HAITI – LOS ARTICULOS DEL NEW YORK TIMES

CUADRO DE JANUARY SUCHODOLSK «BATALLA EN SANTO DOMINGO»

ESCRIBE ALBERTO CORTES

Haití es el país más pobre de América Latina. Un 74,6% de la población está bajo la línea de pobreza, el 54% en pobreza extrema, la tasa de desempleo es del 70% y el empleo en blanco es de sólo el 10%, según la O.I.T. El P.B.I. per cápita está apenas por encima de los 2 u$s/día por habitante, cantidad fijada por el Banco Mundial como limite entre pobreza y pobreza extrema. Posee varios recursos minerales y, además de la agricultura y la ganadería históricas, tenía grandes bosques, pero la deforestación indiscriminada los ha reducido al 1,5% del territorio, lo que ha causado una gran erosión y escasez de agua potable.

La inestabilidad política y la inseguridad son tales, que cuando meses atrás el primer ministro –única autoridad precaria tras el asesinato por un grupo comando del ex presidente Moïse, también de dudosa legitimidad– intentó un homenaje al padre de la patria Jean-Jacques Dessalines en el lugar de su asesinato, fue echado a tiros del lugar y un par de días después, los jefes de las pandillas hicieron allí su propio homenaje y difundieron profusamente las fotos.

A fines de mayo el New York Times (N.Y.T.) publicó una serie de artículos de los periodistas Catherine Porter, Constant Méheut, Matt Apuzzo and Selam Gebrekidan, quienes durante más de un año, y asistidos por un importante equipo, se dedicaron a estudiar las causas de esta situación, rastreando en archivos y entrevistando a personas que pudieran aportar información, no sólo en Haití, sino también en Francia, los EE.UU. y otros países.

Saint Domengue, la colonia francesa que pasó a llamarse Haití, fue la más lucrativa de todas las colonias de Francia, con su producción de azúcar para el mercado mundial, especialmente europeo. Entre 1785 y 1790, absorbió el 37% de todo el comercio transatlántico de esclavos. Los que sobrevivieron a la travesía constituían el 90% de la población de la colonia. Aplastados por el hambre, el agotamiento y los castigos públicos extremadamente brutales. En las elegantes plazas de la isla, los colonos se agolpaban en masa para ver a los esclavos ser quemados vivos o descuartizados, miembro por miembro, en una rueda. Estos castigos sádicos eran muy comunes. Incluso existía la técnica de rellenar al esclavo con pólvora antes de dispararle como una bala de cañón.

En 1791 comenzó la primera y única revuelta de esclavos exitosa en el mundo que culminó con la creación de una Nación Nueva e Independiente en 1804, décadas antes de que Gran Bretaña aboliera la esclavitud o estallara la Guerra Civil en Estados Unidos. Napoleón, que había reimplantado la esclavitud abolida por la Revolución Francesa, incluso en las colonias; perdió allí más hombres que en Waterloo y acabó por llamar a sus tropas.

Pero veintiún años después de la proclamación de la independencia, los buques de guerra franceses surgieron frente a las costas de Haití. A bordo, 500 cañones y el enviado del rey, con un ultimátum: Si no pagan una suma astronómica a los antiguos tenedores de tierras y esclavos como compensación, habrá guerra otra vez.

Haití no tenía aliados en los que confiar. Al negarse a reconocer su independencia, las potencias mundiales la excluyeron de las naciones. Los legisladores estadounidenses, en particular, temían que sus propios esclavos se inspiraran en el ejemplo haitiano y se rebelaran.

El presidente haitiano cedió entonces a las demandas de Francia, con la esperanza de que el reconocimiento internacional garantizaría la prosperidad comercial y la seguridad del país.

Esto a menudo se conoce como la «Deuda de la Independencia». No había base para ninguna deuda. Fue un rescate ante una extorsión. 

El rey de Francia le había encomendado a su enviado una segunda misión: asegurarse de que la antigua colonia tomara prestado de los bancos franceses para hacer sus pagos.

Esto se llamó la «doble deuda» de Haití: la indemnización y el préstamo tomado para pagarla. Colosal, estimuló el crecimiento del jovencísimo sistema bancario internacional de París y precipitó a Haití en la senda de la pobreza y el subdesarrollo. Citan a un historiador que afirma que sólo las comisiones de los banqueros ese año excedieron los ingresos totales del gobierno haitiano.

Y eso fue únicamente el comienzo: La doble deuda contribuiría a arrastrar a Haití a una espiral de endeudamiento que lo debilitaría por más de 100 años, desviaría gran parte de sus ingresos y socavaría su capacidad para construir instituciones e infraestructuras esenciales para cualquier nación independiente. 

Generaciones después de que los esclavos se rebelaran para crear la primera Nación Negra Libre en las Américas, sus descendientes se verían obligados a trabajar por salarios míseros, si es que los recibían, en beneficio de terceros: primero los franceses, luego los estadounidenses y finalmente sus propios dictadores.

Mientras tanto, la doble deuda ha caído al basurero de la historia: Francia no ha hecho más que minimizarla siempre, distorsionarla o borrarla de la memoria. Solo un puñado de eruditos lo han estudiado en detalle. 

Según los cálculos del N.Y.T., Haití desembolsó aproximadamente $560 millones en términos de valor actual. Pero esta suma está lejos de corresponder al déficit económico real que sufre el país. Si hubiera permanecido en la economía haitiana y hubiera podido crecer allí durante los últimos dos siglos a la tasa de crecimiento actual del país, en lugar de enviarse a Francia sin ninguna contrapartida de bienes ni servicios; en última instancia le habría aportado a Haití 21.000 millones de dólares. Y eso aun teniendo en cuenta la notoria corrupción y despilfarro que hay en el país.

Aunque algunos historiadores suponen que, sin el peso de la expoliación francesa, de todos modos las elites negras o mulatas se habrían apropiado de los excedentes; otros creen que sin ese factor Haití podría haberse desarrollado a un ritmo similar a otros países latinoamericanos, por ejemplo su vecina República Dominicana.

En 1888, cuando el país finalmente hizo su último pago vinculado a los antiguos esclavistas, la deuda estaba lejos de saldarse. Para pagar, Haití pidió prestado a otros acreedores extranjeros. Estos últimos, en connivencia con los codiciosos funcionarios haitianos indiferentes al sufrimiento de su pueblo, absorberían gran parte de los ingresos del país durante décadas.

En 1914 infantes de la Marina estadounidense ingresaron a la sede del Banco Nacional de Haití y salieron con 500.000 dólares en oro, que en pocos días estaba en la caja fuerte de un banco de Wall Street. Las fuerzas estadounidenses tomaron el país el verano siguiente y lo gobernaron con fuerza bruta durante 19 años. Incluso después de que los soldados se marcharan en 1934, Haití siguió bajo el control de las autoridades financieras estadounidenses que movieron los hilos del país durante otros 13 años.

Estados Unidos declaró que la invasión de Haití era necesaria. Según su justificación, el país era tan pobre e inestable que, si Estados Unidos no se hacía cargo, lo haría otra potencia. El secretario de Estado, Robert Lansing, también describió la ocupación como una misión civilizadora para acabar con la “anarquía, el salvajismo y la opresión” en Haití, convencido de que, como escribió una vez, “la raza africana carece de toda capacidad de organización política”.

Bajo la fuerte presión del National City Bank, predecesor del Citigroup, los estadounidenses hicieron a un lado a los franceses y se convirtieron en la potencia dominante en Haití durante las siguientes décadas. Estados Unidos disolvió el parlamento de Haití a la fuerza, mató a miles de personas, controló sus finanzas durante más de 30 años, envió una gran parte de sus ganancias a banqueros de Nueva York y dejó a un país tan pobre que los agricultores que ayudaron a generar los beneficios a menudo vivían con una dieta “cercana al nivel de inanición”, según determinaron funcionarios de las Naciones Unidas en 1949, poco después de que los estadounidenses soltaran las riendas.

En Francia (y los EE.UU., agrego yo), esta historia se pasa en silencio. Los planes de estudios de las escuelas francesas no mencionan las reparaciones que generaciones de haitianos se vieron obligados a pagar a sus antiguos amos. Entonces, cuando un líder de Haití plantea el tema con fuerza, el gobierno francés toma el asunto en alto y trata de sofocar la controversia.

Jean-Bertrand Aristide ex sacerdote y el Primer Presidente elegido democráticamente después de una larga dictadura, en 2003; anunció que exigiría a Francia el reembolso de las sumas extorsionadas e instruyó a un equipo de abogados para reunir lo suficiente para iniciar un procedimiento legal internacional. El gobierno francés respondió nombrando una comisión pública para examinar las relaciones entre los dos países. Detrás de escena, sin embargo, la comisión recibió instrucciones de “no decir una palabra en la dirección de la restitución”, confesó a N.Y.T. el embajador de Francia en Haití en ese momento.

Un mes después, el gobierno francés y el norteamericano ayudarían a sacar del poder a Jean-Bertrand Aristide con el pretexto de evitar que la agitación política que sacudía a Haití degenerara en una guerra civil (El entonces embajador de EE.UU. en Haití, sacó ahora una carta pública respondiendo al N.Y.T. y echándole la culpa exclusivamente a los franceses).

En 2015, el presidente francés François Hollande asombró a su audiencia al calificar el tributo rendido por Haití como un “rescate por la independencia”. “Cuando vaya a Haití”, prometió, “a cambio pagaré la deuda que tenemos”. El público, donde se encontraba el entonces presidente haitiano, se puso de pie y lo aplaudió con fervor. Algunos lloraban emocionados. Pero el entusiasmo duró poco. Unas horas más tarde, la comitiva de Hollande dijo a las agencias de noticias que este último estaba hablando de la «deuda moral» de Francia con Haití, y no de una compensación financiera. La posición de Francia no cambió desde entonces.

Todo esto, y bastante más, no salió publicado en el Granma ni en Prensa Latina, sino en el New York Times (EE.UU.)

La Historia de Haití, con sus particularidades, no es demasiado diferente de la del resto de América Latina. Sólo es su caso más extremo.

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