EL DESAFIO

ESCRIBE JORGE RENDON VASQUEZ

“¡Sí! Allí estaba.” —se dijo Alberto, contemplando el edificio de doce pisos levantado sobre el lado izquierdo de la calle Pasteur,  muy cerca de la avenida Rivadavia. Luego, se encaminó hacia un café cercano. 

Unos treinta años antes, en el terreno donde estaba aquel edificio había una casa, construida tal vez un siglo antes, en cuya  planta baja se veía dos tiendas y una puerta por la que se accedía  al primer piso. En éste había un departamento con vista a la calle,  un gran comedor y una cocina. El dueño de esa casa, un gallego  viudo de casi sesenta años, vivía en el departamento con su hija.  El comedor formaba parte de la pensión González, que pertenecía también al Gallego y llevaba su apellido. En el segundo piso, al que  se llegaba por una angosta escalera, numerosas habitaciones  pequeñas, cada una con dos o tres camas y sus correspondientes  roperos, se alineaban frente a un patio y dos pasillos. 

La mayor parte de ocupantes de las habitaciones eran  pensionistas de vieja data. El más antiguo, un hombre viejo,  esmirriado y alto, vestido con desgastados y lustrosos trajes y  corbata, un radical de la primera hora —como él mismo decía—,  pagaba su vida con una modesta pensión de jubilado. Le seguía un  tucumano, morocho, que debía de andar por los cuarenta años,  llamado Miguel, obrero de una fábrica metalúrgica y peronista.  Los demás provenían, en su mayor parte, del interior, y sus edades  variaban entre los veinte y los cuarenta años. Eran obreros,  empleados y estudiantes.  

Alberto compartía una habitación con Enrique, un salteño de veintitrés años, de tez morena, enjuto y bajo, de ojos vivaces y  rápido en responder, a quien le decían el Chango, y con Julián, un  tucumano de edad similar, cuyo placer era dormir los sábados por  la tarde y los domingos. Entre ellos e Iván, un correntino, rubio,  un tanto lento y de padres ucranianos, se había tejido una estrecha  amistad que los llevaba a interpolar, de cuando en cuando, su vida  rutinaria en el trabajo y la pensión con algún espectáculo teatral o deportivo. Ninguno de ellos tenía familia en la Capital. Algunas veces se habían preguntado adónde irían a recalar, marchando por un camino del que sólo veían el comienzo, alargándose día a día y  sin otra esperanza que su trabajo como obreros. Pero ninguno de ellos supo aportar una respuesta a esta pregunta.

Cierta vez,  Alberto los llevó a un baile al que había sido invitado por un estudiante de la Facultad de Derecho que se empeñaba en afiliarlo a una Organización Obrero-Estudiantil. Se realizaba en una residencia del Barrio Norte, facilitada por una estudiante de ese grupo, con la finalidad de incorporar a algunos nuevos prosélitos y, de paso, como tarea que les había sido asignada, proveerse de algunos recursos económicos. Estaba repleto de chicas y chicos de  la Facultad que hablaban con gran propiedad y fumaban sin  tregua. Pero no pudieron bailar ni una sola pieza. Los aislaron y  no les hicieron caso, ni siquiera para servirles un trago, pese a que habían pagado su cuota de ingreso. 

Sólo el Chango tuvo un comentario ácido sobre esta decepcionante experiencia. 

—Eso nos pasa por meternos donde no debemos —dijo. Avergonzado, Alberto guardó silencio y sólo pudo añadir a modo de disculpa: 

—Me pregunto si, de llegar a tener la guita de esos estudiantes, nosotros cambiaríamos y seríamos como ellos. —No creo que lleguemos a tener guita nunca, somos unos  rascas, pero, si alguna vez llego a tenerla, me parece que yo no cambiaría. 

Julián e Iván movieron la cabeza, asintiendo, aunque lo más probable era que no comprendieran lo que se estaba hablando. Los cuatro amigos ocupaban en el comedor de la pensión una de las doce mesas. Aunque el ambiente estaba siempre animado por el bullicio de las conversaciones y las chanzas, nadie se propasaba, por temor al Gallego que, desde otra mesa, vigilaba silencioso y con el semblante fruncido, listo a descargar sin piedad el hacha definitiva de la expulsión, cuya sombra hacía temblar a los pensionistas, en razón de que la comida, pese a su simplicidad,  no llegaba en proporciones mezquinas y el precio de la pensión era muy cómodo para sus reducidos ingresos. 

Un personaje infaltable en el comedor era Lilí, la hija del  Gallego, una delgada muchacha de veinte años, poco favorecida  por la belleza, pero dueña de una dulce y fresca sonrisa. Esta  sonrisa y una intencionada chispa de ternura en su mirada habían encandilado a Enrique. 

Pasaron varias semanas antes de que Enrique y Lilí  amagaran breves y titubeantes pláticas. Entonces, fue notorio para todos que la delicada Lilí se sentía más que contenta de tener  un probable candidato. En su puesto de observación, el Gallego parecía no reparar en la idílica atracción de los dos jóvenes,  aunque atisbaba impertérrito y con disimulo a Enrique. Algún tiempo después, trascendió en la pensión que el Gallego le había preguntado a un antiguo pensionista sobre el origen y el trabajo de Enrique, y sobre si era realmente un muchacho serio y formal. 

Sabiéndose bajo examen, el Chango, ya enamorado sin remedio de Lilí, exacerbaba su buen comportamiento, al mismo tiempo que su timidez se desvanecía aguardando una oportunidad,  que ignoraba cuándo podría presentarse, para declararle su amor. 

De repente, su esperanza de conquistarla, ya ad portas, fue  turbada por la irrupción de un nuevo pensionista, empleado de una firma comercial, mayor que él y vestido con impecable pulcritud.  Con una desenvoltura que parecía brotarle naturalmente, el recién llegado, saludó a la pequeña Lilí, con una fascinante sonrisa y una frase tan gentil y graciosa que fueron suficientes para que su candorosa destinataria abriera su disposición a comunicarse con él. En los días siguientes, los intencionados saludos del recién llegado a la joven continuaron. La simpatía hacia éste que iluminó el rostro de Lilí no pudo sino alarmar a Enrique.  

El Chango preguntó por ese intruso y le informaron que se llamaba Juan Carlos, y que era un Rosarino aficionado al teatro en el que trataba de colocarse como actor. 

Lilí, sin embargo, seguía ofreciéndole a Enrique su límpida sonrisa, más encendida ahora por la certeza de sentirse deseada por más de uno. 

Al Gallego, su circunspección no le impidió advertir el triángulo formado por su hija y los dos jóvenes pensionistas, pero su rostro se mantuvo impasible. 

Preocupado, el Chango comentó con sus amigos el giro que iban tomando las cosas. Pero, tan inexpertos como él en estas lides,  no supieron qué aconsejarle. 

—Si no hago algo pronto, me la va a afanar —se lamentó el Chango. 

—¿Por qué no le preguntás a Miguel? Él debe de saber más que nosotros de estas cosas —le sugirió Julián. 

—¿Vos creés? Mirá que es soltero. 

—Se entiende de lo lindo con Josefa. La negra es divorciada y  no lo deja ni a sol ni a sombra. 

En la tarde del sábado siguiente, el Chango se acercó a  Miguel, quien refregaba su ropa en el lavadero. 

—Me permitís unas palabras —le dijo. 

—Sí. ¿De qué se trata? 

Enrique le refirió su drama. 

—Si a vos te interesa esa piba, tenés que ganártela. —Pero, ¿cómo? 

—Siendo más insinuante con ella y derrotando a tu rival en su propio terreno. 

—No tengo ni para comenzar con él. El turro se las sabe todas,  y con su pinta y su chamuyo no debe de tener dificultades para convencer a las minas. Lo más seguro es que enamore a la piba sólo para acostarse con ella. 

—En ese caso, no tenés más que enfrentarte a él. 

—Tendría que hablarle y, si no renuncia a seguir jodiendo, no me quedará más camino que pelear. 

—No veo otra salida. 

No muy convencido por la insinuación de Miguel, el Chango volvió a su cuarto pensativo y más atribulado todavía. 

El enfrentamiento se precipitó dos días después, cuando Enrique observó que el aprendiz de actor saludó a Lilí con una cautivante sonrisa y departió con ella un buen rato a la hora del almuerzo. Con la sangre hirviendo, el Chango se dijo que ese asunto tenía que resolverlo ese mismo día. 

Por la noche, abordó al Rosarino cuando éste se dirigía a su cuarto y sin más le espetó

 —¡Mirá, che! He venido observando que te has lanzado a enamorar a Lilí y eso no me gusta. 

El otro, sorprendido, vaciló un instante y respondió airadamente. 

—¿Y a mi, qué me importa que no te guste? 

—Estoy en relación con ella desde antes que vos llegaras a la  pensión. 

—¡¿Y, eso qué?! ¡Dejame tranquilo, querés! 

—¡Si querés tranquilidad, tenés que apartarte de ella! —Y si no me da la real gana, ¿qué? 

—¡Que te las vas a ver conmigo! 

—¡No me hagás reír! 

—¡Reíte si querés! ¡Yo no me río! Quiero a esa piba y pelearé  por ella. 

Mirando desdeñosamente a su súbito adversario, bajo y flaco,  el interpelado replicó: 

—¡Lo que vos estás buscando son unos chirlos para que te quedés quieto! 

—¡Como no me tomás en serio y querés seguir jodiendo vamos a resolver esto peleando! 

—¡Dónde quieras y cómo quieras! 

—¡Recién hablás bien! ¡Pelearemos el sábado a las cuatro de la tarde, aquí en el patio, y será a cuchillo. 

—Te estaré esperando. ¡Ya verás como te achuro como a un chancho! 

Juan Carlos partió hacia su habitación, y el Chango se fue a visitar a Miguel. Lo encontró sentado en su cama y le dijo: —Vuelvo por lo mismo.  

Le relató su altercado y añadió: 

—¡Servime de árbitro! 

—¡Pará! Es un poco jodido lo que me pedís. 

—Vos no vas a comprometerte en nada. Lo único que quiero es que le digás al tipo que vos serás el árbitro y que nos entregarás las cuchillas. Yo te daré la guita para comprarlas. Deben ser  iguales. 

—Pibe, me parece que exagerás. 

—Para nada. Mirá, compañero, espero que no me des la espalda en este trance. 

—¡Estás loco, pibe! 

—Lo he pensado bien y no voy a desistir. ¡Andá, ahora está en su cuarto! 

Impresionado por la determinación de su joven amigo y sintiendo el peso de su mirada, Miguel se dirigió al cuarto de Juan Carlos. 

Aunque se suponía que Miguel guardaría una absoluta reserva sobre el cometido que le había sido confiado, no pudo resistir el interrogatorio de Josefa, en la cama la noche siguiente,  y sucumbió fácilmente. No bien llegó a la pensión, la morocha les soltó el chimento a las cocineras y, en seguida, todos en la pensión se enteraron del desafío, si bien aparentando ignorarlo, como si se hubieran puesto de acuerdo.  

Obviamente, el Gallego también fue informado del lance y, en su pequeño trono, no pudo ocultar un leve rictus de inquietud o de satisfacción, era difícil precisarlo. Lilí, por supuesto, se abstuvo de mostrarse en el comedor, al parecer para desalentar los comentarios de los comensales y evitar sus miradas curiosas. 

Con el dinero suministrado por el Chango, Miguel compró dos cuchillas en una tienda de la Plaza del Once y las exhibió en su cuarto. Se procuró, además, los elementos para una cura de primeros auxilios, en la farmacia próxima. 

El Sábado, al aproximarse las cuatro de la tarde, los pensionistas ya estaban ubicados junto a las paredes del patio,  algunos sentados en sus sillas. El viejo radical comentaba que en  otros tiempos ya lejanos él había visto batirse a muerte, en un peringundín, a dos compadritos, y que nunca hubiera creído que todavía quedaban guapos.  

Vestido con una remera blanca, un pantalón liviano y  alpargatas, el Chango esperaba en su cuarto, animado por Julián, Alberto y el rubio Iván.  

A la hora precisa, el árbitro salió, llevando las dos cuchillas sobre una almohada, y se ubicó en el centro del patio, ante la mirada expectante de los pensionistas. Alzando la voz, llamó por sus nombres a los contendores. El Chango se presentó de inmediato.  Juan Carlos, en cambio, no apareció. 

La espera se prolongó un cuarto de hora y, luego, media hora más, a pedido del público, que sin duda quería ver sangre. De ahí en adelante, el murmullo de los pensionistas se hizo más intenso.  Al vencerse la prórroga, Miguel decidió: 

—¡Esperemos aún! 

Y nadie se movió de su sitio. 

Una hora después, fue evidente para todos que Juan Carlos no vendría.  

Quien se acercó primero a felicitar al victorioso contendor fue Miguel. Luego desfilaron los demás pensionistas. Y, en la cocina, poco faltó para que el personal estallase de alegría. 

Pasadas las seis de la tarde, llegó la noticia de que un compañero de trabajo de Juan Carlos acababa de pagarle su cuenta al Gallego y que se llevaba su valija y otras pertenencias. 

Cuando esa noche, el Chango bajó a cenar, fue sorprendido por la efusiva sonrisa del Gallego en respuesta a su saludo. Lilí no  tardó en llegar, desbordante de orgullo. Se acercó a la mesa del joven y, sentándose frente a él, le dijo: 

—¡Chango, nunca dudé de que ibas a ganar! ¡Espero que ahora me invités a salir! 

Los ojos del Chango refulgieron. 

Al comenzar la semana siguiente, el Gallego instaló al enamorado ya oficial de su hija en una habitación del primer piso y le señaló como mesa del comedor la suya. 

Alberto concluyó su café y se dirigió al edificio que había observado. A través de la puerta acristalada se veía un lujoso vestíbulo recubierto de mármol y las puertas de dos ascensores.  Pensó un instante y, decidiéndose, oprimió el botón de la portería  en el intercomunicador. Le respondió una voz de mujer. 

—Señora —dijo Alberto—, quisiera hablar con usted. —¿De qué se trata? 

—Le agradecería me informe sobre el propietario del edificio. —¡Ya salgo! 

Desde el fondo avanzó una gruesa mujer de unos cuarenta  años. Lo examinó con la mirada y abrió la puerta. 

—Señora, hace unos treinta años, en el terreno donde se levanta ahora este edificio había una casa que pertenecía a un señor gallego que vivía con su hija. Quisiera saber si este edificio le pertenece. 

—¿Se refiere usted al señor Esteban González?  

—¡Sí! 

—Él falleció hace muchos años. Los propietarios son su hija y  el esposo de ésta. 

—¿El esposo se llama Enrique? 

—Sí, señor. 

—Pasé más de cinco años con él en un cuarto de la pensión  que había en esa casa. ¿Viven aquí? 

—¡No! Habitan en un departamento en el Barrio Norte,  Avenida Libertadores 2534, si le interesa. 

—¿Tienen hijos? 

—¡Sí! Dos mujeres y un hombre, pero ya están casados. —La suerte les ha sonreído en la vida, según veo. 

—¡Y mucho! Además de este edificio tienen otros cinco.  Comenzaron construyendo éste. La base fue la fortuna del suegro.  El trabajo del señor Enrique hizo el resto.  

Alberto no pudo reprimir un gesto de aprobación, dejó a la portera y se encaminó hacia la avenida Corrientes, pensando cuánto podría haber cambiado el Chango, como la vieja casa donde estaba la pensión, y si valdría la pena visitarlo.

17 HS. EN PLAZA SAN MARTIN PARA MARCHAR AL PARQUE A LA BANDERA

Hoy, 25 de Noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia hacia las Mujeres, recordamos a las hermanas Mirabal y nos movilizamos contra la violencia machista que afecta a mujeres, lesbianas, travestis, trans, intersexuales, identidades no binarias y originarias.

¡Porque con vida y libre nos queremos nos encontramos todas y todes para marchar!

¿QUE HACES?

ESCRIBE FABIAN ARIEL GEMELOTTI

La lata de la quinta cerveza la pateo y cae por el balcón y miro para abajo y la veo estrellarse en el suelo. Suena el teléfono. -¿qué hacés?

-pateo una lata de cerveza.

-las latas no se patean

-ya cayó por el balcón y está ahí en el suelo, de acá la veo.

Y me corta y voy a la heladera y agarro otra lata y la abro y me tomo el líquido y pateo la lata y miro por el balcón y la veo caer muy cerca de la otra lata. Vuelvo a la habitación y siento náuseas y vuelvo al balcón y me arrimo a las rejas y vomito y el vómito cae al vacío y pedacitos de mondongo y salsa se estrellan en el suelo y el color  de la cerveza envuelve al vómito. Suena el teléfono.

-¿qué hacés?

De vuelta es Ella y quiere saber todo de mí.

-vomito la cerveza.

-sos un asqueroso.

-vomité por el balcón y cayó un lindo vómito y estoy viendo un pedazo de mondongo que cayó sobre la lata.

Y me corta y voy a la heladera y agarro otra lata de cerveza y tomo todo su líquido y agarro la lata vacía y la aprieto con las manos y queda achatada y la tiro al aire y la pateo y cae por el balcón y miro para abajo y la lata le da en la cabeza a un tipo pelado. Yo apoyado sobre las rejas y el tipo abajo me mira y me insulta.

– hijo de puta te voy a reventar.

No hago caso y voy a la heladera y agarro otra lata de cerveza y tomo el líquido y la pateo y cae por el balcón. Miro para abajo y la veo al lado de las otras latas, parece que tengo puntería. Me estoy meando y voy al baño y saco el pito y orino. No me lavo las manos. Suena el teléfono y atiendo.

-¿qué hacés?

-fui a mear.

-pelotudo mal educado.

Voy a la heladera y agarro otra lata de cerveza y tomo el líquido y la pateo y cae por el balcón y miro para abajo y la veo ahí y me divierte y me siento loco y triste a la vez. Prendo un cigarrillo y agarro el arma que tengo sobre la mesa grande. Y suena el teléfono y dejo el cigarrillo en un cenicero y tengo el arma en la mano izquierda, atiendo con la derecha el teléfono.

-¿qué hacés?

-me voy a suicidar.

-no digas pavadas.

Corta la comunicación y tengo el arma en la mano jugando en un movimiento hermoso. Me arrimo al balcón y miro para abajo y lo veo al tipo pelado y me insulta y me invita a bajar. Yo pienso qué hace ahí todavía o si se fue y volvió con toda su bronca. Apunto con el arma y lo bajo al tipo de un tiro. Veo su cuerpo balancearse y caer. Y suena el teléfono.

-¿qué hacés?

-maté a un tipo.

-¡pero si te ibas a suicidar!!!!

-la culpa es de la lata de cerveza.

-pelotudo.

Y pongo el arma en la mesa grande y voy a la heladera y agarro mi última cerveza y la abro y tomo el líquido y esta vez voy al tacho de basura y deposito la lata. Y me agarran ganas de cagar y voy al baño y me siento a cagar.

El ruido de los patrulleros me alegran y la cagada es placentera.

DESPEDIMOS A HEBE EN LA RONDA DE MADRES DE PLAZA 25 DE MAYO

EL JUEVES 24 A LAS 18:00 HORAS NOS ENCONTRAMOS EN LA RONDA DE MADRES PLAZA 25 DE MAYO, PARA CELEBRAR LA VIDA DE UNA MADRE QUE LUCHO INCANSABLEMENTE POR MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA, Y POR UN MUNDO MEJOR.
HASTA SIEMPRE QUERIDA HEBE

Si bien las palabras no alcanzan para homenajear a una Luchadora de la Vida como Hebe, creemos que es necesario hacer un reconocimiento a esa mujer que, junto al resto de sus compañeras “Las Madres de Plaza de Mayo de Todo el País”, nos enseñó que los derechos humanos no son una materia que se aprende en la universidad sino en la lucha. Lucha que fue esencial para derrotar la última dictadura cívico-militar y que nos demostró que,

«LA UNICA LUCHA QUE SE PIERDE ES LA QUE SE ABANDONA»

Un homenaje a Hebe y en ella a todas nuestras madres que fueron paridas por nuestrxs 30.000 compañerxs desaparecidxs y QUE TRANSFORMARON EL DOLOR EN LUCHA POR LA PAZ, LA JUSTICIA, LA DEMOCRACIA Y LA DIGNIDAD DE TODAS LAS PERSONAS.

DESDE COAD CONVOCAMOS A PARTICIPAR DEL HOMENAJE EL DIA JUEVES 24 DE NOVIEMBRE A LAS 18:00 HORAS ¡¡¡TODXS A LA PLAZA 25 DE MAYO!!!

STRAND BOOK STORE, NUEVA YORK (RELATO DE VIAJES)

STRAND BOOK STORE -LA LIBRERIA DE USADOS Y NUEVOS MAS GRANDE DE LOS ESTADOS UNIDOS-

ESCRIBE FABIAN ARIEL GEMELOTTI [1]

Me gusta mucho viajar, no hacer turismo. Viajar es otra cosa. El turismo no me interesa. Me gusta mucho Estados Unidos, Marruecos, y Bolivia. Estos tres países, por diversas razones, son mis preferidos de todos los países a donde he viajado. Cuando uno va a un país debe recorrer, caminar, meterse en la piel de los habitantes del país.

La Paz en Bolivia me impresionó muchísimo, sus manteros vendiendo libros en la puerta de la Catedral es algo que no se ve acá en ninguna Iglesia Católica. Son tres cuadras de venta de libros usados y monedas y billetes y antigüedades. Fui a La Paz tres veces. La primera vez con veinte años con mi novia de 19. Me traje cuatro valijas de libros. De la Paz fuimos al Amazonas boliviano, esa zona donde comparte territorio con Brasil. Una zona complicada, hay peste, mosquitos y pantanos. Pero a los veinte años nada importa. Mi novia no era una chica miedosa, le gustaba la aventura. Éramos estudiantes de Historia y Antropología. Queríamos aprender todo. Creo que el miedoso era yo, tenía prejuicios por ella y mucho miedo que le pase algo; chica rubia y muy blanca, «yo sé cuidarme sola», me decía y me hacía callar. Tenía prejuicios de los lugareños, esos prejuicios que uno tiene de lo desconocido. Pero era gente muy noble, y uno aprende que la nobleza del habitante boliviano y brasileño del campo es muy grande. Gente simple y muy inteligente.

Viajar es como leer, se aprende mucho cuando uno es observador. En definitiva escribir es observar. El escritor es un observador de todo, no es que sea una persona muy inteligente o sociable o extremadamente culta. ¡¡¡No!!! El escritor es una persona curiosa y observador y persistente en su terquedad. El escritor se golpea y cae mil veces, comete miles de errores escribiendo, es subjetivo al extremo y es rechazado miles de veces. Pero el escritor persiste, y sale del pantano nuevamente y vuelve a intentarlo con un nuevo escrito. Cada escrito es una forma de decir «Acá Estoy de Vuelta». Nunca quedo conforme con mis escritos, salvo dos libros y un par de artículos. Mi primer libro de 1996 (Entre calenturas y otras cosas) es perfecto, lo amo y no me arrepiento de nada de lo que escribí ahí. Y mi penúltimo libro de 2016 quedé conforme. Otros libros que he publicado no me gustan. Me gustan mucho las contratapas que publicaba en Rosario/12 en los noventa. Me parecen logradas. Pero otros artículos en revistas no me gustan. Uno persiste, lo vuelve a intentar. La escritura es eso, volver a escribir mil veces lo que uno piensa que no es bueno. Siempre el que escribe habla de lo mismo, pero usando otras palabras y viéndolo desde otros lugares. Eso es escribir, no es magia ni se trata de sabiduría. Escribir es decir algo porque uno necesita decirlo porque es escritor.

Estados Unidos es un país muy interesante. El norteamericano lee mucho, es muy abierto y muy politizado. Se puede hablar de todo con un estadounidense. En el tren a San Francisco me puse a hablar con una chica de libros, hablamos horas y horas. Después en San Francisco me invitó a la casa, y su padre era un tipo muy abierto y me mostró su biblioteca, me llevó en auto a recorrer la ciudad. Con esta chica (Lidia) nos enamoramos, creo que fue amor esos veinte días que estuvimos juntos. Uno tiene amores de viajes y los recuerda.

En Estados Unidos he conocido gente muy interesante y preparada. En la Universidad de California fui a escuchar charlas de Antropología, y de Historia de América. Muy buenas. Ahí conocí en 1999 a un profesor que me hice amigo. Un tipo muy viejo, un sabio. Vino a la Argentina y lo llevé a recorrer Capital Federal. Y ahí en la Universidad me enamoré de una estudiante de Literatura Norteamericana. Yo tenía novia y trabajo acá, sino me hubiese quedado allá con ella. Esa típica yanqui, rubia y piel muy blanca y muy delgada. Admiraba a Borges, a Arlt y a Sarmiento. Muy lectora, muy culta. Me daba vergüenza que conociera más que yo sobre todos los temas. Pero eso me enamora de una mujer, que lea mucho y sea muy despierta.

Estados Unidos es un país de inmigrantes. México es su proveedor de mano de obra barata, y los mexicanos van a hacer su «porvenir» y terminan haciendo trabajos de descarte y muy malos. Hay un filme norteamericano «Un día sin mexicanos», un paro general de mexicanos. Su economía se cae y explota todo. El mexicano agarra los hábitos del yanqui. Estuve en México y ahí vi un país muy pero muy pobre. Y me enamoré de una mexicana del Distrito Federal, y me enseñó su territorio: pandillas, pobreza y marginación. El Chavo del Ocho es México y una radiografía de sus clases sociales.

Pero volviendo a Estados Unidos, un país de inmigrantes es un país heterogéneo y la diversidad crea un muy bello país en su gente. Mucha libertad sexual, mucha libertad de pensamiento. Pero acá tenemos otra idea del yanqui, como si fuera allá todo hamburguesas y papas y muñecos del Pato Donald  y motos de carretera. Pero no, acá tenemos una idea distorsionada de todo. La clase media argentina no lee libros, es muy bruta. Y muy cerrada y le gusta hablar sin chequear nada. Habla por hablar.

La librería más grande de Estados Unidos, y quizás del mundo, se encuentra en el 828 de Broadway. Strand Book es una librería impresionante. 18 millas de libros usados y nuevos. En la calle hay dos cuadras de bibliotecas y carritos con libros usados, y el edificio es enorme. En el primer piso hay una cafetería. La librería abre en 1927 en la Cuarta Avenida y su fundador Ben Bass tenía la idea de crear una librería de usados para pobres. Tiempos de pobreza en Nueva York, y en una ciudad donde las ratas (ratas de rata) salen de las alcantarillas y en las cañerías viven y a veces invaden edificios, una librería así en la Cuarta Avenida era un paraíso para indigentes y gente pobre.

El hijo de Ben tiempo después se hace cargo de la librería y la traslada a Broadway y ahí en un local de 4000 metros cuadrados instala el sueño del padre. Con el tiempo se amplia la librería y en la actualidad tiene una superficie de 55.000 metros cuadrados.
Es una librería única en su estilo. Es una tradición familiar manejada por los descendientes del fundador. Unos 200 empleados atienden y en su mayoría son estudiantes de Letras. Uno puede encontrar ahí a famosos hojeando y comprando libros y al lado de una estrella del cine un indigente buscando un libro. Hay libros a centavos y libros caros también. Tiene secciones de Literatura, Revistas, Historia, Derecho, Cine, Teatro, Música, Deportes y una Sección de Novelas de Amor y Aventura. Ahí uno puede estar horas entre libros y tomarse un café.
Cuando llegué a Nueva York me fui al hotel y dejé el bolso y me tomé un taxi a la librería. No lo podía creer. Entré y me sentí en un sueño de placer. Le pregunto a una empleada la sección Historia y me quedé ahí seis horas buscando libros. La librería está abierta las 24 horas. De noche se llena de gente. Eran las tres de la madrugada y seguía buscando libros. Se me arrima una chica y se me pone a hablar. Era italiana. Nos hicimos amigos y algo más. Es una librería que todo el que ama los libros debe conocer. Se calcula que tiene más de tres millones de libros. Desde una primera edición a un libro de autor desconocido, todo está ahí.

Libros y libros. Amo los libros. Siempre que viajo lo primero que hago es preguntar dónde venden libros y antigüedades. Me gustan los libros raros, ediciones primerizas y encuadernaciones viejas. Me gusta traerme postales, fotos, boletos de transporte, entradas de cine viejas y soldaditos, figuritas y todo lo simple y cotidiano. Y siempre que viajo dejo algún amor que se transforma en un recuerdo. Los libros y las mujeres son mi gran pasión.

[1] ESTE ENSAYO/ARTICULO LO ESCRIBI ANTES DE MIS ESCRITOS SOBRE «LAS LIBRERIAS DE VIEJO DE ROSARIO». ES UN ESCRITO INEDITO QUE RECIEN AHORA HE DECIDIDO PUBLICARLO.

ULTIMO LIBRO PUBLICADO POR EL AUTOR DE LA NOTA. PODES ADQUIRIRLO EN LAS SIGUIENTES LIBRERIAS: «EL PEZ VOLADOR», «BUCHIN LIBROS», Y LA LIBRERIA DE LA TERMINAL DE OMNIBUS DE LA CIUDAD DE ROSARIO

EL CONCIERTO DEL DOMINGO

ESCRIBE JORGE RENDON VASQUEZ

Casi izado por las dos obesas mujeres, el anciano atravesó la  puerta de la sala. Una enfermera les señaló una cama vacía y les  impartió algunas instrucciones. 

—¡Papá, esperamos que te portés bien! —dijo la que parecía  ser mayor, mientras lo acostaba—. Aquí tendrás todo lo que  necesités. 

—El Doctor nos ha dicho que en menos de dos semanas estarás cero kilómetros —añadió la otra. 

El anciano refunfuñó algo, dejó caer la cabeza sobre la  almohada y se quedó quieto con la vista puesta en el techo. Las mujeres abandonaron la sala, ante la mirada de los otros  diecinueve enfermos, tendidos en sus camas, de esa sala del  Hospital Rawson. 

El rostro del recién llegado le pareció conocido a Lorenzo Cavallini. Se incorporó en su cama para observarlo, pero sólo  advirtió el perfil ajado de un hombre que debía de andar por los  ochenta y cinco años, con una barba de algunos días, el cabello  blanco y largo, y respirando difícilmente. Su experiencia le dijo que  estaba a un paso del estado terminal, y dedujo que sus hijas habían  conseguido librarse de él. 

De pronto, el nuevo paciente prorrumpió en un discurso de  frases incoherentes dirigidas a algún interlocutor imaginario.  Calló como si escuchase a alguien y, un instante después, continuó  con su réplica. 

Era la una y media de la tarde, y los médicos y estudiantes ya  se habían retirado. Algunas enfermeras conversaban en la  pequeña sala del fondo. Las del turno de la mañana se preparaban  para irse y las del turno de la tarde se ponían sus uniformes  blancos. A las dos, ingresarían las visitas. 

Algo encolerizó al anciano en su diálogo, levantó la voz, y echó  la sábana y la frazada a un lado.

El pantalón del pijama se le había bajado y se veía la piel  apergaminada de sus piernas. Una ayudante de enfermería se  aproximó mascullando algo. Al llegar junto a él, observó alelada su  enorme órgano sexual fláccido. Lo cubrió y retornó donde sus  compañeras. Les susurró algo y todas, sonriendo, volvieron la vista  hacia la cama del anciano. 

En esa sala, los veinte pacientes habían sido seleccionados por  la gran complejidad de sus dolencias, de manera que los médicos,  que eran profesores de la Facultad de Medicina, les enseñasen a  sus alumnos los caracteres de sus enfermedades y sus  tratamientos.  

Las lecciones comenzaban a las ocho de la mañana. Cada  profesor rodeado de unos diez estudiantes, todos con inmaculados  sacos blancos, se inclinaba sobre el enfermo al que le correspondía  el turno, le hacía preguntas sobre su estado y luego lo examinaba  de la cabeza a los pies, explicando en la jerga médica los síntomas  y probables causas de su enfermedad. Los pacientes, ya  habituados a esta rutina y a que los estrujasen las inexpertas  manos de cada estudiante, seguían también la disertación del  profesor alertas ante los gestos de su rostro, tratando de percibir  alguna señal de su verdadero estado. Los profesores y estudiantes  sabían que esos enfermos eran casos perdidos y que sólo la  sapiencia de los más ilustres maestros podía disputárselos a la  parca, filtrándose por alguna rendija descubierta a fuerza de  examinarlos. 

Cuando un profesor y sus alumnos llegaron a la cama del  anciano, éste los miró, abrigando una luz de esperanza en sus  pupilas. Respondió lúcidamente sus preguntas, y se dejó auscultar  con el estetoscopio. El profesor frunció el ceño y le dijo en voz baja  a su ayudante. 

—¡Qué raro! Este paciente no parece tener demencia senil,  como dice el informe del médico que dispuso su internamiento. Luego, levantando la voz, ordenó los análisis y radiografías  del caso. 

—¿Cómo estoy, doctor? —preguntó el anciano. 

—Para su edad, bien a primera vista —respondió el profesor— . Mañana, trataremos de diagnosticar lo que usted tiene. El profesor y sus alumnos pasaron a la cama siguiente.

Concluida la consulta, Lorenzo se levantó de su cama.  Caminaba con dificultad por los devastadores efectos de la  diabetes en los dedos de sus pies. Al pasar frente al anciano, se fijó  bien en él. Estaba recostado sobre el almohadón y parecía mirar a  los demás pacientes de la sala, lejos del aletargamiento de la  víspera. 

“!Sí, es él! —se dijo asombrado Lorenzo—, ¡el maestro  Volturi!” 

Llegó al cuarto de baño y pensó: “¡Que viejo está!” Y recordó  que hacía años, tal vez veinte o más, no lo veía. Arturo Volturi  había sido uno de los grandes pianistas de las orquestas y  conjuntos de tango. Él, como un hincha congénito del tango, lo  había seguido por años, viéndolo y escuchándolo en los teatros,  cabarets y salones de baile. Volturi era en ese tiempo un hombre  desbordante de energía y siempre elegante, no muy efusivo, pero  sí, respetuoso y serio, y, aunque era casado y tenía un hogar, le  atribuían romances con las coristas de moda más bellas. Y, de  repente, el maestro Volturi se esfumó de la escena.  

Lorenzo se detuvo frente a la cama del anciano y se aventuró  a decir: 

—¡Maestro Volturi! 

El anciano posó su vista en Lorenzo y respondió. 

—¡Hola, creía que ya nadie se acordaba de mi! 

—Muchos lo recordamos, maestro. 

—Gracias, pero el tiempo se me acabó, hace ya muchos años. —Lamento verlo aquí, aunque me siento contento de estar  cerca de usted y de poder hablarle, algo que no me hubiera sido  posible en otros tiempos, cuando lo veía desde las plateas o las  mesas. 

—Hoy me siento bien, tal vez por la esperanza de ser curado  por los médicos. 

—Aquí, los hay muy buenos, maestro, y hasta pueden hacer  milagros. 

—Ningún milagro puede detener la vejez, y, de haberlo, sólo  podría retrasar la muerte por algún tiempo. 

—¿Qué pasó con usted? No volvió a aparecer en los escenarios  hace muchos años. 

 —Me fui a Los Ángeles hace veinticinco años, siguiendo a una  mujer mucho más joven que yo. Me volví loco por ella y lo dejé todo:  esposa, hijas, casa. Diez años viví con ella hasta que me abandonó  por viejo y por un norteamericano de su edad que la cortejaba sin  darme cuenta y le ofrecía todo lo que tenía. A los setenta y cinco  años me fue imposible conseguir trabajo y tuve que volver. Me  recibieron mis dos hijas. Su madre había muerto poco tiempo  antes. 

—Volvió, como en el tango Volver de Le Pera y Gardel, a la Patria y al cariño de sus hijas. 

—¿Cariño? ¡Ya quisiera tener una brizna del cariño de  alguien! Me recibieron porque regresaba a mi casa y a mis cosas.  Son dos solteronas que hicieron causa común con su madre y creen  que no merezco su perdón. 

—Es muy penoso depender de alguien, maestro. 

—Económicamente, no dependo de ellas. Al contrario; ellas  dependen de mi. Tengo una pensión de jubilación y otra casa que  heredé de mis padres con cuya renta su madre y ellas se  mantuvieron mientras estuve ausente. No les gustó mi retorno,  porque comencé a administrar esa renta hasta hace unas semanas  en que, vencido por la enfermedad, me la quitaron. Para ellas, lo  ideal sería que me muera ahora mismo. 

Volturi quería hablar, desahogarse con alguien que lo había  conocido en sus tiempos de gloria, y se aferraba a Lorenzo, quien  lo miraba consternado y confuso sin saber qué decir, escuchando  sus confidencias. 

—Cuente conmigo, maestro, será para mí un honor que me  considere su amigo. Se lo digo aquí adonde no llegan las luces de  las marquesinas y las candilejas. 

—¡Gracias! Es maravilloso que alguien quiera ser amigo de un  viejo a punto de partir. ¿Cómo te llamás? 

—Lorenzo Cavallini. Estoy en la primera cama del lado  izquierdo. Llevo semanas aquí, confiando en que los médicos  detengan la desintegración de mis pies. Ya casi vivo en esta sala;  es la tercera o la cuarta vez que regreso. 

En los días siguientes, el anciano empeoró. Lorenzo le  hablaba, pero le resultaba imposible obtener una respuesta  coherente y que lo recordara, pese a que le repetía su nombre,  acercándose a su cabecera. 

El vecino de Lorenzo, un hombre calvo sobre los cincuenta  años con una insuficiencia cardiaca irremediable, le dijo: —¡Dejalo! ¡El tipo está jodido. En cualquier momento se va! 

La semana siguiente, en una de esas noches siempre  melancólicas en la sala, apenas iluminada por el tenue resplandor  de las luces del patio, fallecieron dos pacientes. 

Cuando llegaba el coma de un enfermo, casi nadie podía  dormir, aunque fingiera hacerlo, recogiéndose sobre sí para  ocultarse de la helada presencia de la muerte, hasta que el  enfermo cesaba de respirar y sus vecinos llamaban a la enfermera  de guardia. Entonces, venían los ayudantes, prendían las luces y  retiraban el cuerpo. Luego, las luces eran apagadas, el murmullo  tenso y lúgubre cesaba, y los pacientes retornaban a su  desconsolada soledad, preguntándose quién sería el próximo. 

No obstante, para Volturi nada especial sucedía, entregado,  como estaba, a sus delirios. 

Una mañana el anciano amaneció lúcido, como si despertara  de un plácido sueño. Estuvo comunicativo y afable con las  enfermeras. Los médicos y estudiantes conversaron con él todo lo  que pudieron, anotando los datos obtenidos en la hoja de su  historia. 

Cuando Lorenzo se acercó a saludarlo, Volturi lo reconoció y  sonrió. 

—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —le preguntó. —Lorenzo Cavallini, maestro. 

—¡Ah, sí, el aficionado al tango! 

—Maestro, pasado mañana, al medio día, hay un concierto en  el teatro Alvear, a cargo de la Orquesta del Tango de la Ciudad de  Buenos Aires, y yo voy a ir. Dirigen los maestros Suárez y Tarrielli. 

—Los conocí en otros tiempos. Suárez debe de tener ochenta  años ahora. Tarrielli era muy joven; un bandoneón de primera y  compositor. Actuamos juntos muchas veces. Eran unos amigos  estupendos. Si podés hablarles, dales mis saludos. 

Volturi se había animado y movía las manos. Lorenzo se las  observó. Eran delgadas, con los dedos largos y la piel indemne al castigo de la edad. 

—¿Toca usted siempre el piano, maestro? 

—Lo tocaba hasta hace poco. Tengo el mío en mi casa, en la  sala de la planta baja; es un buen piano de cola Steinway. 

El domingo por la mañana, Lorenzo recuperó su ropa del  armario, se acicaló, alisó su rubia cabellera y se perfumó. A sus  cincuenta y cinco años, su espíritu perspicaz, curioso y franco no  había dejado de asomarse a sus ojos claros. Añadió a su traje gris  oscuro una chalina blanca y, sobre las diez, dejó la sala.  

En la Plaza Constitución, compró su diario favorito en un  quiosco y abordó un ómnibus. Descendió en el cruce de las  avenidas Callao y Corrientes, y bajó por ésta en dirección al  Obelisco. Se detuvo frente al bar La Giralda y entró a hacer  tiempo. Se instaló junto a una ventana, pidió un café y se puso a  leer el diario. De cuando en cuando, su vista recorría, displicente,  los teatros de vodevil, las inmensas librerías con sus estantes y  mesas repletos, los negocios diversos con sus escaparates siempre  iluminados, y el inagotable torrente de viandantes y vehículos en  esa vía de sempiterna fantasía. 

A las once y media, se levantó y enfiló al teatro Presidente  Alvear. En el hall, una multitud de hombres y mujeres, devotos  nostálgicos del tango, intercambiaban sus impresiones y noticias.  Lorenzo se sintió cómodo al integrarse a esa fiel comunidad.  Saludó a algunos conocidos y, luego, le dijo a un empleado del  teatro: 

—Quisiera hablar con los músicos. ¿Me indica el camino? —Vaya por la pequeña puerta de la izquierda y siga por el  pasillo. 

Lorenzo avanzó hacia el fondo y se encontró en una sala  contigua al escenario, donde esperaban varios hombres sentados  con sus instrumentos. Los observó y reconoció a varios que habían  venido actuando a lo largo de muchos años. En un grupo vio a  Tarrielli. Lorenzo se acercó y le dijo: 

—Me permite unas palabras, maestro. 

—¡Sí, cómo no! —respondió el músico, volviéndose hacia él. —Es para mí un honor poder hablarle y no sé cómo decirle lo  que me ha traído hasta aquí. 

—Pero, no faltaba más. Dígamelo con entera confianza. 

Estamos entre amigos del tango, ¿no es cierto? 

Reconfortado por esta expresión, Lorenzo le contó a Tarrielli  el drama de Volturi y concluyó: 

—Tal vez esté jugando sus descuentos y su partido podría  terminar en cualquier momento, muy pronto. Quisiera pedirle algo  que quizás usted pueda hacer. 

—Dígamelo y, si está a mi alcance, lo haré. 

—Sería lindo que Volturi se reencuentre con el público aquí,  con este auditorio que sabe de tango y que, con toda seguridad, lo  conoce. 

—No es usual lo que usted me pide, pero tampoco es usual  morirse. Sí. Que venga y tendrá una cabida. ¿Le parece que podrá  tocar? 

—Lo peor que podría ocurrirle es que no llegue al próximo  concierto. Pero, aun así, saber que usted lo llama lo hará feliz. Yo  me encargaré de traerlo. A última hora, si Volturi no pudiera subir  al escenario, por lo menos pasará un buen rato con sus antiguos  colegas. 

El concierto, compuesto por una selección de todas las épocas,  duró una hora y media. Dirigieron los maestros Orlando Suárez  como estilista del tango tradicional y Néstor Tarrielli como  especialista del tango más reciente. 

Cuando retornó al hospital, Lorenzo se decepcionó al ver a  Volturi desvariando. Se dijo que tendría que esperar que le llegara  la lucidez, como se aguarda el buen tiempo para una excursión  campestre. La espera duró dos días. Al despertar, Volturi  preguntó: 

—¿Ya se fueron ésas? 

—¿Sus hijas? Hace rato, maestro —respondió Lorenzo. —¡Que bueno! ¡Me tienen harto! 

Al constatar que Volturi lo entendía, Lorenzo continuó: —El maestro Tarrielli me ha encargado saludarlo y decirle  que lo invita a acompañar a la Orquesta del Tango de la Ciudad  de Buenos Aires con algunas piezas en el concierto del próximo  domingo. 

—No creo que pueda ir, aunque me agradaría estar allí. —Yo sí creo que usted podrá ir; yo lo llevaré.

 —Gracias, Lorenzo. Hacés por mi lo que ni un hijo haría. Pero,  no tengo un traje apropiado. 

—No se preocupe por eso, yo lo arreglo.  

Para sorpresa de los médicos y estudiantes, Volturi se  mantuvo lúcido y alentado en los días siguientes.  

El jueves, una vez concluida la visita médica, Lorenzo abordó  a Margarita, una enfermera que frisaba los cuarenta años, soltera,  magra y un poco renegona pero buena gente, con quien había  comenzado a entenderse. Le contó lo que pensaba hacer.  

—¡Estás loco Lorenzo! Ese enfermo desbarra la mayor parte  del tiempo y está muy débil. ¡Si no fallece antes del domingo, no  creo que llegue ni a la Plaza Constitución! 

—Yo sí creo que podrá enfrentar el desafío. ¡Miralo como está  ahora! 

—¡Sí, claro!, pasa por un buen momento, pero, ¿cuánto le  durará? 

—No importa lo que ocurra hasta el domingo. De todos modos,  quisiera que me ayudés. 

—Pero, ¿cómo? 

—Preparándolo físicamente. Vos sabés mucho de estas cosas  y yo diría que más que los médicos. 

—Exagerás. Sin embargo, veré lo que puedo hacer ¿A qué hora  pensás sacarlo el domingo? 

—A las diez y media de la mañana. 

Margarita asumió su compromiso con la seriedad y la  responsabilidad de quien debía cumplir una tarea de vida o  muerte. Veló por el tratamiento y la alimentación del paciente,  prodigándole expresiones amables y alegres.  

Consciente de que se preparaba para una gran prueba, Volturi  cooperaba con un buen talante, y obedecía sin rezongar las  indicaciones de los médicos y las enfermeras. 

El sábado por la tarde, Lorenzo salió del hospital y retornó con  un atuendo completo, como para presentar a un músico novel en  su debut. 

Margarita llegó a las ocho de la mañana del domingo, ataviada  con un traje sastre y, de inmediato, se hizo cargo de la atención de  Volturi. Siguiendo el consejo de un médico, le preparó un brebaje  energético y le dio una pastilla para estimular su ritmo cardiaco. 

Volturi se reanimó y se sintió joven de nuevo. Lorenzo y Margarita  ducharon y afeitaron a Volturi, le arreglaron el cabello y lo  vistieron, y, ante la estupefacta mirada de los demás enfermos y  contando con la momentánea ausencia comprometida de las dos  enfermeras de turno, abandonaron la sala. Era un día espléndido  de primavera, con un sol radiante y un cielo azul intenso. 

En la puerta del hospital abordaron un taxi y le indicaron al  conductor. —¡Al teatro Alvear! 

El público llenaba el hall de entrada. Parecía ser más  numeroso que el domingo anterior. Algunos reconocieron a Volturi  y lo saludaron. Él respondió inclinando la cabeza y esbozando una  sonrisa. Los tres se encaminaron por el vestíbulo hacia el fondo.  

Al advertir la presencia de Volturi, varios músicos de edad  madura se acercaron y lo saludaron efusivamente. —¡Maestro! —dijo uno de ellos—, lo vemos después de muchos  años. Encantado de tenerlo aquí, como antes. 

El anciano, erguido, sonrió y estrechó la mano de su colega. —Anduve lejos —les informó—, pero he vuelto, aunque sea  sólo para saludar a mis viejos compañeros de trabajo. Desde el otro lado de la sala, se acercaron Tarrielli y Suárez. —Arturo, pero, si estás igual, pese a los años —Suárez le  extendió la mano, sonriendo. 

—¿Te parece? ¡Mirá que los años son los años! 

Tarrielli estudiaba en silencio al pianista, quien, al darse  cuenta de ello, dijo. 

—Estoy como antes, como siempre, ya lo verán. 

—No lo dudo —aseveró Tarrielli—. Después del primer tango  nos acompañás con dos. ¿Te parece bien Barrio de Tango y Cafetín  de Buenos Aires

—¡Buena selección! 

—Las partituras están sobre el piano. 

—Si me hacen falta, las abriré. 

—Como siempre, Arturo, seguís siendo el de la memoria  prodigiosa, no de elefante, porque siempre fuiste muy delgado. —¡Decí más bien elegante! 

—¡Y enamorado! ¡A causa de ellas, claro! —Tarrielli le guiñó un ojo. 

Un timbrazo anunció que la función estaba por comenzar. El  público abarrotaba la platea y las demás localidades, y seguía  ingresando a la enorme sala donde se confundía en un solo  murmullo. 

A las doce y treinta, las luces languidecieron hasta apagarse,  llevándose las voces del público. El cortinaje se separó y  aparecieron en el proscenio iluminado los treinta músicos, ya listos  con sus instrumentos.  

Desde la izquierda avanzó Suárez. Saludó al público y,  volviéndose, bajó la batuta y la orquesta arrancó con el tango La  Yumba de Osvaldo Pugliese. El sonido, bien distribuido, inundó la  sala, y el público fue capturado por esos acordes mágicos que  penetraban directamente a la memoria, la ilusión y el sentimiento,  despertando un mundo amable en el que cada uno se transformaba  en una parte del polícromo haz de armonía que irradiaban los  instrumentos. Al concluir el último compás, un aplauso premió a  la orquesta. Entonces, salió el animador, un hombre grueso y de  cabello gris. 

—Ahora, mis amigos, tenemos una sorpresa en este medio día  de música porteña —dijo con una voz bien modulada—. El gran  maestro Arturo Volturi, ya retirado, ha accedido a acompañarnos.  Ustedes recuerdan al hombre de las manos mágicas y del  sentimiento hecho tango. ¡Helo aquí! 

Lorenzo y Margarita le acomodaron aún la corbata a Volturi,  y lo empujaron suavemente hacia el escenario. Un gran aplauso  estalló al aparecer el pianista. Él inclinó la cabeza, se sentó ante  el piano y miró a Tarrielli quien ya estaba listo para dirigir. 

El Maestro de Ceremonias anunció: —Para ustedes Sur, letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo. 

Con el automatismo de toda su vida, los dedos de Volturi  acariciaron las teclas, mientras los demás músicos hacían lo propio  con sus instrumentos. Ante una señal del director, las notas del  tango surgieron límpidas y portentosas. Un joven vocalista, con el  rostro ensombrecido por la barba y el pelo largo, desprendió el  micrófono del soporte, y el recuerdo del arrabal de otros tiempos,  cada vez más lejanos, colmó la Sala.

Sur,  paredón y después…  Sur,  una luz de almacén… 

Ya nunca más me verás como me vieras,  recostado en la vidriera,  esperándote… 

Ya nunca alumbraré con las estrellas nuestra marcha sin querellas por las noches de Pompeya… 

Las calles y la luna suburbana y mi amor en tu ventana… 

Todo ha muerto, ya lo sé… 

Cuando el cantante llegó a la última estrofa, Tarrielli le hizo una seña imperceptible a Volturi y éste ejecutó el solo,  acompañado por los contrabajos y unos acordes de bandoneón.  Luego, el cantante continuó con las otras estrofas hasta concluir. El aplauso que siguió fue estruendoso. Tarrielli elevó una  mano en dirección de Volturi y éste, levantándose, se inclinó ante  el público. Lorenzo y Margarita, como hipnotizados, observaban a su  amigo entre bambalinas, poseídos por la música como los demás  que escuchaban arrobados. 

El animador anunció: —El maestro Volturi se despide con el tango Cafetín de  Buenos Aires, Letra de Enrique Santos Discépolo y Música de  Mariano Mores. 

La historia y el significado de los cafés de Buenos Aires, esos  vastos salones de altos ventanales con vocación de cordial y fiel  refugio, donde los argentinos se reencuentran con sus amigos y sus sueños, arribaron en la voz del cantante. 

¿Cómo olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires? 

Si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja.

En tu mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas 

yo aprendí filosofía… dados… timba y la poesía cruel de no pensar más en mi. 

Al terminar el tango, Volturi se puso de pie, miró al público  que no cesaba de aplaudir, se inclinó hacia él una vez y ante  Tarrielli otra, dibujó con la mano una lánguida señal de adiós y  dejó el escenario ante los músicos que, puestos de pie, lo vieron  partir. Margarita lo recibió con lágrimas y se abrazó a él. Lorenzo,  emocionado, sólo musitó: 

—¡Gracias, maestro, muchas gracias! 

Suárez, antes de ingresar a dirigir, se despidió con un apretón  de manos. Tarrielli vino en seguida y abrazó a Volturi. Luego, Margarita tomó del brazo al viejo pianista y los tres  salieron por el largo pasadizo. 

Volturi dijo:  —¿Podríamos ir a un café?  En la esquina, entraron a uno.  

—¿Qué desea servirse, maestro? —preguntó Lorenzo. —Si no te incomoda, ¿podrías pedirme una ginebra doble? Margarita miró alarmada a Lorenzo, pero éste pareció no  advertir el mensaje. 

—¡Con gusto! —admitió—. Y vos, Margarita, ¿qué te servís? —Un café —respondió ella. 

—Yo pediré un vermut. Creo que me lo merezco, ¿no? Mientras el mozo traía el pedido, los tres comentaron las  incidencias del concierto, y, cuando las bebidas estuvieron en la  mesa, Volturi levantó su copa y dijo: 

—¡Brindemos por la vida… y por el tango! 

—¡A su talento y arte, maestro! —añadió Lorenzo. Margarita, con una lágrima resbalándole por la mejilla,  musitó: 

—¡Yo brindo por ustedes, amigos, que, creo, son los únicos que  tengo!

 Volturi pidió otra copa igual. Lorenzo y Margarita, sin decirse  nada ni con los ojos, fingieron tomarlo con naturalidad. La ginebra estimuló los deseos de hablar de Volturi. Recordó  los tiempos en que anduvo por los cafés de Buenos Aires y sus  actuaciones en los cabarets Chantecler de la calle Paraná y La  Enramada de Palermo, donde los mersas de los conventillos y los  barrios pobres, los cabecitas negras de las pensiones, los garufas sentimentales y buenos, los guapos en decadencia y los marineros  invitaban a las mujeres a bailar con un leve movimiento de cabeza,  muchachas y mujeres maduras que iban allí con la esperanza de  hacerse de un partido, y percantas expertas en levantar puntos,  algunas muy comprensivas y cariñosas. Todo eso se había acabado  a mediados de la década del cincuenta, y el tango, languideciendo,  buscó abrigo entre sus leales seguidores, aguardando el momento  de erguirse con nuevas composiciones y letras, y de transmutarse  también en sinfonías y óperas. A él nunca le faltó el trabajo, ni las  minas, por supuesto. Su vida había sido como las letras de los  tangos: ofrendada a la nostalgia, pero vital, unas veces pesimista  y otras iluminada por una tenue luz de confianza en el futuro. Volturi no pudo seguir, porque la embriaguez le sobrevino de  golpe. Lorenzo llamó al mozo y pagó. 

Entre él y Margarita ayudaron a su amigo a levantarse, y en  la puerta detuvieron un taxi. Al llegar al nosocomio, Margarita fue a buscar una silla de  ruedas sobre la que Volturi continuó dormitando. En la sala, le  pusieron el pijama y lo acostaron. 

Pasada la medianoche, Lorenzo tuvo un presentimiento. En la  penumbra, se aproximó a la cama de Volturi y vio que se había ido,  aunque permaneciera allí tendido, en silencio.

MARCANDO EL CAMINO

CRISTINA ELISABET FERNANDEZ SALUDA EN EL DIA DE LA MILITANCIA A LA MULTITUD QUE DESBORDO EL ESTADIO UNICO DE LA PLATA

ESCRIBE ANTONIO MUÑIZ

Todo pareciera indicar que a un año vista de las elecciones del 2023, el actual gobierno argentino podría enfrentarse a una derrota. Según todas las encuestas el Frente de Todos va directo a una derrota electoral frente a la oposición de Juntos por el Cambio, algo impensable hace tres años cuando el peronismo  unido y renovado se imponía ante el ex Presidente Mauricio Macri luego de su pésima gestión gubernamental.

La situación actual del gobierno parece amesetada, luego de un largo periodo de declinación persistente, casi desde el comienzo mismo de su gestión. La sumatoria de una herencia muy pesada, gruesos errores propios, más una situación internacional muy compleja, guerras, pandemia, crisis económica, ambiental, migratoria, un fuerte avance de las ultraderechas en los países centrales, etc, fueron construyendo un escenario dificil. En síntesis tuvo que enfrentar un mundo en crisis, con problemas nuevos y otros estructurales que no supo, no pudo o no quiso resolver.

Enfrento una situación heredada del gobierno anterior muy compleja, una inflación galopante, recesión y una negociación de la deuda externa impagable, que no solo condiciona hoy la economía sino sobre todo la soberanía sobre las políticas internas del país. No hay que olvidar nunca que la Deuda Externa es un mecanismo de dominación imperial para dominar, controlar y saquear las riquezas de los países.

Así la gestión de Alberto Fernández  se vio jaqueada por restricciones externas pero también por una oposición muy dura,  tanto en lo político y lo económico. Detrás de la inflación persistente hay un establishment empresario que está apropiándose de la riqueza de los argentinos, acaparando el excedente generado y fugando las divisas.

A partir de políticas correctas durante la pandemia logro altos índices de imagen positiva, pero que fue perdiendo en la medida que no pudo dar respuestas a la crisis ni a las demandas de la población, sobre todo en medio de una larga cuarentena que acentuó la crisis económica, pero que también generó tensiones sociales e intra familiares de difícil medición. También hay demandas insatisfechas como la seguridad, donde tanto el gobierno nacional como el de provincia de Buenos Aires muestran un fracaso evidente.

Puede mostrar logros como el aumento del empleo registrado, baja en los índices de desocupación, crecimiento de las industrias y del uso de la capacidad instalada, pero que estas mejoras no se ve reflejada en la situación ni en las expectativas personales y económicas de la mayor parte de la población.

El gobierno de Alberto Fernández languidece, nunca se atrevió  a traspasar los límites muy marcados por los grandes medios,  voceros de la derecha. La oposición y los medios vienen corriendo al gobierno con una agenda “republicana” y una “ética de gobierno”  que esa derecha  violó  históricamente.  Así atacan y descalifican sus políticas económicas, por más pro mercado y claudicante ante el poder real, en nombre de un programa ultraliberal, que siempre fue un fracaso en la Argentina y sus voceros son los eternos mercaderes del ajuste permanente.

En este contexto el Poder Judicial funciona como brazo armado del poder real,  insiste en su trabajo de demolición, atacando, cuestionando las acciones de gobierno, poniendo límites a la gestión, judicializando la política, siempre en beneficio del poder hegemónico. Además este aparato judicial actúa como gendarme y verdugo,  persiguiendo o amenazando con juicios a dirigentes populares por actos de corrupción reales o supuestos de la etapa anterior. Blandiendo además su espada de Damocles sobre la cabeza de muchos funcionarios actuales, que sienten el temor de su suerte cuando este gobierno termine y se vean desfilando por Comodoro PY.

Y AHORA MASSA

Hoy el Frente de Todos está atado a la suerte de la gestión del superministro Sergio Massa, quien se puso al hombro la gestión en medio de una crisis y casi un golpe de mercado, llevado adelante por los sectores empresarios que bregan por la devaluación.  La buena relación de Massa con el establishment local y los contactos fluidos con la dirigencia empresaria y política de EE.UU. facilitaron los primeros tiempos. Por ahora viene mostrando buenos resultados.

Atado a las políticas económicas fijadas por el F.M.I., ha lanzado en estos días su carta más compleja, el acuerdo de precios con los grandes grupos económicos, tratando de morigerar la tasa inflacionaria a niveles de cierta normalidad.  El “AJUSTE” que nadie nombra es muy fuerte y se ve claramente en el presupuesto recientemente aprobado. Además, esto tampoco nadie lo dice por su nombre, el plan “cierra”, favoreciendo las actividades de exportación, sobre todo commoditys, para atraer dólares, y salarios muy bajos. Salvo en algunos rubros donde existen sindicatos fuertes que puedan negociar las paritarias, el resto corre detrás de la inflación. Donde más se siente está perdida constante del poder adquisitivo es en los sectores informales y el sector estatal, provincial y municipal sobre todo, donde los salarios, como se ve en estos días en los trabajadores de la salud,  son irrisorios.

Por supuesto que esta política económica genera tensiones hacia dentro de la coalición de gobierno. Si bien Massa tiene mayor respaldo político y peso propio que su antecesor Martin Guzmán, y son pocos por ahora quienes cuestionan la gestión del superministro, los ruidos internos continúan. La salida del Frente de Todos de varios movimientos sociales acaudillados por Grabois, se postergó, luego del intento de asesinato de la vice presidenta, pero tiene fecha próxima de ruptura. Sectores duros del kirchnerismo también vienen planteando la salida del gobierno y habían puesto fecha de salida en diciembre.

El intento  terrorista de asesinato de la vice presidenta Cristina Fernández, marcó un quiebre en la situación política del país. La centralidad de CFK, tanto hacia dentro del espacio como hacia afuera es innegable. Sus palabras o sus silencios marcan la agenda política, no solo del FdT sino también de toda la oposición.

El operativo clamor “Cristina Presidenta”, llevado adelante por los sectores kirchneristas, tiene como objetivo instalar su candidatura en el 2023 y sumar detrás de su figura a todo el campo nacional y popular. Como medida táctica es buena, porque permite retomar cierta iniciativa política de cara al 2023. También los gestos y las palabras de Cristina generan una fuerte expectativa, sobre su futuro político. Si es candidata o no, pasa hoy por una decisión propia.

Pero mientras tanto pasan cosas. El lawfare sigue en pie y más belicoso que nunca contra ella. Han reflotado causas que ya habían sido desestimadas y al mismo tiempo anuncian los periodistas una dura condena en el caso vialidad. Pocas veces nuestro país vivió situaciones de tanto bochorno en manos del aparato mediático judicial.

El trato judicial dado al intento de asesinato de CFK es un ejemplo de esto. Un acto de terrorismo evidente, de una gravedad que no vivíamos desde la dictadura militar de 1976,  que mostró  claramente el contubernio de la Justicia Federal con los grupos económicos macristas. La jueza Capuchetti se negó reiteramente a seguir la pista política porque llevaba directamente al grupo de Patricia Bulrich,   tampoco quiso seguir la pista del dinero, cuando está casi comprobado provino del grupo Caputo, íntimos de Macri y grandes beneficiarios de los negocios espurios del gobierno de Mauricio.

Nadie investiga el comportamiento de la policía metropolitana, que dejó  tierra liberada en muchas ocasiones cuando actuaban estos grupos de choque como Revolución Federal, tanto contra la vice presidenta como a dirigentes políticos oficialista, ni el comportamiento de esta esta policía el día de la vallas, donde, después se conoció, hubo un primer intento de asesinato frustrado. Nunca se quiso investigar la acción de agentes de la AFI en los días previos al atentado y en los numerosos escraches frente a la casa de gobierno o el Instituto Patria, o la Policías Federal y la misma custodia el día del atentado. No es intención acusar a nadie desde esta líneas, pero es claro que un intento de magnicidio de esta magnitud no es un hecho aislado, producto de un grupo de loquitos. Una investigación seria va por todos los indicios, sin preconceptos previos.

El gobierno del Frente de Todos nunca fue seriamente contra el aparato del lawfare. Creyó  y lo dijo ingenuamente que la justicia debía depurarse a si misma, no se quiso reponer la ley de medios, cuando se podría haber hecho por decreto, no se quiso remover al Procurador General o reponer a la anterior Alejandra Gils Carbo, injustamente obligada a renunciar y no se fue contra la Corte Suprema, que se convirtió en un ariete opositor al servicio del macrismo.

Podríamos seguir con el listado de acciones y medidas que hubieran cambiado la situación política, solo y a título de ejemplos tres casos extremos, donde queda claro la mediocridad y cobardía imperante, Caso Vicentín, una estafa colosal al erario público y a los trabajadores y productores agropecuarios, todavía impunes y protegidos por la Justicia Federal de Santa Fe. El otro caso trágico y doloroso, es la prisión y la persecución arbitraria de Milagro Salas, en manos del gobierno de Jujuy y la de muchos presos o procesados políticos, víctimas de una campaña sistemática por parte del aparato político, judicial y mediático, donde Clarín y la Nación son arietes sistemáticos del rencor y la revancha de los grupos de poder.

Los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel asesinados por los grupos de tareas de la prefectura y la gendarmería, liderados por Patricia Bulrich, nunca investigados en tres años de gobierno. La persecución del pueblo mapuche, por el solo hecho de pedir un pedazo tierra para continuar con sus tradiciones, mientras por el otro lado se permite la apropiación de miles de hectáreas en el sur argentino por empresas extranjeras. Siendo el caso Lewis el más escandaloso, generando en territorio argentino un feudo propio, con sus propias leyes y su fuerza de seguridad.

La lista es larga, podríamos nombrar tambien, las medidas pusilánimes en el tema de la vías navegables Paraguay – Paraná, puertos en manos privadas donde no existe el control del estado, donde además del contrabando de granos es una entrada y salida de la droga hacia los países europeos, en ese marcó las idas y vueltas con el dragado del canal magdalena, que rompería la dependencia argentina del puerto de Montevideo y a su vez permitiría el desarrollo de los puertos de aguas profundad, tanto la Plata, Quequén y Bahía Blanca.

No se quiso avanzar en políticas democratizadoras, ampliar la participación y la organización popular es básica en cualquier gobierno que se precie de peronista. Se discutió hasta estos días la supresión de las PASO, si bien tienen cosas para corregir y mejorar, fue y es una herramienta que abre la participación popular y permite escuchar más y mejor la opinión del electorado. Los problemas de la democracia se arreglan con más democracia.

Siempre se vio con temor la presencia de la gente en la calle y cuando hubo manifestaciones callejeras, rápidamente se las desestimo, cuando la movilización popular es una herramienta fundamental de un gobierno popular.

UN GIGANTE CON PIES DE BARRO

Con la constitución del Frente de Todos, bajo la conducción estratégica de CFK, permitió generar una coalición política muy fuerte, que puso término a la pésima experiencia macrista. Sin embargo ocurrió lo que muchos temíamos, una coalición pensada para ganar una elección no necesariamente garantizaba un buen gobierno.

En la heterogeneidad del Frente primaron las fuerzas “progresistas”, una especie de frepasismo tardío, que se puso como centro una agenda porteño céntrico, de “izquierda progre” en lo cultural pero muy cercana a la derecha en el pensamiento económico. Se perdió de vista el país federal, los amagues de Alberto de construir poder alrededor de los gobernadores, quedó en eso, en intenciones.

Agravada esta situación, por un factor que se viene manifestando desde 2008, poco a poco el kirchenrismo se fue convirtiendo en un partido del conurbano. Primero se perdieron las grandes ciudades del interior, Bahía Blanca, Mar del Plata, La Plata y luego la mayor parte de las pequeñas ciudades del interior bonaerense, se perdieron  provincias importantes, como Mendoza o Córdoba. Al principio era una franja amarilla que dividía en dos el mapa del país. Era la pampa sojera, sin embargo esa mancha amarilla se fue extendiendo, marcado claramente el alejamiento de los sectores medios del interior hacia la alianza cambiemos.

Tal fue así, que en 2015 no solo se perdió la elección nacional, sino que también se perdió  la provincia de Buenos Aires y la mayoría de los municipios del interior.

Hoy de cara a las elecciones del 2023, volvemos a ver la misma situación, o muy parecida al 2015. Los sectores de gobernadores e intendentes se cierran sobre su territorio, tratando de alambrarlo para que la ola amarilla pase de largo. Un sálvese quien pueda que es suicida. Las políticas defensivas solo no van a condenar a otra derrota, sino todavía a una más catastrófica. Se van a perder municipios del conurbano y se va a perder la provincia, salvo que se pueda compensar loa votos pedidos en el conurbano con una mayor cantidad de votos en las grandes ciudades del interior bonaerense. Algo improbable al día de hoy.

Para ver la gravedad de la crisis estructural del movimiento popular, las últimas encuestas muestran un avance importante de los votantes de Milei en los sectores juveniles del conurbano, otrora fortaleza del kirchnerismo. El mismo fenómeno se ve en Córdoba, donde Milei se está convirtiendo en una segunda o tercer fuerza, captando votos que antes apoyaban a los candidatos K.

El aparato político del peronismo bonaerense, otrora imbatible, hoy muestran fisuras y limitaciones serias. Totalmente en retroceso, buscó  la alianza con La Campora para fortalecer y alambrar el distrito. Sin embargo este proceso de vaciamiento político, de nulo debate y participación está alejando a la militancia silvestre y a la militancia orgánica ante el sentimiento de fracaso e impotencia. La política bonaerense se convirtió nada más que en una lucha por la caja y la lapicera.

Y LA OPOSICION DE MAL EN PEOR

Por otro lado la alianza cambiemos navega en una interna feroz, unida por el temor a las represalias a los que rompan el armado y además nadie se baja por si mismo de un carro ganador. Sin embargo la derecha argentina, bruta e ignorante, tensa la cuerda hasta los límites planteando ideas de gobierno inviables por el retroceso político y social que significaría. Una aplicación lisa y llana de las ideas para su futuro gobierno que expresa Macri en el libelo “Para Que”, significara un escenario muy violento, con movilizaciones populares y una represión gubernamental con palos y balas y con muertos en las calles, según prometen Mauricio y Bulrich.

Los grandes grupos internacionalizados agro exportadores sueñan con una fuerte reseteo de toda la sociedad, refundar “la República” oligárquica conservadora  y terminar de una vez por todas con el “peronismo”. Detrás de ese sueño está el apoderamiento de la renta generada por los argentinos, acumular y concentrar toda la riqueza en las mil familias dominantes, para ello deben llevar adelante un ajuste brutal, sobre todo sobre salarios y jubilaciones, anular las leyes y beneficios laborales y previsionales.

Las agresiones materiales y simbólicas contra los intereses populares parecen marcar una nueva agenda de  gestión para un futuro gobierno de Juntos por el Cambio. De mas esta decir que estamos a ante un escenario de conflicto social agudo.

Una partido opositor que solo siembra odio y resentimiento desde el llano y solo promete violencia  para el que piense diferente cuando sea gobierno, un escenario de caos  asusta a los sectores medios “independientes” y a los grandes grupos económicos. La violencia en la calles no es buena para los negocios.

CRISINA, SIEMPRE CRISTINA,MARCANDO EL CAMINO

En el día de la militancia se realizó el gran acto de reaparición de Cristina Fernández en la ciudad de La Plata ante más de sesenta mil militantes y ella como única oradora.
Mostró  una vez más que sigue siendo la gran líder argentina, el mayor punto de acumulación del proyecto nacional y popular.

Fue un discurso emotivo pero con propuestas para el futuro. Hablo del pasado pero sobre todo lanzado hacía el futuro, convocó  al debate de modelos y a una síntesis a través de grandes acuerdos políticos para afianzar la democracia. Convocó  a la unidad, a construir una democracia sin violencia política y a una nueva mayoría.

Ante tanto desanimo, ante tanta frustración, ante tanto mensaje de odio y resentimiento Cristina Fernández convocó  a la esperanza.

Argentina vive en los límites de un laberinto, donde no se puede ver la salida. Parece condenada a repetir una y otra vez la misma historia de fracasos y frustraciones. En ese marasmo Cristina Fernández marcó una  agenda de cara al futuro, para el gobierno de Alberto Fernández, pero sobre todo para todos los argentinos.

ESTADIO UNICO DE LA PLATA 17 DE NOVIEMBRE DE 2022

IV RUNASUR: CUMBRE DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS EN BUENOS AIRES -REPUBLICA ARGENTINA-

DECALOGO DE RUNASUR, MECANISMO DE INTEGRACION PLURINACIONAL QUE HEMOS CREADO LOS PUEBLOS INDIGENAS, AFRODESCENDIENTES, ORGANIZACIONES Y MOVIMIENTOS SOCIALES Y SINDICALES DE LA REGION BUSCANDO RESOLVER LA DEUDA HISTORICA DE LOS PUEBLOS -JUAN EVO MORALES AYMA-

COMPARTIMOS CON NUESTROS LECTORES, EL PROGRAMA CAFE MERCOSUR DEL SABADO 12 DE NOVIEMBRE DE 2022, DONDE SE ANALIZA LOS TEMAS MAS DESTACADOS DE LA REALIDAD SOCIOPOLITICA LATINOAMERICANA, Y EN ESPECIAL LA CUMBRE LLEVADA A CABO LOS DIAS 5 Y 6 DE NOVIEMBRE, POR LOS PUEBLOS ORIGINARIOS EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES.

EN EL ENCUENTRO PARTICIPARON REPRESENTANTES DE ARGENTINA, BOLIVIA, COLOMBIA, CHILE, GUATEMALA, MEXICO, URUGUAY Y VENEZUELA
FOTOGRAFIA: RED INFORMATIVA
EL LANZAMIENTO DE LA RUNASUR COINCIDE CON UNA FECHA QUE LA C.T.A. DE LOS TRABAJADORES CONMEMORA TODOS LOS AÑOS: EL NO AL ALCA (TRATADO DE LIBRE COMERCIO PARA LAS AMERICAS). ALLA POR EL AÑO 2005 EN LA CIUDAD DE MAR DEL PLATA. LA C.T.A. SE MOVILIZO JUNTO A CIENTOS DE ORGANIZACIONES POPULARES PARA EXPRESAR EL RECHAZO A LA INTERVENCION DEL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS EN NUESTRA AMERICA. FOTOGRAFIA C.T.A. (CLUB BANCO NACION DE VICENTE LOPEZ -PROVINCIA DE BUENOS AIRES-)

MARIA REMEDIOS DEL VALLE

MARIA REMEDIOS DEL VALLE
CAPITANA DE LA PATRIA

ESCRIBE GUSTAVO BATTISTONI

CADA 8 DE NOVIEMBRE, GRACIAS A LA LEY N° 26.852, SE CONMEMORA EN LA REPUBLICA ARGENTINA EL DIA NACIONAL DE LOS/AS AFROARGENTINOS/AS Y DE LA CULTURA AFRO EN HOMENAJE A MARIA REMEDIOS DEL VALLE, AQUELLA MUJER RECORDADA COMO «MADRE DE LA PATRIA» POR EL PAPEL PROTAGONICO QUE DESEMPEÑO EN LA GESTA DE NUESTRA INDEPENDENCIA.

La Historia de Nuestra República Necesita Reescribirse. No por mero afán revisionista, sino, y fundamentalmente, por la omisión de las clases subalternas y sus luchas como el motor de la historia. Las grandes personalidades, aquellas a las que hacen referencia los textos canónicos, solo muestran la punta del iceberg, cuando la verdadera energía que mueve a las sociedades se encuentra en los veneros profundos del pueblo.

Con buen tino, han comenzado a recuperarse muchas figuras de las clases oprimidas que han tenido un papel fundamental en la historia nacional. Es muy poco lo que se ha hecho, pero por lo menos se ha dado un paso inicial, que debe seguir profundizándose sin pausa, poniendo en juego relatos anquilosados que reproducen las peores lacras de la opresión.

Sin duda alguna, María Remedios del Valle ha sido una de las figuras más maltratadas de nuestra historia. Coadyuvó a esto su doble calidad de aherrojada, por su condición de esclava negra y un sistema patriarcal que invisibilizó a quienes según un sabio revolucionario chino “llevan a sus espaldas la mitad del cielo”. Profundizar en este ítem nos llevaría un espacio demasiado grande para esta modesta nota. La notable obra de Silvia Federici nos parece un aporte esencial para comprender esta problemática en todas sus aristas, y a sus reflexiones nos remitimos si el amable lector quiere profundizar sobre el tema.

María Remedios del Valle, no solo fue “NINGUNEADA” por la historia dominante, su figura también fue menospreciada, como lo demuestra una cita, supuestamente elogiosa, en el texto clásico de Bartolomé Mitre, “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”, en su capítulo dedicado a la Batalla de Ayohuma: “Nunca se ha hecho un elogio más grande de las tropas argentinas, y merece participar de él una animosa mujer de color, llamada María, a la que conocían en el campamento patriota con el sobrenombre de ‘Madre de la Patria’. Acompañada de dos de sus hijas con cántaros en la cabeza, se ocupó durante todo el tiempo que duró el cañoneo, en proveer de agua a los soldados, llenando una obra de misericordia como la Samaritana, y enseñando a los hombres el desprecio de la vida”. No hay una sola referencia más, a su figura y extraordinario derrotero, en las 700 páginas de la publicación de “Ediciones Anaconda”.

Además de omitir su apellido, que Mitre, historiador documentado, conocía muy bien, por razones políticas ligadas a la reivindicación que hizo de ella en la última etapa de su vida, Juan Manuel de Rosas. Recordemos que María Remedios del Valle auxilió a los combatientes que resistieron a la invasión de los piratas británicos, acompañó al Ejército Auxiliar en 1810 hasta Potosí, donde perdió a toda su familia. Participó, además, en la batalla del Desaguadero en 1811, para luego trasladarse a Jujuy para participar del “Éxodo Jujeño”. Y olvida Bartolomé Mitre de resaltar, que fue una de las famosas “NIÑAS DE AYOHUMA”, que como nos engañaron en los libros escolares, no fueron “refinadas patricias altoperuanas”, sino tres afrodescendientes que lucharon con el Ejército del Norte, asistiendo a los heridos, en condiciones de suma peligrosidad para sus vidas. Por esto fue herida de bala y torturada por las sanguinarias tropas realistas. La Revolución de Mayo no fue obra de una minoría, sino la expresión de ese subsuelo de la comunidad que representaban los trabajadores, mujeres, esclavos e indígenas que cambiaron, a partir de ese momento, el sentido de la historia.

Fueron las clases subalternas, remarquemos una vez más, las que hicieron nuestra historia con sacrificio, con un coraje y una valentía que no tuvo un sector de la élite que quería ser parte del reino de España, del imperio esclavista portugués o de los traficantes ingleses. Nada pidió esta heroica luchadora por los heroicos servicios que había prestado a la gesta libertadora, tanto es así que cuando retornó a la ciudad de Buenos Aires, y mientras otros oportunistas hacían negocios con la tierra o comerciaban con las potencias de ultramar, la gran Matriarca subsistía vendiendo pastelitos o mendigando por las iglesias, en condiciones de extrema precariedad.

Recién en 1835, doce años antes de su muerte, pudo recibir un emolumento por los servicios prestados, pero siempre ocupando un lugar secundario dentro del relato histórico dominante. Ni que hablar de las espantosas condiciones de existencia del resto de la población que había sido traída desde el Africa para desarrollar las fuerzas productivas en beneficio de la clase dominante.

Esta maravillosa luchadora representa los más acendrados ideales democráticos y republicanos. Un verdadero ejemplo para las generaciones futuras, cuya existencia fue ocultada por los prejuicios dominantes. Es hora de darle el lugar que merece en nuestra historia y vida cotidiana. Por ejemplo, en mi querida ciudad de Firmat, cambiar el nombre actual del cipayo Bernardino Rivadavia A NUESTRA PLAZA CENTRICA, POR EL DE LA VALEROSA MARIA REMEDIOS DEL VALLE, SERIA UN ACTO DE ESTRICTA JUSTICIA.

FOTOGRAFIA RufinoWeb