FABIÁN ARIEL GEMELOTTI: EL ESCRITOR QUE NO QUIERE UN LECTOR CÓMODO

POR HORACIO ANTONIO ROSCO

Hay escritores que buscan seducir al lector. Otros pretenden emocionarlo, enseñarle una lección o reconciliarlo con el Mundo. La Literatura de Fabián Ariel Gemelotti parece elegir el camino contrario: su apuesta consiste en destruir cualquier sensación de comodidad.

Leer a Gemelotti implica aceptar que el Libro no va a pedir disculpas. No hay personajes ejemplares, no hay discursos moralizantes ni una escritura interesada en embellecer la realidad. Todo aparece expuesto con una crudeza deliberada. El sexo, la violencia, la corrupción, el dinero, la desesperación económica y la degradación humana son presentados sin filtros ni anestesia.

En Viaje al Fin del Día, el autor convierte la incomodidad en un procedimiento Literario. Cada capítulo parece preguntarle al lector cuánto está dispuesto a soportar antes de cerrar el libro. Cuando parece que la narración se estabiliza, vuelve a introducir escenas, diálogos o situaciones destinadas a romper cualquier expectativa de lectura confortable.

Gemelotti no parece interesado en agradar. Tampoco en construir personajes simpáticos. Sus protagonistas suelen ser contradictorios, impulsivos, moralmente ambiguos y muchas veces desagradables. Esa decisión obliga al lector a abandonar la búsqueda del héroe clásico para enfrentarse a seres humanos atravesados por el deseo, el resentimiento, la pobreza y la violencia.

La provocación tampoco funciona como un mero recurso publicitario. En esta narrativa, el exceso constituye una estética. El lenguaje directo, las escenas extremas y la acumulación de conflictos forman parte de una misma estrategia: impedir que la literatura se convierta en un objeto decorativo o de consumo rápido.

Hay una declaración implícita en esta obra: la literatura no tiene la obligación de ser amable. Puede irritar, incomodar, provocar rechazo e incluso generar enojo. Gemelotti parece escribir precisamente para ese lector que acepta ser puesto contra las cuerdas.

En tiempos donde buena parte de la producción cultural busca no ofender a nadie, la obra de Gemelotti avanza en dirección opuesta. Su narrativa desafía los consensos, renuncia a la corrección y convierte el conflicto en el verdadero motor de la escritura.

Puede discutirse su estilo, sus decisiones narrativas o su radicalidad. Lo que resulta difícil es permanecer indiferente. Y quizá ese sea el mayor triunfo de su literatura: obligar al lector a reaccionar. Porque un libro que incomoda suele dejar una huella más profunda que uno que simplemente confirma las certezas de quien lo lee.

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