EL OSO, LA AFTOSA Y EL MISIL: CUANDO LA MOTOSIERRA SE COME AL ESTADO

POR RAMIRO C. H. CAGGIANO BLANCO

PRIMERO FUERON LOS OSOS

A mediados de la década del 2000, un grupo de libertarios estadounidenses tuvo una idea tan pura como peligrosa: mudarse a Grafton, un pequeño pueblo de New Hampshire, y eliminar todo rastro de Estado. Sin impuestos, sin regulaciones, sin recolección de basura. Cada uno sería dueño de su libertad y de sus consecuencias.

El experimento terminó como debía terminar: con osos negros saliendo del bosque y entrando en las casas. Sin basureros que pagar, la comida quedó al alcance de las patas. Los osos perdieron el miedo, dejaron de hibernar y empezaron a atacar personas. El primer ataque en más de un siglo ocurrió en 2012. Una mujer fue atacada dentro de su propia cocina.

El Estado volvió a Grafton por la puerta de emergencia. Y costó más caro que antes: para paliar el desastre, tuvieron que aumentar los impuestos un 50% por sobre lo que se cobraba antes de la aventura libertaria. La motosierra, en el balance final, no ahorró: multiplicó el gasto.

SEGUNDO FUE LA MOTOSIERRA ARGENTINA

Décadas después, Javier Milei trajo la misma lógica al sur. La promesa era cortar el gasto innecesario. El problema es que la motosierra no distingue entre grasa y músculo. El Estado argentino empezó a sangrar por todos lados: el PAMI que atiende a los jubilados, el INTI que certifica la industria, el INTA que sostiene la investigación agropecuaria… y el SENASA, claro.

El SENASA fue el ejemplo perfecto —y el más caro—. Desmantelaron sus controles sanitarios, eliminaron registros obligatorios, flexibilizaron barreras históricas. La apuesta era que el mercado solo castigaría a los malos.

EL MERCADO NO CASTIGA: TE DEVUELVE LA CARNE.

Primero fue Chile, que detectó riesgos de aftosa y cerró la frontera. Después fue China, que encontró un antibiótico prohibido y rechazó 22 toneladas. La motosierra había cortado justo donde más duele: la confianza. Y sin confianza, el país exportador se queda sin país.

TERCERO LLEGÓ EL DOGE

La misma filosofía, ahora en la Casa Blanca. Elon Musk, al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental, aplicó la receta con entusiasmo. Había que eliminar grasa estatal. La grasa, según el diagnóstico, eran los analistas de Medio Oriente, los expertos en petróleo, los diplomáticos de carrera.

Cortaron. Despidieron. Vacíaron oficinas enteras. Llegaron al absurdo de eliminar la oficina dedicada a Irán y fusionarla con la oficina de Irak.

La Oficina de Recursos Energéticos perdió a casi todos los que sabían modelar una crisis en el Estrecho de Ormuz. La Oficina de Asuntos del Cercano Oriente perdió 80 empleados. El puesto de subsecretario para la región quedó vacante.

Seis meses después, Irán y Estados Unidos entraron en un conflicto abierto. Y nadie en Washington sabía con quién hablar, qué botón apretar ni cómo leer el tablero. El sector petrolero se quejó: «No tenemos a nadie a quién llamar». Los ciudadanos atrapados en la zona de guerra, también.

EL ESPEJO: DOS INVENTORES POLÍTICOS Y DOS EJECUTORES MERCENARIOS

Milei y Trump se parecen más de lo que quieren admitir. Cada uno, a su manera, es un inventor político: Milei creó el Ministerio de Desregulación; Trump inventó el DOGE. Dos laboratorios de la misma idea madre: el Estado es el problema, y la solución es cortar sin mirar.

Pero detrás de ellos hay dos ejecutores con vocación fundamentalista: Federico Sturzenegger en Argentina, Elon Musk en Estados Unidos. Hombres de convicción pura (o de ambición pura) que no se detienen a preguntar qué se pierde en el camino. La motosierra de Sturzenegger y el hacha de Musk son la misma herramienta con distinto logo. Uno desmanteló el SENASA; el otro, la inteligencia sobre Irán. Uno dejó al país sin controles sanitarios; el otro, sin analistas en medio de una guerra.

Ambos creen que el mercado lo resuelve todo. Ambos se equivocaron al mismo tiempo, en dos continentes distintos, con dos crisis distintas. Pero el error es el mismo: confundir eficiencia con eliminación.

LA LECCIÓN FINAL

Trump terminó en un callejón sin salida. El mismo callejón al que entran todos los que creen que el Estado es solo un gasto y no una herramienta. Porque los osos no negocian con el mercado. La aftosa no entiende de desregulación. Y los misiles no esperan a que termine la reingeniería administrativa.

La lección de Grafton, de Milei y del DOGE es la misma, escrita con distintos idiomas: el Estado no es el enemigo. El Estado es lo que queda cuando el oso entra a tu casa. Y si lo desarmas antes, después lo armas de apuro. Siempre más caro. Siempre peor. Como en Grafton, con un 50% más de impuestos. Como en Argentina, con toneladas de carne devueltas. Como en Washington, con un callejón sin salida y un misil de fondo.

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