
POR RICARDO SANTORO (*)
Existen novelas que buscan construir una trama perfecta y existen novelas que buscan capturar una época. Viaje al fin del día, de Fabián Ariel Gemelotti, pertenece a este segundo grupo. Su valor no reside únicamente en la historia que cuenta, sino en la intensidad con que registra un determinado clima social, emocional y humano.
Gemelotti escribe como quien arroja una botella al mar. No parece interesado en la ornamentación del lenguaje ni en los juegos intelectuales de cierta literatura contemporánea. Su escritura es frontal, veloz, incómoda y visceral. Hay en sus páginas una voluntad deliberada de mostrar aquello que suele ocultarse: la soledad, el deseo, la violencia cotidiana, las frustraciones económicas, los vínculos rotos y la búsqueda desesperada de amor en un mundo cada vez más hostil.
La novela se desarrolla en una Rosario oscura, atravesada por tensiones sociales, desigualdades, barrios periféricos, violencia urbana y una profunda sensación de decadencia. Sin embargo, detrás de ese paisaje áspero aparece algo mucho más universal: la necesidad humana de encontrar sentido en medio del caos.
El protagonista es un personaje contradictorio y complejo. Puede mostrarse tierno y brutal, generoso y egoísta, romántico y autodestructivo. Su mirada sobre el mundo está atravesada por el resentimiento, el deseo y una permanente sensación de derrota. No es un héroe ni pretende serlo. Tampoco es un villano. Es, más bien, un hombre contemporáneo intentando sobrevivir a sus propias obsesiones.
Uno de los mayores aciertos de la novela es la construcción de Nicolee. En medio del universo áspero y excesivo que rodea al protagonista, ella aparece como una figura de refugio emocional. Nicolee representa la posibilidad del amor, la ternura y la redención. Su fragilidad convive con una enorme fortaleza interior. A medida que avanzan las páginas, se convierte en el verdadero centro afectivo de la historia. No es casual que las escenas más humanas y conmovedoras del libro estén ligadas a su presencia.
Gala, por otra parte, encarna el costado más caótico y desbordado de ese universo narrativo. Es un personaje impulsivo, imprevisible y profundamente ligado a los márgenes sociales donde transcurre buena parte de la novela. Su relación con el protagonista oscila entre la amistad, el deseo, la lealtad y la traición. Como ocurre con muchos personajes de Gemelotti, Gala nunca puede ser reducida a una sola dimensión.
Mención aparte merece Calipso, probablemente uno de los personajes más singulares del libro. Exagerado, provocador, grotesco y a la vez profundamente humano, Calipso funciona como una especie de símbolo de los márgenes urbanos. A través de él desfilan el humor, la tragedia, la exclusión y también una particular sabiduría nacida de la experiencia. Su presencia dota a la novela de algunos de sus momentos más memorables.
Los personajes secundarios cumplen una función importante dentro del entramado narrativo. Policías, abogados, vecinos, trabajadores, militantes, prostitutas, usureros y pequeños delincuentes forman una galería humana que contribuye a construir una visión amplia de la ciudad. Muchos aparecen fugazmente, pero dejan una impresión duradera. Esa característica le otorga al libro un ritmo particular, cercano al vértigo de la vida urbana contemporánea, donde las personas entran y salen de nuestras vidas con rapidez.
Desde el punto de vista estilístico, Gemelotti apuesta por capítulos breves, escenas intensas y una narración que avanza sin pausas. Su literatura parece influenciada por la velocidad de nuestro tiempo. Los acontecimientos se suceden de manera constante, como si el lector estuviera observando fragmentos de una realidad que nunca se detiene. Esa elección narrativa puede sorprender a quienes esperan estructuras clásicas, pero constituye una de las señas de identidad más reconocibles del autor.
También resulta imposible ignorar la presencia permanente del sexo en la novela. Sin embargo, reducir la obra a ese aspecto sería una lectura superficial. El sexo funciona aquí como lenguaje, refugio, escape, poder, consuelo y también como manifestación de la soledad de los personajes. Detrás de cada encuentro físico suele esconderse una necesidad emocional más profunda.
En muchas ocasiones se ha definido a Fabián Ariel Gemelotti como un escritor maldito. Tal vez sea una descripción adecuada. Pero también podría decirse que es un autor que se resiste a suavizar su mirada sobre la realidad. Sus personajes hablan, aman, odian y sufren sin filtros. Esa honestidad brutal es, probablemente, la principal razón por la que su obra genera adhesiones apasionadas y rechazos igualmente intensos.
Esta segunda edición de «Viaje al fin del día» permite volver sobre una novela que dialoga con algunas de las preocupaciones centrales de nuestro tiempo: la precariedad económica, la crisis de los vínculos, la violencia cotidiana, el desencanto político y la búsqueda de afecto en medio de la incertidumbre.
Como toda obra auténtica, no pide permiso ni ofrece respuestas definitivas. Simplemente abre una puerta hacia un mundo propio y deja que el lector decida si quiere atravesarla.
Y una vez atravesada, resulta difícil olvidarla.

(*) Escritor, ensayista y crítico literario. Buenos Aires, invierno de 2026.
