PIEDRA, PAPEL Y ALGORITMO

DEL CÓDIGO DE HAMMURABI A PALANTIR: CÓMO LLEVAMOS SIGLOS FABRICANDO MÁQUINAS PARA MOLDEAR CONCIENCIAS

POR RAMIRO CARLOS H. CAGGIANO BLANCO

PIEDRA: EL CÓDIGO DE HAMMURABI Y EL TEATRO GRIEGO

El Museo Británico guarda un objeto extraordinario: una estela de diorita negra de 2,25 metros de altura, tallada hacia 1750 a.C. Es el Código de Hammurabi. 282 leyes escritas en escritura cuneiforme. La elección de la piedra era todo un mensaje, la garantía de la inmutabilidad: lo que está escrito en piedra no se discute. O se discute muy lentamente.

Pero la piedra no es solo escritura. Siglos después, en Atenas, los griegos inventaron otro dispositivo: el teatro. Las grandes tragedias y comedias no eran entretenimiento de fin de semana. Eran una liturgia cívica, financiada con impuestos a los ricos, de asistencia casi obligatoria. ¿Su función? Según Aristóteles, la catarsis: purgar el miedo y la compasión. Pero esa purga no era neutral. Al final de la función, el espectador volvía a casa reintegrado al orden. Había visto a Edipo castigado por su hybris. Había visto a Medea cometer el horror. Había reído de los políticos corruptos, pero sin cuestionar el marco de la Democracia Ateniense.

El teatro griego era, en los hechos, una industria cultural preindustrial: producía ciudadanos dóciles pero críticos dentro de ciertos límites. No hacía falta un decálogo escrito. Bastaba con ver a Edipo arrancarse los ojos para entender que el destino no se burla.

PAPEL: LA IMPRENTA Y EL NACIMIENTO DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Avancemos dos milenios. 1450. Gutenberg no sabía que estaba pariendo una Revolución. Los Chinos ya habían inventado la imprenta siglos antes, pero en Europa el contexto era otro: una Iglesia que tenía el monopolio de la interpretación.

De pronto, cualquier ciudadano con dinero podía imprimir un panfleto, traducir la Biblia o contradecir al Papa. Setenta años después, Lutero clava sus 95 Tesis en una puerta de Wittenberg. La imprenta no causó la Reforma protestante, pero la hizo imparable. La libre interpretación de la Biblia debilitó el monopolio de la verdad religiosa. Y ese hábito de discutir lo sagrado se trasladó a la economía, a la política, a la filosofía, a la ética y a la ciencia.

Nació el Iluminismo. Dos siglos y medio después, estalló la Revolución Francesa. Una máquina de papel puede derribar tronos. Y nadie lo vio venir.

Pero el papel también tuvo sus gárgolas. En la Edad Media, mientras la piedra de las catedrales enseñaba a los analfabetos, las gárgolas eran terror teológico materializado. Representaban al pecado, al demonio, al castigo. Estaban ahí para que el campesino levantara la mirada y viera lo que le esperaba si desobedecía. No hacían falta sermones. Una mirada hacia arriba bastaba.

Y luego estaban los santos: los primeros influencers de la historia. Cada uno con su especialidad: San Antonio para objetos perdidos, Santa Rita para lo imposible, San Jorge para la guerra. Las peregrinaciones eran el tráfico de esa economía simbólica. Las indulgencias, el primer micropago por salvación.

LA ACELERACIÓN: RADIO. TELEVISIÓN, REDES

Cuando la radio permite a Hitler hablar a 50 millones de alemanes en los años treinta, no inventa al líder carismático: lo amplifica hasta volverlo íntimo, susurrándole al oído a cada oyente en su cocina. Mussolini entendió esto antes que nadie: la radio era el quirófano acústico donde se operaban las almas.

Después vino la televisión. Umberto Eco distinguió dos etapas. La paleotelevisión era pedagógica, señalaba: «esto es la realidad». La neotelevisión, que explota en los años 80, solo habla de sí misma. Mezcla noticias con entretenimiento, verdad con espectáculo. De repente, ya no sabemos bien dónde termina el periodismo y empieza el show.

Llegaron las redes sociales. Y con ellas, un cambio de paradigma total: cualquiera emite, cualquiera viraliza, sin filtro, sin fact-checking. Cambridge Analytica nos mostró que con tus datos y tus emociones se puede diseñar una mentira a tu medida. En 2016, el diccionario Oxford eligió «posverdad» como palabra del año. No es que ya no existan hechos. Es que los hechos dejaron de importar más que las emociones. Y eso no es un accidente tecnológico: es un negocio.

ALGORITMO: PALANTIR Y LA DECISION SIN DUDA

Y ahora estamos aquí, con la Inteligencia artificial. No me refiero a ChatGPT escribiendo poemas. Me refiero a Palantir cuyo dueño acaba de “poner” al vicepresidente de la nación más poderosa de la tierra y de reunirse con Milei en la Casa Rosada, un Presidente que no cree en la Democracia. Peter Thiel tampoco. Una empresa paraguas que trabaja con la CIA, el Pentágono y los cinco ojos del espionaje mundial. Palantir entrena algoritmos para recomendar objetivos militares. En contextos como el de Irán, esa tecnología ya no es ciencia ficción: ayuda a decidir a quién bombardear.

Lo siniestro no es que la máquina sea cruel. Lo siniestro es que los humanos delegamos en ella la decisión de matar sin juicio, sin piedad, sin historia. La guerra se vuelve un problema de optimización. Y la inteligencia artificial, por primera vez, empieza a reemplazar lo más humano de la guerra: la duda.

Las gárgolas no tomaban decisiones. Los santos no lanzaban misiles. El teatro griego no aprendía solo. La diferencia entre un vitral de Chartres y un algoritmo de Palantir es que el vitral nos recordaba nuestro lugar en el cosmos. El algoritmo, en cambio, empieza a decidir quién tiene lugar en el Mundo… ¡y cómo será ese Mundo!

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