LOS PERSONAJES COMO METÁFORAS DE UN PAÍS EN DEMOLICIÓN

LA ARQUITECTURA POLÍTICA DE VIAJE AL FIN DEL DÍA

POR SEBASTIÁN ROMERO

Sería un error leer Viaje al Fin del Día únicamente como una novela de sexo, violencia o marginalidad. Debajo de esa superficie brutal existe una construcción política mucho más compleja. Fabián Ariel Gemelotti no escribe un panfleto ni una simple denuncia. Construye una radiografía donde cada personaje representa un sector de la Argentina contemporánea y el modo en que ese sector es transformado por una sociedad que, durante el Gobierno de Javier Milei, aparece atravesada por el ajuste económico, la incertidumbre y el deterioro del tejido social.

El protagonista no es solamente un hombre. Es la representación de una clase media profesional que creyó que el estudio, el trabajo y el esfuerzo garantizaban una vida estable. Es Abogado, trabaja en Tribunales y vive con la ilusión de convertirse en escritor. Sin embargo, el ajuste económico va pulverizando esas certezas. El salario pierde valor, las deudas aparecen, el crédito se vuelve una trampa y el personaje descubre que la movilidad social ascendente ha dejado de existir. Su caída no es únicamente económica: es también moral y emocional. La violencia que termina abrazando es la consecuencia de un mundo donde las instituciones dejaron de ofrecer respuestas.

Nicolee representa otra Argentina. Es la juventud empobrecida que todavía conserva cierta inocencia pero vive permanentemente al borde del precipicio. Su historia familiar rota, la falta de oportunidades laborales y su dependencia económica muestran cómo la pobreza deja de ser una excepción para convertirse en una condición estructural. Nicolee es, quizás, el último espacio de ternura dentro de una Novela donde casi todo termina contaminado por la violencia.

Gala ocupa un lugar diferente. Ella simboliza la adaptación desesperada al nuevo orden. Cuando el trabajo desaparece, el cuerpo se convierte en mercancía. No aparece retratada como un monstruo ni como una víctima absoluta, sino como alguien que sobrevive utilizando los pocos recursos que conserva. Gemelotti parece sugerir que el mercado termina colonizando incluso las relaciones más íntimas cuando el Estado retrocede y la economía expulsa.

Calipso probablemente sea el personaje político más interesante del libro. Vive en una villa, convive con narcotraficantes, conoce policías, fiscales y punteros políticos, y al mismo tiempo posee cultura, lee libros y expresa opiniones sobre el rumbo del país. Es el puente entre los márgenes y el poder. Su muerte no representa solamente un crimen: simboliza la eliminación de quienes conocen demasiado acerca de las conexiones invisibles entre el delito, la política y las instituciones.

Los policías, fiscales y funcionarios judiciales aparecen como engranajes de un sistema degradado. La novela no distingue entre corrupción política, corrupción policial o corrupción judicial: las presenta como partes de una misma estructura donde el poder circula de manera informal y donde la legalidad convive con el crimen organizado.

Los prestamistas cumplen otro papel fundamental. Son el reemplazo del Estado de Bienestar. Cuando desaparece el crédito accesible, aparecen la usura, las amenazas y las Economías Clandestinas.

La Deuda deja de ser un Instrumento Financiero para convertirse en un Mecanismo de Disciplinamiento Social. En esa lógica, el ciudadano ya no negocia con un banco; negocia directamente con la violencia.

Incluso los personajes secundarios —el taxista, los comerciantes, los vecinos, los compañeros de trabajo— forman parte de una Argentina fragmentada. Discuten política, defienden o critican al Gobierno, sobreviven como pueden y, mientras tanto, observan cómo el deterioro económico modifica lentamente sus propias vidas. Ninguno logra escapar completamente de la crisis.

Lo más interesante es que Gemelotti evita presentar un conflicto entre buenos y malos. El verdadero antagonista no es un personaje sino un clima histórico. Es una Sociedad donde el Ajuste Económico, la Pérdida del Poder Adquisitivo, la Precarización y la Expansión de las Economías Ilegales van desintegrando los vínculos sociales.

En ese sentido, Viaje al Fin del Día puede leerse como una Novela Política en el sentido más profundo del término. No porque explique un Programa de Gobierno, sino porque intenta responder una pregunta mucho más inquietante: ¿Qué ocurre con las Personas cuando las Instituciones dejan de ordenar la vida colectiva y el Mercado pasa a regular hasta las relaciones humanas más íntimas?

La respuesta de Gemelotti es profundamente pesimista. El Trabajo deja de proteger, la Justicia deja de impartir justicia, la Policía deja de garantizar seguridad y la Política aparece incapaz de ofrecer un horizonte compartido.

Cada personaje intenta sobrevivir por separado. Esa soledad termina siendo el verdadero rostro de la decadencia.

Más que escribir una novela sobre un Gobierno, Gemelotti escribe sobre una Sociedad que siente que ha perdido el control de su propio destino. Esa es, quizás, la dimensión política más poderosa de Viaje al Fin del Día.

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