigo (Árabe). Las encuestas arrojan una cifra de más de 100.000 ahuazíes trabajando en Kuwait y otros países de la regiòn.
La dirigencia de Teherán fue suplantando el nombre de Arabestán por el de “Juzestán” –a veces mencionado como Khuzistán–, artificio utilizado para despojar de su carácter árabe a la zona de Ahwaz,. Esta práctica de cambiar los nombres en la cartografía, en las ciudades y aldeas árabes por otras nominaciones de origen persa, siempre formó parte de las continuas políticas del colonialismo cultural, implementadas también en regiones habitadas por otras comunidades nacionales.
El colonialismo persa utiliza las herramientas de aculturación y deculturación, procurando la pérdida de identidad de los pueblos originarios en ese espacio geográfico conducido por los clérigos. Desde el momento en que se institucionalizó la ocupación de Ahwaz, el régimen persa prohibió el aprendizaje de la lengua materna de los lugareños. Esta medida contribuyó a promover índices educativos lamentables que registraron en década del ´40 el 97% de analfabetos entre la población árabe.
El gobierno actual, conducido por la aristocracia clerical persa, persevera en la aplicación de programas de erradicación de la cultura ahwazí. Una prueba contundente es la negativa de las autoridades ocupantes, a extender certificados de nacimiento a los niños que no tengan un nombre persa. Por otro lado, en las escuelas de Ahwaz ocupado está vedada la enseñanza del árabe, mientras que aquellos literatos y periodistas que en un gesto de audacia y rebeldía se atreven a escribir o pronunciar palabras en este idioma, reciben duras penas, en algunos casos son acusados de subversivos y condenados a muerte.
