
POR MARTÍN OLIVARES
Hay una pregunta que casi nadie se hace porque la respuesta incomoda.
¿Y si la Literatura Argentina se hubiera vuelto demasiado obediente?
Obediente con el mercado. Obediente con la crítica. Obediente con los premios. Obediente con las modas. Obediente con las redes sociales.
En ese paisaje aparece VIAJE AL FIN DEL DÍA, una Novela que parece escrita contra la Obediencia.
No intenta convencer. No intenta educar. No intenta demostrar inteligencia. Mucho menos busca la simpatía del lector.
Simplemente avanza.
Como una cámara que recorre una Rosario donde conviven abogados empobrecidos, empleados judiciales, prostitutas, policías, narcos, barrios olvidados, sexo, violencia y un cansancio social que atraviesa cada página.
Gemelotti no construye una ciudad literaria. Construye una ciudad incómoda.
Y eso cambia todo.
La novela rompe con una tradición muy instalada en la narrativa contemporánea: la necesidad de justificar cada personaje. Aquí nadie explica demasiado. Nadie ofrece discursos tranquilizadores. Los personajes viven, desean, traicionan, aman y destruyen con una naturalidad que resulta inquietante.
El Lector queda solo.
Sin un narrador que le diga qué pensar.
Sin moralejas.
Sin red de contención.
Eso explica por qué Viaje al fin del día puede provocar rechazo. No porque sea provocadora por cálculo, sino porque parece incapaz de suavizar aquello que quiere mostrar.
Su lenguaje tampoco negocia.
No busca frases brillantes para ser citadas en redes sociales. No fabrica belleza artificial. La prosa golpea. Corre. Respira con ansiedad. Tiene algo de expediente judicial, algo de crónica policial y algo de confesión escrita después de una noche sin dormir.
Puede gustar o no.
Pero cuesta encontrar otra Novela Argentina reciente que escriba con semejante desprecio por las convenciones del prestigio literario.
Quizá por eso resulte inevitable pensar en aquellos escritores que alguna vez fueron considerados excesivos, incómodos o directamente impresentables. No porque Gemelotti escriba como ellos, sino porque comparte una decisión mucho más profunda: aceptar el riesgo de quedar afuera.
Las obras verdaderamente irreverentes nunca nacen en el centro del sistema cultural.
Nacen en los márgenes.
Desde allí molestan.
Desde allí reciben burlas.
Desde allí construyen lentamente sus propios lectores.
Tal vez Viaje al fin del día no sea una novela para todos.
Ni siquiera parece querer serlo.
Pero precisamente esa renuncia al consenso es una de sus mayores virtudes.
En tiempos donde abundan libros cuidadosamente diseñados para no ofender a nadie, Gemelotti entrega una ficción que vuelve a recordar una verdad olvidada.
La Literatura no siempre tiene la obligación de ser correcta.
A veces alcanza con que sea libre.
Y cuando una Novela decide ser completamente Libre, inevitablemente vuelve a convertirse en un OBJETO PELIGROSO.
